Les Misérables: Los que cantan también lloran



Andrés Laguna

Las ocho nominaciones al Oscar, la excelente respuesta de la crítica más convencional y del publico parecen confirmar que Les Misérables es un verdadero éxito. Tom Hopper, su director, es tremendamente eficiente a la hora de conquistar a esos sectores, lo que debe tener encantados a sus productores y financiadores. Este realizador británico que ha dirigido un puñado de películas para cine, que ha mostrado sus mejores armas en la televisión –su trabajo en esa notable miniserie llamada John Adams le forjó un nombre en Hollywood-, con El discurso del rey (2010) ganó casi todo lo que podía esperar y probó que podía hacerse cargo de un proyecto de la envergadura de Les Misérables. Como cualquier cinéfilo más o menos informado sabe, El discurso del rey ganó el Oscar a mejor película, lo que me parece una auténtica broma, pues casi todas sus competidoras en la categoría eran muchísimo mejores, en especial True Grit de los hermanos Coen y Winter’s Bone de Debra Granik. Es una obra totalmente sobrevaluada, que tiene como grandes aciertos las interpretaciones de sus tres protagonistas y algunas secuencias con ritmo y emoción, pero en general es una cinta que sobredimensiona cuestiones de poco interés. Es la típica película que le gusta mucho a la gente que ve poco cine y que quiere que ese poco cine le rinda mucho, que le sirva en las charlas de sobremesa y en las conversaciones con los colegas de trabajo, para pretender tener una mínima cultura. Es una típica historia de superación, en un contexto histórico de gran relevancia (¡La Segunda Guerra Mundial!!! ¡Qué más que eso!), con personajes que en los papeles deberían ser apasionantes y que cualquier persona escolarizada conoce, además, está condimentada por una sobria y leal relación amorosa, por una amistad inquebrantable y por un elenco lleno de talento. Pero estoy convencido de que El discurso del rey con un presupuesto más modesto no llegaba a ser más que un telefilme para el Hallmark Channel, una de esas peliculitas que pretenden contar historias reconfortantes e inspiradoras, pero que carecen toda sustancia y que sólo pueden acomodarse en la programación de los canales los fines de semana. 
Con ese precedente, no tenía grandes expectativas de lo que haría Hopper con Les misérables. Además, en cuanto a lo que al género musical respecta, solemos partir con un sinnúmero de prejuicios, suponemos que carece de gusto y nos es terriblemente difícil tomar en serio a un grupo de personas que cantan y bailan para comunicarse o para expresar lo que están sintiendo.  Prejuicios, como es de rigor, alimentados por el triste estado del género en la actualidad. Pero, vale la pena aclararlo, a diferencia de lo que les sucede a los críticos de cine más sesudos, me gusta el musical, lo disfruto. No creo que sea la panacea del arte contemporáneo, pero películas como Cantando bajo la lluvia (1952) y Siete novias para siete hermanos (1954) están entre mis favoritas de toda la vida.
Les misérables de Tom Hopper de inicio se enfrenta a una doble dificultad, pues no debía meramente intentar llevar al cine una de las obras más monumentales de la literatura universal, debía traducir a lenguaje cinematográfico la querida y consagrada adaptación musical de dicha obra, que desde hace décadas triunfa en Broadway. Se sabe de los riesgos que implica intentar llevar al cine una obra clásica, empresa que casi siempre garantiza un rotundo fracaso. Muchos han adaptado la celebérrima obra de Victor Hugo con resultados disparejos, siendo la adaptación de Raymond Bernard de 1934 la más bella, justa y una de las más largas (dura casi 5 horas), pero si hay una que ha conquistado el corazón de los espectadores es la del musical. Hopper debía hacer una adaptación de una adaptación, además, de una muy querida, recordada y presente en los amantes del género.
La historia original tiene un poder innegable, plantea preguntas importantes y despierta sentimientos universales y atemporales. La historia sobre una infatigable cacería humana, en la que Jean Valjean, un prófugo de la justicia, redimido por la piedad cristiana, debe escapar del implacable Javert, un hombre de ley, que cree ciega e inflexiblemente en ella, es apasionante. Con sus múltiples personajes y situaciones, Les misérables trata un sinnúmero de grandes temas: la justicia, la piedad, el amor, la honestidad, la legalidad y la legitimidad. Pero además, está ambientada en una Francia decimonónica, en un mundo lleno de pobreza, de crueldad, de sufrimiento y de seres francamente miserables. En esta obra sólo hay espacio para sentimientos extremos. Seguramente, por eso funcionó tan bien como musical pues la historia es muy operística. Tiene la esencia dramática pero un  planteamiento artístico fácil y accesible, lo que ha resultado en una suerte de Opera popular (o populachera). Por estas característica, que son muy apropiadas para el musical, la idea de llevarla al cine resulta incomoda. Sucede con la gran mayoría de los musicales, tienen códigos teatrales que cuando son llevados a la gran pantalla, no parecen ser más que obras registradas por una cámara, que poco tienen que ver con el cine y su lenguaje. No era fácil lo que se le encargaba al realizador, adaptar esta obra y que realmente parezca una película parecía algo casi imposible. 
