In memoriam Tony Scott (1944-2012): La velocidad de las cosas




Andrés Laguna

Tony Scott nunca fue un realizador apreciado por la crítica de cine más sesuda. Es más, en las tres décadas que duró su carrera como director fue vapuleado incansablemente, de las más diversas formas. Su obra fue acusada de representar todo lo que está mal en el cine hollywoodense actual, de no ser más que un artesano que sabía darle brillo a películas descerebradas, de estar demasiado apegado al lenguaje publicitario, de ser un realizador preocupado exclusivamente por la forma y sin la capacidad de desarrollar reflexiones de fondo. Críticas que también recayeron, aunque en menor medida, en los otros directores británicos de su generación, Adrian Lyne, Alan Parker o, en su hermano mayor y mucho más respetado, Ridley Scott. En cierta medida, todas esas críticas tenían razón, aunque eran una visión parcial de su trabajo. Hoy, después de su trágico suicidio, Scott se impone como uno de los directores más influyentes del cine de acción contemporáneo y muchos comienzan a reivindicar su obra. Entre ellos, Quentin Tarantino y Richard Kelly, cineastas que probablemente tienen más prestigio que él y que fueron guionistas de dos de sus películas.
Hoy es más apreciado que nunca. Lo que suele suceder cuando alguien muere.
Lo incuestionable es que fue responsable de enormes éxitos comerciales, que, lejos de ser divertimentos pasajeros, hoy son películas adoradas por el público y que se han convertido en verdaderos clásicos menores. Por ejemplo, pocas películas han sido tan determinantes para definir una época como Top Gun (1986), así como también son pocas las que tienen un grupo de fans tan fieles como los de True Romance (1993). Por mucho de que tenga demasiados hijos deplorables, como Michael Bay y sus proliferantes clones piromaniacos, Tony Scott casi siempre fue una garantía de cine dinámico y entretenido. Con todo lo bueno y lo malo que eso implica. Cintas como Beverly Hills Cop II (1987), Days of Thunder (1990), The Last Boy Scout (1991), Revenge (1990), Pelham 123 (2009), Unstoppable (2010), son perfectas muestras de las fortalezas de su cine: un elenco lleno de carismáticos rostros conocidos, abundantes explosiones, mucha acción y diversión fácil, que en sus mejores momentos podía ser entrañable. Siempre me gustaron esos vertiginosos y poco pretenciosos argumentos, tan adecuados para acompañar una resaca.
Pero lo que lo convertía en un director fuera de lo común era su propuesta visual. Pocos han sabido emular su magistral composición de cada plano que, evidentemente, es casi pictórica y la dinámica del montaje de sus obras. Scott estaba convencido de que el cine es la suma de varios cuadros, que es pintura en movimiento. Un fotograma de una película suya puede parecer una fotografía de Helmut Newton, inyectada de colores saturados. Para comprobarlo basta detenerse en cualquier plano de Man on Fire (2004), esa violenta apología de la venganza. Aunque soy de los que prefieren el cine que apunta a ser filosofía en movimiento, la belleza visual de sus películas me cautiva. Deudor de las artes visuales y auténtico prodigio del lenguaje publicitario (algunos de los puntos más altos de su carrera fueron en este campo, basta ver sus brillantes cortos Beat the Devil para BMW del 2002 y Agent Orange para Amazon del 2004), el cine de Tony Scott no necesariamente son imágenes que piensan. Es más, si lo hacen, lo hacen en la medida mínima necesaria, pero son imágenes que se mueven. Y mucho. Sin parar, ¿Qué otra condición es más esencial del cine? En ese sentido, se puede interpretar que sus últimas y entretenidas películas, Pelham 123 y Unstoppable, dos aventuras en trenes, son algo así como reescrituras en clave de thriller musculoso de L'arrivée d'un train à La Ciotat (1896) de los Lumière. Reescrituras del movimiento en las imágenes en movimiento.
Como lo reconoce Alex Pareene, en un reciente artículo para la revista Salon, el tiempo ha demostrado que Tony es mejor cineasta que su mucho más célebre hermano, Ridley. Pues como lo reconoce el crítico citado, aunque Alien (1979) y Blade Runner (1982) sean dos obras maestra y Thelma & Louis (1991) sea una muy importante pieza de género, la carrera de Ridley está llena de películas mediocres, excesivamente solemnes, que se toman demasiado en serio y que no llegan a ser más que piezas de entretenimiento-que-no-siempre-entretiene. Por su lado, Tony Scott jamás realizó una cinta soporífera e inaguantable. Como lo apuntábamos, comprendía al cine como el arte del movimiento, por eso sus obras no suelen tener respiro, están vivas y, hasta las más flojas como Domino (2005), tenían una enorme inyección de velocidad. A diferencia de su hermano, logró entender a la cultura popular estadounidense, con su fascinación por las carreteras, las máquinas, la adrenalina y la vertiginosidad de la modernidad. Alguna vez Ridley Scott dijo que su cine era más música clásica y que el de su hermano menor era más rock ‘n roll. Más precisamente, creo que el cine de Ridley siempre pretendió ser clásico y el de Tony se compuso de hits, más que de obras maestras. Como todo maestro de la publicidad supo vendernos lo que nos proponía, nos generaba necesidades que no teníamos y que se resolvían con la adquisición de un producto, en este caso, de una experiencia.
No creo que en Tony Scott se pueda hablar de una estética cinematográfica, pero sí de una propuesta plástica y visual, que no es lo mismo. Pues en su cine la política juega un rol muy cuestionable, incluso podía ser ofensivo. No sólo se sintió atraído por los sociópatas y los glorificó, también tuvo una visión muy estrecha de la realidad y de la coyuntura, jamás le prestó atención al contexto de sus personajes, ni fue crítico con él. Pocas veces se cuestionó por lo que no era meramente instantáneo y efímero. A pesar de ello, logró confeccionar interesantes thrillers que parecían tener un tufillo transgresor como Crimson Tide (1995), The Fan (1996), Enemy of the State (1998), Spy Game (2001) y Deja Vu (2006). En general, buenas películas de género, que demuestran que Tony Scott era capaz de aproximarse con éxito a un cine que no depende exclusivamente del acelerador.
Erigió su carrera con una obra que era más ingeniosa que inteligente, totalmente antiintelectual. Pero nos regaló momentos antológicos, como la bella escena lésbica entre Catherine Deneuve y Susan Sarandon en esa pieza camp de culto llamada The Hunger (1983), como esa homoerótica secuencia que es el partido de Beach Volley en Top Gun, como la discusión entre Dennis Hopper y Christopher Walken en True Romance, como la lap dance de Keira Knightley en Domino o como el rostro de Robert Redford en las últimas secuencias de Spy Game, por nombrar un puñado. Entre otras cosas, Tony Scott mantuvo a flote la carrera de Denzel Washington, inspiró a Judd Apatow para su magnífica Pineapple Express (2008), produjo una muy buena serie como Numb3rs, construyó alguno de los hitos pop de los ’80 y ’90, reinventó al cine de acción. Que tenga la paz en la tumba que su sed por la adrenalina se lo permita.
 
* Una versión de este texto fue publicada en la Ramona de Opinión en 26 de agosto de 2012

Comentarios

Entradas populares de este blog

Antología de la gastronomía boliviana: Comer para contarla

Discurso de los 40 años del Diario Opinión: El periodismo es una forma de humanismo