Las engañosas apariencias de Ben Affleck
Andrés Laguna
Mientras más se consolidaba
como galán, como leading man, como
héroe de acción, como protagonista de películas comerciales, Ben Affleck
parecía confirmar ese rumor que aseguraba que ni él, ni Matt Damon, realmente escribieron
el oscarizado guión de Good Will Hunting
(1997). Pues esa carrera plagada
de tantos roles olvidables, de interpretaciones que iban de lo mediocre a lo
calamitoso, esa incapacidad para escoger papeles, esos desmanes, denotaban una
ausencia absoluta de inteligencia y talento. Títulos como Armageddon (1998), Pearl
Harbor (2001), Daredevil (2003)
y, en especial, Gigli (2003), además
de causarle escalofríos al cinéfilo menos exigente, hacían olvidar su auspicioso
comienzo de carrera colaborando con Kevin Smith (ese director irregular, sí,
pero poseedor de un universo personal que nos divierte tanto a los que lo
seguimos), en películas como Mallrats (1995)
y Chasing Amy (1997).
En los comienzos de su
carrera, era poco más que un joven criado en los de clase media de Boston, que
demostraba tener el talento suficiente para hacer de matón y el carisma necesario
para hacer de galán de comedia independiente, pero parecía estar condenado a
papeles secundarios en películas más comerciales y/o con mayores exigencias
actorales. Hasta que escribió el guión mencionado junto a su amigo de toda la
vida, Matt Damon (que evidentemente tiene un mayor rango interpretativo y una
carrera más enorgullecedora), recibió elogios y premios. Y la industria le sonrió.
Hasta que se lo tragó. Desde mediados de los ’90 hasta más o menos el 2006,
Affleck sólo llamaba la atención de quienes lo consideran sexy y de los
paparazzis –que no podían disociarlo de su novia de la época, Jennifer López, y
los llamaban “Bennifer”, como si fuesen un ser con dos cabezas sin cerebro-.
Cuando decidió interpretar a
George Reeves (el primer Superman televisivo, que murió trágicamente) en Hollywoodland (2006) de Allen Coulter, sorprendió
gratamente al público y a la crítica. Después de todo, el chico de la media
sonrisa, de la barbilla partida y de porte medio tribilinesco, demostró que era
un actor hecho y derecho, capaz de ofrecer un retrato profundo y complejo de un
personaje enigmático. Sus esfuerzos fueron recompensados con la prestigiosa
Copa Volpi, el premio a mejor actor que otorga el festival de Venecia.
Después de haber cambiado de
Jennifer, desde 2005 está casado con la adorable Jennifer Garner con la que ya
tiene tres hijos, de haber dejado atrás sus problemas con el alcohol y la fama,
enderezó su carrera. 2007 fue su verdadero año bisagra, se puso detrás de la
cámara y dirigió su notable ópera prima, Gone
baby gone, una excelente pieza de género noir. Protagonizada notablemente por su hermano Casey (un actor más
arriesgado y versátil que él) y por Michelle Monaghan, con secundarios
extraordinarios a cargo de Morgan Freeman, Ed Harris y Amy Ryan (que recibió
una nominación a los Oscar por este trabajo, aunque muchos la recordamos más
por su papel en esa obra maestra llamada The
Wire). La cinta cuenta las peripecias de una pareja de detectives que deben
encontrar a una niña raptada, en medio de una ciudad, Boston, que está llena de
entramados y de sombras. Gone baby gone
es durísima, descorazonadora, pero es sensible e inteligente, en sus mejores
momentos recuerda al Sidney Lumet más policial o al Roman Polanski de Chinatown (1974).