La solución por la que optó Hopper, que ha molestado a algunos críticos ortodoxos y que creo que es el gran riesgo creativo de la película, fue la utilización de la cámara. Pues, que un director tan convencional y normalito haya decidido rodar varias secuencias con técnicas poco típicas del género y de los relatos épicos es, cuando menos, sorprendente. En varios pasajes de la película, Hopper optó por la cámara al hombro, por una cámara temblorosa despojada de movimientos elegantes, y por primeros planos casi estáticos e impúdicos, que rompen con esa teatralidad a la que hacía referencia. En sus mejores momentos, la película nos transporta al lugar en el que suceden las acciones, nos hace olvidar que estamos sentados en nuestras butacas como espectadores, logra lo que sólo el cine logra, ese viaje inmediato.
La otra gran decisión creativa, que revitaliza a la película, es que se haya optado por que los actores interpreten sus canciones en vivo frente a la cámara, a diferencia de lo que se suele hacer en estos casos, que graben en un estudio y que después se sincronice el sonido con las imágenes. La secuencia que más fruto saca de esta decisión es cuando Anne Hathaway, encarnando a la maltratada Fantine, canta de manera bella y emotiva “I Dreamed a Dream”. Probablemente, ese es el momento que le valdrá el Oscar a mejor actriz de reparto, ese que casi todos predicen que ganará. La interpretación en vivo frente a la cámara, sin duda, imprime intensidad y espontaneidad, desnuda al personaje, lo aproxima al público para conmoverlo. De alguna forma este recurso implica una declaración de principios o, por lo menos, es un genuino ejercicio de sensibilidad, pues después de décadas de utilizar un recurso tecnológico (la mencionada sincronización de labios, la famosa lip-sync, y el playback), se vuelve a una técnica estilística, interpretativa, más íntima, más próxima al naturalismo que a la búsqueda de lo idílico y/o lo perfecto. Por cierto, esta técnica también fue utilizada en una película de muchas mayores proporciones artísticas, de manera infinitamente más notable y conmovedora, esa obra maestra de Leos Carax llamada Holy Motors (2012), en el segmento en el que comparten pantalla una diáfana y nunca tan bella Kylie Minogue con el inconmensurable Denis Levant.
En Les misérables, Hopper cuenta con un buen elenco y, como suele hacer, le saca el mayor provecho, encabezado por Hugh Jackman como Valjean y Russel Crowe como Javert. El primero es especialmente solvente y el segundo da la impresión de estar terriblemente incómodo cantando, como la película está casi despojada de diálogos convencionales, se lo siente incómodo en casi todo el metraje. Como lo mencionaba anteriormente, Hathaway, como Fantine, protagoniza los momentos más sensibles y los que más conmoverán al publico con poco afecto a las sutilezas. Pero, si me lo preguntan, Sacha Baron Cohen y la siempre formidable Helena Bonham Carter, interpretando a la despreciable pareja Thénardier, son de lo mejor de la película, a diferencia de todos los otros personajes, que están sumidos en el sufrimiento, le inyectan una necesaria dosis de humor y desfachatez, que se agradece, en especial, en obras con un tenor tan solemne como esta.
El gran problema de la película tal vez radica en que todo, aunque muy correcto, tiene algo falso. Por ejemplo, técnicamente Jackman es un buen Valjean, pero es incapaz de hacerme sentir su dolor, no siento empatía por él, me mantiene a cierta distancia. Una fosa separa al público de los personajes. Como en el teatro. El intento de Hopper de buscar un lenguaje cinematográfico apropiado y de encontrarlo con frecuencia, contrasta con las abundantes escenas llenas de grandilocuencia y épica, rodadas con grúas, desde las alturas, que esterilizan un poco lo que la película quiere mostrarnos, pierde en naturalidad. Y, por tanto, en credibilidad.
En esta película hay un esfuerzo creativo considerablemente mayor que en El discurso del rey, pero Hopper no deja de ser más que un eficiente artesano. No se necesitaba más para adaptar el musical en el que se basa, pero sería totalmente insuficiente para adaptar la novela original. Esta película nace de una obra menor basada en una obra mayor, el resultado más o menos sigue esa progresión. De todas formas, es una solvente interpretación de un género malogrado. Ideal para los amantes de las historias extremas, llenas de drama, romanticismo trágico, de intensidad, para los que disfrutan de ver a un grupo de personas cantando sus miserias y sueños. 

* Una versión de este texto fue publicada en la Ramona de Opinión, el 17 de febrero de 2013.

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