The Dark Knight Rises: La ilusión del murciélago
Andrés Laguna
Hace tan poco miles de
afiebrados titulares y un público enajenado nos aseguraban que esa simple
estupidez llamada Avatar (2009)
cambiaría al cine para siempre. Cuando lo único que ha cambiado
considerablemente ha sido la cuenta bancaria de ese engendro llamado James
Cameron. Se nos quiere hacer creer que las innovaciones tecnológicas (que, por
cierto, rara vez son verdaderamente innovadoras) y la recaudación de la
taquilla son cuestiones realmente valiosas, que implican una revolución
artística. Los indicadores del gusto masivo no son absolutamente nada más que
eso: indicadores de lo que gusta a las mayorías. La democracia lo demuestra una
y otra vez, esos resultados generalmente están más relacionados con buenas
campañas de publicidad que con decisiones lucidas y acertadas. Hace poco lo
discutíamos con Santiago Espinoza y el crítico Manu Yáñez, muchos de los
argumentos que utiliza la industria para encumbrar una obra cinematográfica son
puramente cuantitativos, números, números y más números: la recaudación de la
taquilla, los minutos de metraje, el tamaño de la pantalla, los milímetros del
celuloide, la cantidad de estrellas… uf. Eso es profundamente peligroso, pues
siguiendo esa lógica, Titanic (1997)
sería más importante que Vertigo (1958)
y El Pocholo y su marida (2010) que Zona sur (2009).
Un tiempo en el que nuestros
gustos y opiniones parecen estar determinadas por las leyes del mercado es tan aterrador
como enervante. Se nos quiere hacer creer que las películas más importantes del
año son The Avengers de Joss Whedon y
The Dark Knight Rises de Christopher
Nolan, los buques insignia de la Marvel y la DC Comics, respectivamente. Con
presupuestos millonarios y con recaudaciones que podrían sacar de un apuro a
algún país Europeo, ambas cintas han sido aplaudidas por la crítica y aclamadas
por el público. La diferencia es que a la primera se la ha calificado como un
gran divertimento, como una excelente película de cómic. En cambio, a la
segunda se la está encumbrando como una suerte de pieza maestra, de cinta de
autor, como el cierre de una de las mejores trilogías de la historia del cine.
Ay, ay, ay.
Asusta la sobre dimensión de
la trilogía de Nolan ¿The Dark Knight
Rises es el evento cinematográfico del año? De ninguna manera, a menos que
el cine se limite a ser la industria hollywoodense. Esta trilogía es un muy buen
entretenimiento, pero poco más. Evidentemente, toca temas políticos y morales –que
algunos interpretarán como reaccionarios y otros como revolucionarios-, pero
eso no la convierte en una pieza de arte reflexiva y verdaderamente
propositiva. Sin duda, dice y propone más que la montonera de películas
comerciales que se estrenan en nuestras lamentables salas locales. Pero, es una
auténtica tristeza que creamos que el entretenimiento no tiene que pensar, proponer,
tener un discurso, que celebremos como si fuese un milagro que alguna vez lo
haga. Wilder, Chaplin o Hitchcock fueron los grandes maestros del entretenimiento
y jamás recayeron en el nihilismo involuntario del cine menor.
Nolan es un director de
películas fáciles que se hacen pasar por difíciles, complejas y profundas. Ahí
está su secreto. Son como adivinanzas, acertijos, como esos trucos que algún
tío nos hacía cuando éramos niños para retar a nuestro ingenio. Enigmas que se
resuelven en una decena de minutos, que nos hacen pensar un poco, usar la
lógica, concatenar ideas, y que nos producen satisfacción cuando son resueltos.
Pero ya está. Sirven para pasar el tiempo amenamente. Divertimentos. Nada más. No
por nada su mejor y más propositiva película, The Prestige (2006), es una prodigiosa historia sobre la
prestidigitación, sobre el arte de la ilusión. Varias veces califiqué a Nolan
de vendedor de humo, hoy intuyo que el problema no está enteramente en él, sino
en un público conformista, con pocas herramientas de análisis, ignorante y/o
lobotomizado, que cree que en sus ilusiones están escondidos los secretos del
universo. Después de atrofiar nuestra sensibilidad espectatorial con los amores
y desamores de pueriles vampiros, con los sobresaltos de magos adolescentes, con
las peleas de robots gigantes y, demás trivialidades, la trilogía de Nolan
termina pareciéndonos algo así como Histoire(s)
du cinema de Godard.
