The Bourne Legacy: Las armas secretas
Andrés Laguna
Pocas cosas pueden molestar
más que el cambio abrupto de un actor en una saga o en una serie. Pues, por lo
general, el suplente no está a la altura del original (Aunque hayan habido
algunas pocas excepciones, como el reemplazo de la inofensiva Katie Holmes por
la siempre intrigante Maggie Gyllenhaal en la trilogía de Batman de Christopher
Nolan). La molestia está tan extendida, que cada vez es menos frecuente que se
aventuren a cambiar el rostro de un personaje.
Por eso mismo, muchos fueron
escépticos con que se continúe con la franquicia de Jason Bourne sin Matt Damon.
Fue una decisión arriesgada, pues con esta trilogía, basada en las novelas de
Robert Ludlum, este actor alcanzó el estatus de mega-estrella, y en gran medida
dependía de su talento y de su carisma. Las entregas originales de Bourne
tuvieron gran éxito comercial y fueron bien acogidas por una importante parte
de la crítica. Era un producto con un mercado ya ganado, con el que los
espectadores ya estaban familiarizados y que había revitalizado por completo el
género de espías. Estos elementos son muy apreciados por la industria
hollywoodense y son determinantes a la hora de impulsar un proyecto. Se sabe,
vivimos en un tiempo en el que las secuelas son apuestas privilegiadas. Universal
creyó en la continuidad de la marca Bourne y en la posibilidad de que siga
siendo un negocio redondo. Hasta ahora no se han equivocado, pues ha superado
sus expectativas.
Aunque la franquicia de
James Bond nos ha enseñado que el cambio de protagonista no necesariamente
implica un fracaso estrepitoso, siempre es difícil competir con la nostalgia, con
ese pasado que, estamos convencidos, siempre será mejor. Por tanto, en The Bourne Legacy se tomaron dos
decisiones interesantes. La primera fue contratar a Tony Gilroy como director.
Además de haber sido una de las piezas fundamentales del éxito de las tres
primeras películas, fue el hábil guionista, sus dos películas, Michael Clayton (2007) y Duplicity (2009), eran sólidas muestras
de su capacidad como narrador. La segunda decisión fue complejizar el universo
de la saga, no hicieron un mero cambio de actores, introdujeron a un nuevo
personaje protagónico, que se encuentra en una situación más o menos similar a
la de héroe del título, pero sus particularidades. Desarrollaron una
continuación de la saga de manera muy ingeniosa.
En The Bourne Legacy, sin aparecer verdaderamente en la pantalla, el
súper agente amnésico está presente, se habla de él, se hace referencia a lo
que representa, es una amenaza oculta, casi invisible, sus actos repercuten en
esta historia. Adquiere una proporción legendaria, pero, lo que es más
interesante, se impone como el origen de algo. Hay una continuidad evidente con
The Bourne Ultimatum (2007), pero con
gran habilidad Gilroy introduce una nueva línea argumental y narrativa en medio
de un mismo universo ficcional. Aunque el espectro de Bourne domine la película
y nos recuerde que difícilmente será superado, desde los primeros minutos
intuimos que el nuevo protagonista tiene lo suficiente para aguantar el
metraje. Aaron Cross (Jeremy Renner) es un súper soldado de un programa llamado
Outcome, que a diferencia Treadstone (el programa de Bourne), no solo hace uso
de entrenamiento y de manipulación psicológica, sino también echa mano de una serie
de químicos que incrementan la capacidad mental y física de sus operativos. En
el comienzo de la película, vemos a Cross en un ejercicio de entrenamiento en
Alaska, en medio de la nieve y el frío, escapando de una jauría de lobos. Poco
después, cuando se encuentra con un compañero, reconoce que la situación es
extraña, pues los lobos no persiguen a seres humanos. Lo que nos sugiere que
los químicos de Outcome lo han convertido en otra cosa. En algunos aspectos es
un súper hombre, en otros ha sido animalizado.
La trama se desarrolla
gracias a Bourne y a los eventos que se desarrollan en The Bourne Ultimatum, pues ante el peligro de que se revelen una
importante serie de secretos, el gobierno de los Estado Unidos decide destruir
todo lo relacionado con Treadstone y Outcome, incluyendo a los agentes que
hacen parte de ellos. El legado de Bourne, en cierta medida, es convertir a los
miembros de los programas súper secretos en blancos de la agencia de
inteligencia. Cross se convierte en una presa de un sistema que tiene una moral
podrida y recursos ilimitados. Como un animal, corre por su vida. En busca de
respuestas y de solucionar algunos de sus problemas más básicos, encuentra a la
Dra. Marta Shearing (Rachel Weisz), la persona encargada de hacerle sus controles
médicos. Al ser parte del mismo programa y conocedora de información
potencialmente peligrosa, Marta también debe ser eliminada por la CIA. Bajo la
dirección del implacable Eric Byer (Edward Norton), la agencia gubernamental pone
a todos los recursos posibles para intentar atrapar a la pareja de prófugos. Los
unirá el hecho de ser fugitivos, de ser presas de unos lobos mucho más
bestiales.
A partir de ahí, ambos serán
perseguidos por diferentes lugares del mundo y la acción se impondrá a la
trama, cumpliendo con las premisas más obvias del género. De ser una película
interesante en los primeros minutos, pasa a ser una meramente entretenida. En
cuanto a entretenimiento puro y duro, lo único que se le puede reprochar es una
persecución en moto casi inacabable. Lamentablemente, algo cada vez más
frecuente en el cine de acción.
Las debilidades de un guión
que está atiborrado de explosiones y disparos, se subsanan con el trabajo
actoral. La cinta está llena de cameos de algunos de los personajes más
entrañables de la saga y, por tanto, tiene un elenco envidiable, con nombres
como los de Stacy Keach, Scott Glenn, David Strathairn y Albert Finney. Pero
ahí no se acaban los aciertos en el casting, pues los protagónicos están a la
altura. Aunque Rachel Weisz no logre la interpretación de su carrera y no
siempre sea creíble en el papel de científica-sexy, lo que hacen Edward Norton
y Jeremy Renner es notable. Ambos actores le sacan partido a las pocas escenas
que requieren de un verdadero trabajo interpretativo. Norton siempre es
solvente, a pesar de que desde hace años no recurra a su apreciado histrionismo,
en este caso, es un sabueso infatigable, un burócrata de la aniquilación. Renner,
que ganó notoriedad por su trabajo en la oscarizada The Hurt Locker (2008), es un actor de contención, funciona de
maravilla cuando debe esconder lo que su personaje siente, para que no sea
evidente. El carácter introspectivo que le da a su Aaron Cross le da
credibilidad, es un agente secreto que podría confundirse en la multitud. No
nos hace olvidar a Jason Bourne, pero tampoco hace que lo extrañemos.
Aunque no tenga la frescura,
la tensión, el ritmo, de las tres primeras cintas de la franquicia, The Bourne Legacy es una buena pieza de
género, ingeniosa, que creativamente le da continuidad a un universo que
parecía agotado. Como tantas otras películas, esta nos advierte que el gobierno
de los Estados Unidos y su servicio de inteligencia no tienen ningún tipo de
moral, ni límites éticos, que son capaces de lo que sea para imponer su
voluntad, su orden. El problema está en que esas cuestiones están tan asimiladas
a la cultura de entretenimiento que casi ya no nos preocupan.
¿Una estrategia de
manipulación psicológica? Muy probablemente.

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