Stephen Frears: observando al observador
Texto: Andrés Laguna
Foto: Jorge Dueso
En una bella nota sobre Banga, el reciente y extraordinario
disco de la cada vez más admirable Patti Smith, y sobre sus encuentros hace
unos meses en Girona y en Barcelona, Rodrigo Fresán escribió: “Allí, de nuevo,
volvía a comprobar lo inquietante que resulta que los grandes de verdad sean
tan sencillos y relajados y los microbios de mentira siempre se paren en puntas
de pie para salir más altos de lo que son en la foto, en cualquier foto”.
Seguramente, existen casos en los que la afirmación del escritor argentino no
se cumpla, pero en lo que respecta a mi experiencia personal cada vez que la
pongo a prueba se confirma. Y, sí, me parece inquietante. Pero a la vez es tan
reconfortante. Hay una suerte de equilibrio en el universo.
Hace poco menos de un mes el
Festival Internacional de Cine de Huesca, celebrando sus cuarenta ediciones
–siendo uno de los más prestigiosos y añejos de España-, le otorgó el Premio
Luis Buñuel al realizador británico Stephen Frears (Leicester, 1941). Este
galardón, que en versiones anteriores fue recibido por Theo Angelopoulos, Aki
Kaurismäki, Jerzy Kawalerowicz y Bertrand Tavernier, entre varios otros, que
lleva el nombre del genio mayor del cine español y de uno de los hijos
predilectos de la provincia de Aragón, es el reconocimiento a una de las
carreras más versátiles y eficientes del cine de las últimas cuatro décadas.
Frears prácticamente nunca está a cargo del guión de sus películas, lo que le
permite incursionar en variados géneros y registros. Lo que no quiere decir que
su obra sea impersonal. Existe una constante reflexión sobre las relaciones
humanas, lo sensual, lo sexual, la identidad y la transgresión. Como buen autor
inglés, Frears se ocupa de pensar las relaciones morales y éticas. Basta hacer
un rápido y resumido repaso de su obra. Su díptico compuesto por My Beautiful Laundrette (1985) y Sammy and Rosie Get Laid (1987) son dos
de los retratos más lúcidos e incisivos de la Inglaterra multicultural de los
años ’80 y de la administración Tatcher. Sus filmes noir Gumshoe (1971), The Hit (1984) y The
Grifters (1990) son extraordinarias piezas de género que cumplen con creces
con la premisa de develar la corrupción ética de la sociedad contemporánea. Hero (1992), The Snapper (1993) y The Van
(1996) son relatos sobre la extraordinaria cotidianidad de la clase
trabajadora, llena de alegrías efímeras, de frustraciones insuperables y de un
impulso vital que hace posible soportar cualquier carga. Las amistades peligrosas (1988), Mrs. Henderson presenta (2005) y La Reina (2006) son radiografías de una aristocracia de moral
totalmente degradada y antojadizamente flexible, guiada por los instintos más
básicos y enajenada por una mezcla de tedio y prepotencia. Además, Frears ha
rodado dramas sociales como Bloody Kids
(1979) o Liam (2000), un western contemporáneo como Hi Lo Country (1998), películas de época como Chéri (2009), comedias inglesas llenas de encanto como Tamara Drewe (2010) y, entre varias
otras, esa piedra angular de la cultura indie
llamada High Fidelity (2000).
Registros múltiples que jamás dejan de observar y que cuestionan sutilmente,
suelen ser gestos transgresores. Sus personajes están al margen, lejos de la
presunta normalidad que creemos que rige al mundo cotidiano.
Las escenas finales de Las amistades peligrosas y Chéri son ejemplares en ese sentido. En
ellas, las protagonistas, en emocionantes primeros planos, frente a un espejo,
se desmaquillan el rostro. Se enfrenta a su imperfecta belleza, a la
imposibilidad de ser felices, al destino sutilmente trágico, al paso del
tiempo, a la fragilidad y a la ambigüedad ética a la que está condenado el ser
humano. Quizá la intención más profunda de Frears sea esa: mostrar una
humanidad sin maquillaje. Mejor, una humanidad desmaquillándose.
Gracias a la enorme confianza
que depositó en mí la Presidenta de la Fundación Festival de Huesca, Monserrat
Guiu, tuve la oportunidad de escribir la semblanza de Frears para el catálogo y
de participar en la mayor parte de los actos en su honor. Lo que me causó
inquietud. Y a la vez me reconfortó. Pero, lo mejor de todo, me obligó a volver
a ver películas suyas que no revisitaba hace años y a ver algunas que no
conocía. Fue un auténtico regalo.
Frears llegó para los dos
últimos días del Festival, para dar la conferencia de prensa de rigor y para
asistir a la gala de premiación. Se sabe que no le gustan mucho los actos
públicos y que es esquivo a asistir a festivales. Pero, lo confesó, le
entusiasmaba conocer la región en la que había nacido ese director que tanto
admiraba, Luis Buñuel. Era la gran celebridad y todos estábamos pendientes de
su llegada, curiosamente, cuando llegó al restaurante que se convirtió en el
cuartel general del los festejos del Festival, llamó mi atención que nadie lo reconociera.
Pudo cenar con tranquilidad.
Estábamos alojados en el
mismo hotel y, al día siguiente, coincidimos en el desayuno. Hasta el momento
no nos habían presentado. Mi mujer y yo nos sentamos en otra mesa, pero no
podía dejar de observarlo. Lo acompañaba una de sus productoras, una inglesa
que siempre hacía comentarios inteligentes. Frears se levanto casi una docena
de veces, iba al buffet, observaba los alimentos, las frutas, los fiambres y
las masitas. Ponía a tostar un pedazo de pan, contestaba su teléfono, recogía
la tostada. Iba y volvía. Se sentaba en la mesa, le leía pasajes de un libro a
la productora, volvía a ir al buffet. Parecía un enorme colibrí. Una mente
inquieta, que a la vez parecía ensimismada y observadora. Una condición que
comprobé que tiene en cualquier circunstancia. Parecía asombrado por cada uno de los alimentos, por la
tortilla de papas o el jamón, pero a la vez los trataba con total naturalidad. Y
los registraba. No era la actitud de un sibarita, era pura curiosidad.
