Arrow: Caballerito oscuro




Andrés Laguna

Parece mentira que hasta hace apenas unas décadas la relación entre el cómic y el audiovisual era, en el mejor de los casos, incierta. Aunque en el cine ya se ha comprobado de sobra que los superhéroes son una apuesta que puede rendir muy buenos frutos, en la televisión de acción real, no animada, salvo por esa cuasi paródica y kitsch adaptación de Batman de los ’60 y tal vez por la de Hulk, los intentos han resultado en estrepitosos fracasos, ya sea creativos, económicos o ambas cosas a la vez.
El relativo éxito y el fin de Smallville, esa versión alternativa y melosa de la historia de Superman, contada desde su adolescencia, animó a la cadena estadounidense The CW a seguir explotado el universo de la DC Comics. En esta temporada de estrenos de otoño en el hemisferio norte, su apuesta fuerte y más lograda –lo que no quiere decir mucho- es Arrow, una adaptación moderna de Green Arrow, Flecha Verde. Aunque este era un personaje de las últimas temporadas de Smallville y fue a través de ella que se hizo más popular para el público no aficionado a la historieta, esta nueva versión tiene su propio hilo argumental, de ninguna manera es una continuación, está un poco más basada en la mitología original y no repite reparto. Si bien aprovecharon la familiaridad que ahora tiene el personaje con el público masivo, optaron por comenzar de cero a nivel argumental.
Arrow se estrena esta semana en Latinoamérica y ya se han emitido dos capítulos en los Estados Unidos. Siguiendo el modelo que impuso la saga de Batman de Christopher Nolan, busca ser realista y oscura, tratando de presentar a un personaje más ambiguo y humano. Es el típico cuento del héroe que comienza teniendo una falta absoluta de heroísmo hasta que algo le pasa, algo sucede, y asume un compromiso con una causa mayor. Es la típica historia del ser extraordinario que es sufridito y dañadito. Lo que podría ser una propuesta más o menos interesante, si no respondiera a una tendencia que tiene su razón de ser en el mercado y que no siempre ha tenido muy buenos resultados. Además, resulta paradójico que se quiera presentar una versión “humanizada” de un personaje que en los cómics ya era profundamente humano. Pues si Green Arrow es uno de los héroes icónicos de la DC y de los más queridos por los lectores, es justamente porque tenía una relación más próxima con la gente. Comenzó siendo una suerte de Robin Hood moderno, un arquero extraordinario, de extracción aristocrática, que decide robar a los ricos para dar a los pobres. En el cómic, su alter-ego Oliver Queen es un millonario que decide limpiar las calles de su ciudad Star City (Starling City en Arrow) después de perder su fortuna (aunque, por supuesto, hay varias continuidades distintas). Lo que lo convirtió en un verdadero personaje de culto fue que a finales de los ’60 se convirtió en el héroe abanderado de los progresistas e incluso de la gente de izquierda. En una célebre serie publicada en los setenta, en la que compartía protagonismo con Linterna Verde, trató algunos temas polémicos, como el racismo, la violencia, el consumo de drogas, entre otros. Flecha Verde era una especie de anarquista que creía en el cambio social para conseguir justicia social. Era la antítesis perfecta de Linterna Verde que, al ser una especie de policía intergaláctico, es un creyente de la ley y el orden establecido. Green Arrow era uno de los pocos súper héroes con conciencia social, despojada de ese mesianismo de Batman, que a veces raya con lo reaccionario.
 Arrow en principio prometía mucho, parecía una propuesta arriesgada, pues aunque no rompía con la política de la cadena The CW –esa de tener actores que parecen modelos de moda-, explotaría la ambigüedad y la complejidad del personaje. Pero, la verdad, es que parece una mezcla entre Smallville, Cast away (sí, la película del naufrago con Tom Hanks) y, claro, la mencionada saga de Nolan. Nada muy original. En esta versión, Oliver Queen (Stephen Amell) es un fiestero irresponsable, un niño rico caprichoso y promiscuo. Vive la vida loca. Hasta que es el único sobreviviente del hundimiento del barco de su familia, en el que muere su padre. Pasa cinco años en una isla desierta, en la que aprende a manejar el arco y la flecha, gana musculatura y habilidades. Se convierte en un súper superviviente barbado. Más o menos igual que Tom Hanks. Seguramente, por no tener un Wilson, ese fiel amigo/pelota de voleibol, después de su rescate queda afectado. Decide cumplir con una promesa que le hizo a su padre antes de que muera, limpiará su ciudad y lo hará con la sangre de los ricos corruptos. Siguiendo el modelo de Smallville, parece que el villano máximo comienza siendo su “mejor amigo” y deberá luchar por el amor de su bella damisela. Aunque buena parte de los personajes están basados en el cómic, todos están lo suficientemente descafeinados como para no causar molestias a un publico poco exigente. Aunque tiene escenas de acción más o menos logradas (pero pienso que las coreografías en las escenas de lucha dejan algo que desear) y que la ambientación está más o menos lograda, Arrow padece de interpretaciones mediocres y es perjudicada por diálogos solemnes que tanto daño le hacen a una historia que de por sí ya es solemne. Por dios, ¡Es la historia de un huérfano millonario que busca ejecutar a otros millonarios!
Como lo apuntaba, si hay dos obvias influencias en la mitología de Flecha Verde esas son Robin Hood y Batman, en Arrow del primero sólo toma la afición por la arquería y el color verde, del segundo la dependencia a los gadgets y al dolor físico. Quedan afuera todos los cuestionamientos éticos y sociales, no hay lugar para las ideologías o la política. Lo que es una verdadera pena, pues si había un héroe perfecto para ser un paladín de los oprimidos y de los ocupadores, ese era el Arquero Esmeralda. Con la crisis económica que estamos viviendo en todo el mundo y con la desesperanza generalizada, hasta por motivos de rating, ya era tiempo de un héroe politizado que no se crea un pequeño dictador. Green Arrow podría haber sido el héroe de los indignados del mundo, compartiendo cartel con V, el enmascarado de V de Vendetta. Esta serie de televisión lo prefiere como una suerte de Conde de Montecristo musculoso y descerebrado. Y de esos ya hay tantos. No parece gratuito que prefieran vendernos la venganza antes que la búsqueda de justicia social. 

* Una versión de este texto fue publicada el 21 de octubre en la Ramona de Opinión.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Antología de la gastronomía boliviana: Comer para contarla

Discurso de los 40 años del Diario Opinión: El periodismo es una forma de humanismo