In memoriam Leonardo Favio

* Dos textos brevísimos que recueran dos de sus más brillantes películas, ambas de su primera época en blanco y negro, Crónica de un niño solo (1965) y El dependiente (1969). Versiones de ambos artículos fueron publicadas el 11 de noviembre de este año, como parte del homenaje póstumo que le hicimos en la Ramona de Opinión.



Crónica de un niño solo (1965): La edad de la ternura

El primer largometraje de Leonardo Favio, Crónica de un niño solo es uno de los retratos más bellos y duros de la infancia jamás realizados. Pieza fundamental del cine latinoamericano, es una de las películas que más han influido a lo que se conoce como el “nuevo cine argentino” (por supuesto, al de los años ’90). Esta cinta, con obvios ecos del neorrealismo italiano, cuenta la historia de Polín (Diego Puente), un niño pobre que vive en un orfanato, en medio de un sistema autoritario, que se enfrenta a la ley de los hombres y de la vida. Cargada de la represión y de la violencia impuesta por la sociedad normalizadora, en esta cinta, Favio se las ingenia para mostrar eventos duros, pero llenos de la mayor ternura y luminosidad. Polín debe lidiar con la miseria, con todas las miserias, pero siempre lo hace con la ligereza que tiene un niño. Favio es un maestro para expresar esa sensación que para el espectador maduro es tan lejana y a la vez próxima.
A partir de la belleza de cada cuadro y de cómo se ha coreografiado cada secuencia, se puede afirmar que este es un prodigioso ejercicio formal. Pero esta crónica de la violencia, del arrebato de la inocencia, es mucho más que eso. Nada es explícito, son sugerencias, fuera de campo suceden hechos que atormentan, que marcan, que trauman. En Crónica de un niño solo lo que aterroriza no se imprime en la pantalla, no lo vemos. Pero cada bella toma anuncia que algo oscuro está detrás. Como en la vida misma, sentimos que la alegría es frágil, que la libertad puede ser truncada en cualquier momento, que las sombras acechan. En esta obra maestra nos aproximamos a una infancia desprovista de abrigo, pero con un abundante impulso vital.
Las comparaciones con Los cuatrocientos golpes (1959) de Truffaut son algo obvias. Es verdad que ambas películas se parecen mucho, que tienen elementos comunes, pero creo que no debería sorprendernos, pues la infancia de cada uno de nosotros tiene cosas en común con las demás, todas están llena de descubrimientos, de represión y de quiebres de la inocencia. En la infancia todos fuimos tan frágiles y tan felices, tan desamparados y tan fuertes a la vez. Todos vivimos eventos que configuraron nuestra vida. Por momentos, al estar sumida en la miseria de un país pobre, Crónica de un niño solo es la película más próxima a las infancias que vivimos. 
Aunque es de una gran austeridad visual, una secuencia, esa en la que los niños están sumidos en sus juegos cotidianos de manera casi patológica, siguiendo con su vida, encerrados y vigilados, tiene muchos elementos que rayan con el surrealismo, pero terminan siendo un retrato sensible de nuestras realidades. En el fondo, esta cinta de Favio parece sugerirnos que más allá de la violencia, en medio de las situaciones más espantosas, siempre pervive la ternura.

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El dependiente (1969): La tragicomedia humana


La película que cierra la primera trilogía de la obra de Favio, la trilogía en blanco y negro (compuesta además por Crónica de un niño solo y por Éste es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más...), El dependiente es una de sus piezas más elogiadas y representa el fin de su primera etapa como cineasta. Si se quiere, con ella deja el ascetismo que lo caracterizaba, pasando a realizar un cine lleno de excesos. Pero, justamente, con ella anuncia muchas de sus nuevas inclinaciones. Pues, aparentemente, esta cinta rodada con muy pocos medios, en poquísimas locaciones, con un elenco mínimo, tiene varios elementos que se aproximan a su obra más tardía. Las escenas impresionistas, los coqueteos con lo sobrenatural, lo grotesco, los caminos de ida y vuelta del melodrama a la tragicomedia, las interpretaciones poco naturales, no rompen con la delicadeza del primer Favio, pero anuncian una obra mucho más delirante, lúdica y menos naturalista.
En El dependiente se retrata lo desquiciada, oscura, misteriosa y caricaturesca que puede ser la aparente normalidad. La historia se narra con una velocidad tan poco verosímil que logra imprimirle características de fábula, una con una moraleja ambigua y compleja. El personaje que da título a la película, Fernández (Walter Vidarte), es un hombre que desde la infancia trabaja en un ferretería. El dueño, Don Vila (Fernando Iglesias, mejor conocido como Tacholas), un hombre mayor y solo, lo acogió y le prometió dejarle el negocio. La rutina y el aletargamiento frustran a Fernández, hasta que conoce a la Srta. Plasini (ese ícono del cine argentino llamado Graciela Borges) y a su madre (Nora Cullen). Se enamora de ella y comienza a esperar la muerte de su patrón para poder iniciar una nueva vida. Muchos han visto que en esta cinta Favio ha intentado hacer una alegoría, algunos dicen que con el peronismo, otros con la tradición fílmica de su país. Siempre asegurando que el director es Fernández, alguien que necesita de la muerte del padre para poder comenzar su verdadera vida. Intuyo que es un poco más complejo.
Esta es una historia sobre lo neurotizante que puede ser la vida en una sociedad repleta de reglas morales estáticas, de convenciones estériles. De una forma muy sutil, parece rezar que el infierno siempre son los otros, y que el infierno no está hecho de llamas abrasadoras y furiosas, sino de molestias constantes e inextinguibles. Esta es una película sobre lo grotesca y absurda que puede llegar a ser la realidad, eso se traduce en los impulsos casi asesinos de Fernández, la represión moralista de la Srta. Plasini o en el alcoholismo “liberador” de su madre.
En El dependiente está en todo su esplendor la capacidad de Favio para musicalizar una película de manera muy extraña, bella y sorprendentemente efectiva, con este recurso nos puede revolver el estómago o, por ejemplo, hacernos sentir la tensión sexual entre los personajes. Era un verdadero maestro para generar sensaciones en el público, tal vez por eso ninguno de sus personajes tiene nombre de pila, pues más que sentirnos identificados con lo que son, nos sentimos identificados con lo que sienten. Más que personas son emociones.
El dependiente tal vez sea la historia de amor más llena de represiones, de contenciones de la historia del cine, una de las grandes películas sobre relaciones humanas grotescas. A pesar de eso es tan bella y próxima. Plantea a la muerte como elemento liberador, como promesa final. Es una broma que termina en tragedia. Es una tragedia que termina en broma. Es como la vida misma. Pero más bella y exagerada.



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