A 100 años del nacimiento de Michelangelo Antonioni: El discreto desencanto de la burguesía


 

Andrés Laguna

Aunque todavía muchos estén convencidos de que el cine necesariamente debe ser narrativo y debe registrar acciones, cada vez es más aceptada y admirada la posibilidad de optar por un arte meditativo, que reflexiona sobre las sensaciones (o lo que queda de ellas), que hace uso del silencio, del estatismo, de los movimientos internos. Lo que hoy se conoce como cine arte, el cine más contemporáneo, jamás hubiese llegado a ser lo que es sin la obra de una de las mentes más valientes, innovadoras y arriesgadas de la historia contemporánea, la de Michelangelo Antonioni.
A cien años de su nacimiento, el 29 de septiembre en Ferrara, parece estar más presente que nunca, pues sus huellas están esparcidas por las películas de autores de la relevancia de Martin Scorsese, Win Wenders, Theo Angelopoulos y Tsai Ming-liang, entre tantos otros. Es que a diferencia de otros realizadores que fueron mucho más populares cuando realizaron sus películas, Antonioni parece haber nacido póstumo a su tiempo. Junto a directores como Jean-Luc Godard, Alain Resnais, Glauber Rocha, François Truffaut y algunos otros, revolucionó al cine, para convertirlo en algo imperdurable. Sospecho que su condición trascendental se debe a que no intentaron meramente retratar un tiempo, intentaron retratar condiciones del ser humano.
Totalmente distinto a los grandes directores italianos contemporáneos a él –Fellini, Visconti y Pasolini-, Antonioni jamás se aproximó a lo que la historiografía del cine ha denomina como “post-neorealismo”, parece haber estado un poco más cerca de sus pares franceses. Junto con la Nouvelle Vague, Antonioni fue responsable de transformar el cine en forma y fondo, de cambiar las reglas con las que se hizo en los ’50, lo llevó a lugares en los que jamás estuvo, dejó de un lado al drama y a las estructuras narrativas clásicas, lo llevó a ser imágenes que piensan, que rayaban la abstracción. Estéticamente ayudó a configurar el cine de los años ’60, ese que tanto admiramos, ese de vanguardia. Pero, a diferencia de muchas de las obras de la Nouvelle Vague (especialmente las marcadas por el maoísmo), las películas de Antonioni fueron políticas, sin ser sobre política. Eran sobre personajes, sobre sus experiencias, sobre sus vivencias. A través del desasosiego de sus protagonistas criticó a la moral de su tiempo, de la sociedad moderna. La felicidad y el amor verdadero le parecían imposibles en el seno de la civilización contemporánea. Por momentos, su obra parecía ser la versión cinematográfica del punto intermedio entre la literatura de Albert Camus y la de Franz Kafka, la introspección, el silencio, los tiempos muertos, la soledad existencial y la metamorfosis de la identidad –hasta su desaparición-, fueron algunas de sus cuestiones fundamentales.
En su temprana y celebrada trilogía, compuesta por La avventura, La notte y L’eclisse, parece retratar exactamente lo opuesto a lo que muestra Fellini en La Dolce Vita. Ante el glamour frívolo y acelerado, Antonioni se enfrenta a la angustia, la monotonía y el sinsentido de la vida moderna. Tildado por Orson Welles de pionero y “padre fundador” del “valor del aburrimiento como tema de arte”, inventó un cine que no dependa del ritmo, que busque sumirnos en el mismo tiempo y el espacio de sus sufridos personajes. Los argumentos mismos de sus películas, entendidos como sucesiones de hechos, tienen muy poca importancia. Lo esencial en el cine de Antonioni está en la experiencia sensorial e interna de esos seres que aparecen medio fantasmagóricamente en la pantalla, experiencias que terminan siendo las del espectador.
Siempre retrató con lucidez a esa pequeña burguesía, a la que pertenecía, a la que lo que le faltaba felicidad, emoción y dicha de vivir. Como en el resto de su filmografía, en su película más aplaudida y premiada, Blow-up la satisfacción siempre es un sentimiento pasajero, fugaz, que da paso a la mucho más perdurable, constante y perturbadora angustia. En su cine hay un constante miedo al enfrentarse con la nada, que a veces se enmascara y se interrumpe por el deseo, por la satisfacción del deseo, pero que siempre termina en muestras encendidas de desesperación.
Pero el cine de Antonioni no sólo es cautivador por esa visión casi nihilista de la sociedad moderna, sino también por su belleza plástica y, ante todo, por la magistral utilización de esa belleza. Es elegantemente erótico, sensual, seductor. Para muestra, basta recordar a como hizo que fotografíen a Monica Vitti en sus películas. Como el formidable filósofo francés Gilles Deleuze escribió: “transformaba a las acciones en descripciones ópticas y sonoras”. Cada plano, cada secuencia, expresaban su genuina concepción del cine como arte, no como mero entretenimiento. Lo interesante es que cada plano parecería comprimir una serie de discursos sobre la condición vital, social, ética, política y estética del ser humano. Su elaborada composición intenta lograr que una imagen valga más que mil palabras, que mil ideas, es todo un discurso elaborado y complejo, jamás evidente u obvio, siempre cifrado, conturbador, misterioso, que propicia la discusión, el diálogo, la polémica, el pensamiento.
Santiago Espinoza y yo solemos tener largas discusiones sobre cine italiano. Por lo general, siempre llegamos al mismo punto, él asegura que el director más grande de esa tradición es Fellini y yo que Antonioni. De manera juguetona, un poco para rebatir mi afirmación, siempre me dice que es el más francés de los directores italianos. Claro, para mí eso es un mérito, pues casi no tiene ese provincianismo que suelen tener los mediterráneos, ese embelesamiento por lo glamoroso y sofisticado, no tiene un discurso abierto. Aunque pueda ser menos cálido y emocional, es un cine mucho más desafiante y exigente.  
Antonioni parecía tener total control de su obra, es decir, sus películas nunca lo desbordaban, los silencios, la psicodelia, los tiempos muertos, los diálogos excesivos, la desaparición de los personajes, la intensidad de los colores (en su segunda etapa), siempre estaban en sus manos, funcionaban como él quería. Todo, todo salía como él lo esperaba. Al menos eso aparenta.  Eso que esperaba creo que era algo muy intuitivo, algo que gestó a la narrativa cinematográfica moderna, algo que estaba alimentado por un cuidadoso psicologismo, algo que se ocupaba del hombre.
El cine de Antonioni, como lo apunta Martin Scorsese, es sobre trazos de los sentimientos, no sobre los sentimientos mismo, sobre lo que queda de ellos, es sobre la quietud, sobre el silencio, sobre la angustia, sobre el desasosiego, sobre la tristeza y sobre la desaparición de la identidad, de los personajes. Sobre las ausencias. Justamente, todo eso que no está, se hace presente. Su cine termina siendo un registro de todo eso que no aparece en la pantalla, de todo eso que nos hace falta. El cine de Antonioni es la combinación de la belleza pictórica de las imágenes y el desarrollo máximo de la poesía del fuera de campo, de la poesía de lo ausente.


Una versión de este texto fue publicada el 30 de septiembre de 2012 en la Ramona de Opinión.

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