Que no se me entienda mal, The Dark Knight Rises me parece una
buena película de súper héroes, un buen cierre para la saga y una gran pieza de
entretenimiento. Pero, a no dudarlo, en nuestras calles, en algún rincón de
Bangkok, en un barrio de Helsinki, en una casita en Níger o en cualquier lugar
del mundo, alguien está registrando con una cámara, alguien está pensando y
sintiendo el cine, aunque no tenga –ni necesite- millones de dólares para
publicitar su obra. Y, muy probablemente, esa persona está haciendo algo mucho
más importante que la saga de Nolan –y que toda su filmografía-. Porque el cine
no tiene que ser populachero, tiene que ser popular, que ser una herramienta
del pueblo, del pueblo creativo, curioso y comprometido con el arte. No con el
espectáculo.
El mayor mérito de esta saga
es haber mantenido la calidad, ser un producto con muy pocos altibajos. Digamos
que es una especie de hamburguesa gourmet. Pero está lejos de ser esa comida
casera que tiene el poder de hacernos recuperar el tiempo perdido, ni es cocina
de vanguardia que nos hace ir en busca del tiempo prometido. La trilogía no es
más ni es menos, que la muestra tangible de que se puede hacer buen cine
comercial teniendo como material de base al cómic, que hay mucho más que suficiente
en el universo de los superhéroes como para hacer tres películas de alta
calidad. Pero, por dios, jamás The Dark
Knight Rises será una de las películas más grandes de la historia, ni ninguna
de sus antecesoras.
De alguna forma, la tragedia
se ha convertido en la gran publicista de la saga de Christopher Nolan, primero
con la temprana muerte de Heath Ledger y ahora con el horroroso tiroteo, lo que
le da una suerte de aura mística y una carga especial de oscuridad, pero los
eventos extracinematográficos no deberían confundirnos. En lo que es pertinente
concentrarse es en que, en forma y fondo, en discurso y argumento, en The Dark Knight Rises hay una extraña
clase de subestimación de la mayorías, de la gente común. Algo que supongo que
está latente en todas las obras dedicadas a seres sobrenaturales y
extraordinarios, comenzando por Superman
(1978), con su discurso mesiánico.
Además del argumento de la
película, de la redención del héroe caído, de la cuestión ecologista, de la
toma de la bolsa de valores, del llamado a romper con el status quo y con el
sistema económico, de las arengas que clamaban por la aniquilación de los ricos
y poderosos, la cinta de Nolan hace una extraña lectura de la sociedad y del
pueblo. Si bien, como lo señaló Rodrigo Fresán en un reciente texto, esta es
una película que más que “una de Batman”, es “una de Bruce Wayne”, pues se
centra en cuestiones y retos más humanos que súper heroicos, el argumento y el
discurso sólo son pertinentes, necesarios, gracias a la presencia y a la
amenaza del villano. El protagonista realmente se asume como héroe cuando debe
enfrentar al enemigo de todo lo que ama y de todas sus creencias. Además, se
sabe, la dimensión de las proezas son proporcionales con el poder del malo de
la película. En esta entrega el detonador de todo es Bane, alguien más fuerte
que Batman y tal vez más inteligente. En su crítica de la película, Scott
Foundas lo describió brillantemente como una cruza entre Darth Vader y un
pitbull.
