Los villanos de Javier Bardem: Un malo buenísimo
Andrés Laguna
A principios de este mes el
actor español Javier Bardem recibió uno de las más pintorescos reconocimientos que
una personalidad relacionada con el cine puede merecer, una estrella en el
Hollywood Walk of Fame. Más allá de que tenga poca relevancia fuera del
mundillo mediático, es uno de los muchos síntomas que confirman que el actor
nacido en Las Palmas ya es parte de la historia del cine contemporáneo. En
algún momento sospeché que Hollywood terminaría haciendo con Bardem más o menos
lo mismo que con Antonio Banderas, convertirlo en un galán “exótico” de medio
pelo, con un pasado digno pero con un presente lleno de tumbos graves y
difíciles de superar. Al menos eso sugirieron esos esperpentos llamados El amor en los tiempos del cólera y, en
especial, Eat Pray Love. Pero, a base
de interpretaciones impecables, Bardem sigue siendo uno de los pocos actores
que garantiza un trabajo entregado, lleno de talento y de riesgos emocionales.
En sus momentos más notables, parece tener la camaleónica energía del joven
Robert de Niro y la bestial intensidad del primer Marlon Brando.
Aunque casi desde el
principio de su carrera fue respetado, se ganó la admiración indiscutida de los
cinéfilos cuando abandonó su imagen de súper macho ibérico, cuando abrió su
rango actoral en papeles como el del inolvidable Santa en Los Lunes al sol (2002) o cuando encarnó al poeta cubano Reinaldo
Arenas en esa sobrevalorada cinta llamada Antes
que anochezca (2000). Como buena parte de los actores que tienen un físico
imponente (no se debe olvidar que Bardem fue jugador de rugby), tuvo que tomar muchos
riesgos para poder ser considerado un actor serio y versátil. Tuvo que
inyectarle fragilidad, emotividad y humanidad a su imagen de rompecorazones
rústico. Seguramente, el punto máximo (y exagerado) de este gesto explorador
fue la insufrible Mar adentro (2004),
que hizo que el público que se conmueve con las historias obviamente trágicas
lo aclame como “el mejor español de todos los tiempos”. Si ser un buenazo
convirtió a Bardem en un interprete hecho y derecho, pocos podrían discutir que
el papel que inscribió su nombre en los anales del cine mundial fue el de un
súper villano. Como Roger Ebert lo señaló en su crítica de Skyfall (2012), su Anton Chigurh en No Country for Old Men (2007), está casi a la altura de Hannibal
Lecter, es una de las encarnaciones del mal más escalofriantes que se ha visto
en la pantalla grande. Parece no tener origen y explicación, Chigurh es una
fría e implacable máquina de matar. Inconmovible, indolente, inmisericorde, es
un ángel exterminador. Así como lo que más se suele recordar de Lecter es esa
su máscara/bozal, el peinado del personaje de Bardem siempre remitirá a ese
gélido jinete del Apocalipsis. Con ese papel Bardem deja de ser un buen actor y
pasa a ser un actor creador.
Su más reciente trabajo está
cosechando enormes elogios. Su Raoul Silva en Skyfall, la película número 23 de la saga de James Bond, parece
confirmar esa máxima que reza que la calidad de una aventura del 007 es
directamente proporcional a la de su villano. Para muchos esta es la mejor
entrega en muchísimo tiempo. Y Bardem vuelve a personificar a uno de esos malos
malísimos, tan amenazantes y perversos que terminan imponiéndose al héroe en
nuestra memoria. Aunque Silva no tenga la profundidad de Chigurh, aunque sea
más cerebral y su crueldad tenga innecesarias y algo pueriles explicaciones, es
una encarnación del mal que le hace mucho bien a la película. Y, al igual que Chigurh,
tiene un peinado innombrable. Bardem destaca con calificación sobresaliente en
un elenco compuesto por actores de la talla de Daniel Craig, Judi Dench, Ralph
Fiennes y Albert Finney. Lo que es un mérito en sí mismo.
Lo que llama la atención es
que Javier Bardem, uno de los actores más comprometidos políticamente y
críticos con el estado del mundo, se está especializando en interpretar a
malhechores. Al menos, ya tiene varios en su filmografía. De hecho, varios con
peinados imposibles. Si bien en casi toda su primera etapa, optó por personajes
de moral ambigua, tal vez su primera aproximación a ser el antagonista del
héroe fue en la cinta de Pedro Almodóvar, Carne
trémula (1997). En ella interpreta a David, un policía joven y correcto,
que en una pelea con el desafortunado protagonista de la cinta, Víctor (Liberto
Rabal), queda invalido. Desde entonces, se dedica a hacerle la vida miserable, lo
persigue con tesón. En esta almodovariana fábula, ambientada en los años
posteriores a la transición democrática en España, próxima al Conde de
Montecristo, Bardem es el enemigo a vencer y desde una silla de ruedas impone
respeto. Otro magnífico ejemplo está en la película de culto de Alex de la Iglesia,
Perdita Durango (1997). Bardem hace equipo
con Rosie Pérez, para encarnar a una de las parejas más desquiciadas de los
últimos tiempos. Su Romeo Dolorosa, amante del personaje del título, es tan
salvaje, sanguinario e inexplicable, como romántico. Es esa bestia brutal a la que
se teme. Pero a la que también se puede amar.
Siempre que Bardem ha
interpretado a un villano, como es de suponer, no ha tenido demasiado tiempo en
pantalla, pero siempre ha dejado una profunda huella en los espectadores. Por
ejemplo, en 2004 tuvo un brevísimo pero poderoso papel en la película de
Michael Mann, Collateral, en la que
interpretó al misterioso Felix Reyes-Torrena, un capo de la droga que es clave
para el desarrollo de esa trepidante historia, termina opacando a un correcto Tom
Cruise y a un notable Jamie Foxx. También, su cameo en la aclamada comedia
española , Torrente. El brazo tonto de la
ley (1998), es uno de los momentos más recordados de la cinta. En ella hace
de un villano menor, es un matón, medio deformado, medio subnormal, que en un
salón de billar intente intimidar a José Luis Torrente (ese gran Santiago
Segura), pero que termina en el piso, víctima de las triquiñuelas del repulsivo
y, al mismo tiempo, adorado policía madrileño.
Ya sea como genio de la
informática, como matarife de hombres, como narco, como psicótico o como
golpeador, Bardem parece sentirse muy a gusto haciendo de malo, puede
transgredir los límites y tiene grandes resultados.
Hace muy poco, en alguno de
los actos de promoción de Skyfall, Bardem
dijo que los verdaderos villanos de hoy son: “Quienes rescatan a los bancos en
vez de a las personas y los que hacen que los bancos no piensen sinceramente lo
que significa un desahucio para tantas personas”. Haciendo directa alusión a lo
que está sucediendo en su país. Por supuesto, levantó ronchas en el Partido
Popular, el partido de Gobierno, incluso un diputado lo acusó de ser un frívolo
multimillonario que vive en Miami. Bardem vive en Madrid y suele salir a la
calle a sumarse a las manifestaciones populares. Pero, lo sabemos todos,
vivimos en un mundo en el que los que abusan, explotan, roban y matan, nos
quieren hacer creer que son los héroes y los que los critican son los malos de
la película. De ser así, no nos vendría nada mal que Bardem sea poseído por Raoul
Silva o por Anton Chigurh y que cace, uno a uno, a todos esos pecadores que se
quieren hacer pasar por justos.
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