No menos interesante fue su
segunda película, The Town (2010),
otro thriller musculoso, ambientado
en su ciudad, lleno de acción, de crítica social y de interpretaciones
notables. Affleck se encarga del protagónico y, lamentablemente, es lo menos
impresionante del filme, pero los actores que lo acompañan, Rebecca Hall, Blake
Lively, Jon Hamm y, en especial, Jeremy Renner (que fue nominado al Oscar por su
trabajo), entregan algunas de las mejores interpretaciones de su carrera. Con
esta cinta sobre ladrones de banco y sobre la corrupción y la injusticia en la
sociedad contemporánea, Affleck confirmó que es un director de notable factura,
de grandes instintos, capaz de lograr gran tensión y de mantener el ritmo de
una narración. Tiene cualidades muy similares a las de Steven Soderbergh, puede
hacer cine de puro entretenimiento con una carga nada desdeñable de crítica
social. Además, ha demostrado que es muchísimo mejor dirigiendo actores, que
actuando. Por esa muestra de capacidad, tal vez de manera apresurada y
desmedida, se lo ha comenzado a comparar con Clint Eastwood. Indudablemente,
ambos comparten el hecho de tener una carrera como directores mucho más irreprochable
que su faceta como actores. Pero, por el momento, Affleck todavía está lejos de
entrar a la historia del cine. Como guionista, como actor y como director
todavía no ha firmado una rotunda obra maestra, ni ha manufacturado a un
personaje icónico.
Muchos podrían
contradecirme, pues Argo, su última y
multipremiada obra, ha sido considerada por la mayor parte de críticos del
mundo como una de las mejores películas del año. Sin duda, lo es, tiene todos
los méritos de sus anteriores películas, sus dotes narrativas, su meticulosidad
a la hora de construir un escenario, sus personajes apasionantes, sus historias
a prueba de aburrimiento, sus reflexiones político-morales ambiguas, pero
además esta tiene una inyección mucho mayor de humor. Argo cuenta como un grupo de agentes de la CIA y del Servicio
Secreto Canadiense, en los años ’80, montó un operativo para rescatar a un
grupo de diplomáticos estadounidenses atrapados en el Irán de la revolución.
Para hacerlo deciden hacerse pasar por un equipo de filmación. Argo es tan entretenida como suena, para
lograr ese resultado se necesitó de un director con verdadera capacidad,
talento y oficio. Ben Affleck ya no tiene que probarle nada a nadie, ya es uno
de los mejores narradores de su generación. Aunque todavía ha sido incapaz de
manufacturar una verdadera obra maestra, una película que sea capaz de
despertarnos preguntas profundas sobre la vida y sobre el cine, intuyo que
pronto lo hará. Por tanto, ha sido una gran injusticia que no se lo haya
nominado a mejor director en esta versión de los Oscar, su trabajo es considerablemente
más notable que el de la mitad de los nominados en la categoría.
Ben Affleck ha aprendido a
equilibrar mejor su vida profesional, con la familiar y con su activismo
político (hace parte del Hollywood progresista y es un consecuente militante
del partido demócrata), ha aprendido a escoger mejor sus guiones (en la última
década ha actuado para directores como Terrence Malick, John Woo y ha repetido
con su amigo de hace tanto Kevin Smith) y hasta ahora no ha firmado una
película mediocre o mala como director y guionista. Aunque se lo compare con
Eastwood, aunque pueda parecer una versión más joven y campechana de George
Clooney, Ben Affleck ha aprendido a demostrarnos que detrás de esa imagen de
muchacho de barrio petulante o de carismática estrella de cine, hay un tipo con
sensibilidad, con un gran conocimiento del oficio cinematográfico, con
habilidad para escoger historias interesantes que contar y, lo que es mucho más
notable, con la capacidad para realizarlas magníficamente, de manera impecable.
Quienes se hayan quedado con su imagen de los tiempos de “Bennifer”, de ese
tipo que se vestía con ropa de diseño, que se podía gastar 3,5 millones de
dólares en un anillo de compromiso, se sorprenderán con este Affleck. Es un
tipo que no sólo ha dirigido tres de los thrillers
más recomendables de la última década, es alguien que parece tener la
cabeza centrada, que ha demostrado ser mucho más de lo que aparentaba.

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