Tempest de Bob Dylan: Después escuché un cielo nuevo y una tierra nueva


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Andrés Laguna

Es bastante tarde para reseñar Tempest, el disco número 35 de Bob Dylan, salió a la venta el 10 de septiembre y desde hace casi un mes que se lo puede conseguir de manera ilegal. Además, todos los medios especializados ya le han dado un veredicto. Como nuestro dylanólogo oficial interpuso sus obligaciones académicas a su nominal pasión prioritaria, dejamos pasar las semanas, hasta que los repetidos elogios y loas hicieron que parezca innecesario escribir una crítica a la última obra maestra de ese tipo que parece que no sabe hacer otra cosa que obras maestras. Pero, debo confesarlo, tanta celebración comenzó a oler raro, comenzaba a parecer una suerte de homenaje póstumo. Cuando algunos se animan a asegurar que este es el mejor disco de Dylan en décadas, la cosa suena tan, pero tan rara. Parece que olvidaran que desde hace quince años, desde la salida del Time Out of Mind (1997), Dylan ha disfrutado de un periodo altamente prolífico, impecable. La media docena de discos que ha realizado en ese periodo son maravillosos. Siendo más medido, podría decir que todos son igual de buenos. Incluso el que no es de material original, Christmas in the Heart, de canciones navideñas, es uno de los más bellos de su larga carrera, pues es un gesto de nostalgia, de regreso a la infancia, que produce algo tan parecido a lo que sentía el ciudadano Charles Foster Kane cuado anhelaba a su Rosebud. En fin, sí, Tempest es un milagro de Bob Dylan, pero en lo que me concierne, esa no es ninguna novedad. La noticia sería que no lo fuera.
Tempest es un disco crepuscular, sobre la mortalidad, la angustia, la nostalgia, el destino y la condición de finitud del ser humano. No por nada, cierra con tres canciones sobre personajes que llegan al límite sustancial de la vida, que se encuentran con un destino fatal, “Tin Angel” (fino ejemplo de su talento narrativo), “Tempest” (una apabullante crónica del hundimiento del Titanic como metáfora del hundimiento existencial) y “Roll On John” (un fúnebre y sentido homenaje a Lennon). Con estrechez mental, no son pocos los que apuestan porque este será el último álbum de Dylan. Al fin y el cabo, su tema central es el transgredir la frontera máxima del camino, llegar al final del viaje, encontrarse con el destino. Tempest es una suerte de disco de las revelaciones. En la reciente entrevista que le concedió a Rolling Stone, Dylan reconoce que este no es el álbum que tenía en mente, que quería hacer uno mucho más religioso. Lo que es difícil de imaginar, pues la reflexión sobre la condición de mortalidad y la fragilidad ante un destino que nos supera es casi una cuestión teológica.
Pero, más allá de su temática, esta placa es la prueba de que Dylan y su capacidad creadora rebosan vitalidad. En Tempest suena la voz de alguien que ha sido el testigo de tiempos revueltos y, a no dudarlo, de alguien que ha sido uno de sus más brillantes cronistas, alguien que ha registrado a su tiempo a través de su genio. Sin embargo, lo que es definitivo y que los fans solemos olvidar, es que la música de Dylan está escrita desde un espacio excesivamente personal. Por eso, en vivo, siempre cambia las versiones de sus himnos para que sea casi imposible corearlos. Lo que Dylan parece querer olvidar es que por su condición universal y trascendental, su obra tiene esas mismas dimensiones. A través de sus canciones, de sus letras y de sus melodías, de su dimensión individual, el oyente se escucha a sí mismo, se descubre. La experiencia creativa personal del autor, de ese meta-personaje llamado Bob Dylan, permite la experiencia creativa y singular del oyente, del público, del devoto. En la entrevista mencionada el de Duluth dice: “Le estás haciendo preguntas a una persona que está muerta hace mucho. Le estás haciendo preguntas a una persona que no existe”. Se ha transfigurado en una especie deidad musical que canta sobre las huellas de su propia leyenda, sobre los fenómenos con los que se relaciona. Nos las ofrece generosamente, para que nuestra alma haga lo que pueda y deba con ellas.
La absoluta admiración, mejor, la adoración que muchos sentimos por Bob Dylan poco tiene que ver con que tengamos nostalgia de un tiempo pasado que nos hubiera gustado vivir. Poco tiene que ver con la búsqueda de una probadita de los años ’60.  Este ser logra comunicarse con esa parte de nuestro ser que no es descartable y mundana, con nuestra singular religiosidad.
Alguna vez cometí la imprudencia de comparar la voz que tiene Dylan ahora con la de otro artista. Esos ejercicios siempre son injustos y, frecuentemente, estúpidos. Pues en Tempest se escucha a un Dylan cantado con convicción sus 71 años, sus peripecias, sus cicatrices y marcas, canta una vida que fueron muchas, muchísimas, una vida que es un tiempo y un espacio, un territorio que muchísimos reconfiguramos como propio. En las comisuras de su voz laten siglos de tradición, en ella se contiene lo que puede redimir nuestras almas. En las diez canciones de este álbum, no sólo recorre lo más trascendente de la música popular occidental del último siglo y echa mano de siglos de tradición poética, se refiere a los temas que jamás nos han abandonado. Así como en “Narrow Way” y en “Three Roman Kings” (que, sí, suena muy parecido al clásico bluesero “Mannish Boy”) resucita el genio de Muddy Waters y de Howlin’ Wolf, así como en la canción que le da título al disco suenan acordes de música irlandesa. En toda esta tempestad los espíritus tutelares de la humanidad son convocados.
Aunque hace más o menos veinte años que escucho y sigo a Bob Dylan, estoy lejísimos de ser un especialista en su obra. Entiendo y asumo, con la mayor humildad, que todos mis intentos por comprenderlo son vanos. Y eso no tiene nada de malo. Soy feliz con eso. Muchas veces intuyo que ni siquiera tipos como Greil Marcus y esas hordas de dylanólogos tampoco logran hacerlo de manera esencial. Lo que realmente me parece relevante, suele suceder con los artistas de su dimensión, es que a través de su obra y de su fisurada biografía, cada vez me entiendo más a mí mismo. Supongo que de eso se trata el arte mayor. No estoy en sus canciones, pero sus canciones están en mí. Esta tempestad sobre el hundimiento, sobre el final del camino, sobre la muerte y el destino, no hace más que bañarme con finas gotas que me recuerdan la trascendencia del ser y el estar en este mundo, en el tiempo y el espacio, en ese mundo inventado por Robert Allen Zimmerman. 

* Una versión de este texto fue publicada en la Ramona de Opinión el 23 de septiembre de 2012.

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