En su importante libro, Imperio, Michael Hardt y Tony Negri
citan a Nietzsche: “Problema: ¿Dónde están los bárbaros del siglo veinte? Obviamente aparecerán a la vista sólo
tras una tremenda crisis socialista”. Siguiendo ese razonamiento, el actor Tom
Hardy fue sugerente a la hora de elegir el acento de su encarnación de Bane, pues
habla como un gitano rumano (en el cómic es oriundo de la ficticia isla
centroamericana Santa Prisca e imaginamos que tendría otro acento). Los
bárbaros, los que desmantelarán al Imperio, los que quieren destruir de manera
caótica al capitalismo son liderados por alguien que probablemente haya
sobrevivido al régimen de Ceauçescu o de alguien similar. Bane aparece tras una
tremenda crisis socialista, décadas después de la caída del Muro y en medio de
los estertores del estado benefactor ¿Tiene importancia este apunte? Probablemente,
pues si hay un grupo al que se excluye, se teme y se niega en toda Europa, ese
es al de los gitanos rumanos, basta recordar la expulsión ilegal que hizo
Sarkozy hace poco. Evidentemente, por su depresión económica y por la ausencia
de un tejido social que los proteja o los acoja, los gitanos rumanos están
relacionados con la criminalidad. La extrema derecha no los quiere expulsar,
los quiere exterminar. Es sintomático que el villano final de la saga, el
terrorista absoluto, tenga el mismo acento, la misma tonada, que la de los más
excluidos de los excluidos. La saga termina siendo, y muchas veces se hace
alusión directa en la pantalla, un enfrentamiento entre un aristócrata y un
lumpen supremo, que lideran a dos ejercitos. El primero a un cuerpo policial
que defiende al orden establecido y el otro a hordas de marginales y
antisociales que no le temen a la muerte, porque no tienen nada. Curiosamente,
el pueblo –la clase media y los trabajadores-, no tiene capacidad de decisión,
no se organiza, ni sale a la calle, espera pasivamente a que se decida su
suerte. No tiene ningún tipo de implicación, es incapaz de optar ya sea por la
violencia del estado represor o por la violencia del caos y el desorden social.
Suponer que el pueblo esperará y se someterá pasivamente a lo que decidan dos
líderes, dos caudillos y sus huestes, es reaccionario. Si en la entrega
anterior, el ser humano se veía impotente ante dos fuerzas que lo superaban, el
bien y el mal, en esta se enfrenta a dos extremos ideológicos, el Estado
capitalista contra el lumpenproletariado o –más propio del discurso
estadounidense- los terroristas… ¿Quién vence en la lucha final? Por supuesto,
el aristócrata, sus uniformados y el orden establecido. Llegamos al fin de la
historia. Sí, no es casual que suene mucho a Fukuyama.
Hay un problema importante
del que adolece Nolan y que lo condena a ser un artista muy menor, pues como
buen europeo, como buen occidental, está convencido de saber lo que es el bien
y lo que es el mal. Cree que existe una única moral, construye una supremacía
ilusoria de un sistema de valores y de una forma de vida. Como escribe
Nietzsche en Más allá del Bien y del Mal,
parece que occidente gritara: “Soy la moralidad en sí misma y nada más es
moral”. En ese sentido, todo aquel que está convencido de que Occidente está
corrupto, no sólo su sistema económico y financiero, es tachado de
antidemocrático y, en el peor de los casos, de terrorista. The Dark Knight Rises hace una pequeña apología de ese impulso que
lleva a eliminar al otro, a la moral del otro.
Sin las explosiones, las
vueltas de tuerca, los truquitos narrativos, toda la cháchara y los artificios,
nos quedamos con proposiciones bastante infantiles y poco provocadoras. Para The Dark Knight Rises la felicidad última,
la realización máxima, termina siendo vivir en un mundo ordenado, en una
sociedad fuertemente estratificada, casado y con un hijito (adoptado, claro).
Como en todas las películas de Disney. Todo termina siendo una gran defensa de
la propiedad privada, la familia y el Estado… Un final feliz.
Nolan es un hijo de su
tiempo, piensa como piensa esta sociedad, no se le puede pedir más, porque no
da para más. Sus tres cintas tienen momentos de auténtica emoción, grandes
interpretaciones y un ritmo formidable. ¿Disfrutable? Por supuesto, muchísimo
¿Momento histórico del cine y del arte? Ni de broma.


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