Horas más tarde, en la
conferencia de prensa, después de que se anunciaron a los ganadores de la
competición, Monserrat me dio el honor de presentar a Frears. Intenté resumir
el texto que escribí para el catálogo y le cedí la palabra. Muchos podrían
decir que su flema inglesa se manifestó en ese instante, de lo que no estoy
seguro. Le pasé el micrófono y no dijo una sola palabra por unos instantes
eternos. Se quedó mirando a los miembros de la prensa. Los próximos al Festival
temimos que la conferencia sería un fracaso. Con la distancia, entiendo que
tenía la misma actitud que en el desayuno, su curiosidad era mucho más fuerte
que cualquier otra necesidad. Supongo que esperando ver la reacción del
auditorio, se le ocurrió decir algo más o menos delicado en la coyuntura
actual: “Hay dos cosas de las que se habla: del fútbol español y de su
economía”. Después de lanzar frases casi incendiarias –como, “Deberían hacer
desaparecer a sus banqueros”-, recién se puso a hablar de cine, de su obra, de
lo que ama y de lo que le interesa. Haciendo evidente su admiración por la obra
de Buñuel, su necesidad por hacer cine que le interpele, su horror por trabajar
con grandes presupuestos y con la industria. Confirmando lo que se sabe cuando
se ve su filmografía, aunque no escriba sus películas, siempre las hace
personales y responden a una búsqueda interna.
Durante la conferencia de
prensa la joven traductora cometió algunos errores evidentes. Cuando terminó,
se fue a una esquina y rompió a llorar. Frears debía ser fotografiado y filmado
por la prensa firmando su retrato, uno de los ritos del festival. Pero, antes
de hacerlo, se puso a observar a la traductora por unos segundos y se aproximó
a consolarla. Luego se me acercó y me pidió que vaya a hacer lo mismo. Y,
claro, volvió a inquietarme. Y, a la vez, a reconfortarme.
Horas más tarde pudimos
dialogar más, caminando por un parque de Huesca y luego en un opíparo almuerzo.
Le encanta hablar de fútbol y de su amado Arsenal (le comenté que un jugador
boliviano, Samuel Galindo, fue fichado hace unos años por el equipo Gunner,
pero que esta temporada estuvo a préstamo en el Nàstic de Tarragona). Por esos
días se jugaba la primera fase de la Eurocopa y me confesó que le gustaba mucho
más esta selección inglesa despojada de estrellas “caprichosas y vulgares”, como
Ferdinand, en sus palabras, un jugador horroroso. Para Frears, habría que
deshacerse de jugadores como Cole, Terry y Rooney, y armar un equipo de
anónimos sin ese insufrible triunfalismo que ha sido su marca. Me confesó que
esperaba que gane España. Le pregunté si extrañaba a Cesc Fàbregas, a lo que me
respondió simplemente: “Es un jugador maravilloso”. Hablamos de algunos de los
actores con los que había trabajado, de Woody Harrelson, Patricia Arquette y Gary
Oldamn, entre otros. Me confesó que no le gusta repetir con los actores, a
pesar que los adora, porque siente que no es bueno haciéndolo, a lo que me opuse,
pues con Michelle Pfieffer y John Cusack hizo un trabajo extraordinario. Para
recalcar que se lleva muy bien con los actores con los que ha trabajado, me comentó
que se encontraría con Alfred Molina en Barcelona. Cometí la imprudencia de
decirle que creía que, lamentablemente, Molina no era muy bueno para escoger
guiones. A lo que me respondió no muy contento: “No es mi culpa”. Sentí que
cuando nos pusimos a hablar de su cine, de sus películas, perdió interés en la
charla. En el almuerzo, con el resto de los comensales, hablamos de James Joyce
y de Samuel Beckett, a quien conoció. Cuando alguien le preguntó cómo era,
respondió: “Maravilloso”. Utilizó el mismo adjetivo con el que describió al
jugador del Barça y de la Selección española, lo que me pareció, claro,
maravilloso. Alguien le preguntó si había leído a Homi K. Bhabha cuando rodó My Beautiful Laundrette. Dijo que no lo
hizo, pero le mandó un sms a Hanif
Kureishi, el célebre escritor y autor del guión de la película mencionada,
preguntándole si lo conocía. Recibió una respuesta sugerente: “Eso me temo”. En
medio de la comida, se fue a hacer la siesta, pero volvió para la sobremesa. Para hablar de cine, de literatura y para
observar a su entorno.
Siempre utilizó unos zapatos
rojos deportivos de lona, estilo converse,
que me hacían pensar que en cualquier momento chocaría sus talones y, como la
Dorothy de El Mago de Oz, diría: “No
hay lugar como el hogar”. Y se esfumaría para volver al espacio en el que
parece sentirse más cómodo: el rodaje. Frears es un verdadero profesional del
cine, del arte, que siempre lo vive y lo piensa, sin poses ni imposturas. Es un
director que a sus 71 años, después de haber realizado poco más de media
centena de trabajos para la televisión y el cine, de haber recibido múltiples
premios y reconocimientos, está lejos del retiro. Es la clase de personajes
para los que el oficio es la vida misma. Eso se deja ver en simples gestos
cotidianos.
* Una versión de este texto fue publicada el 8 de julio de 2012 en la Ramona de Opinión
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