Silver Linings Plabook: Un roto para un descosido
Andrés Laguna
La única película que tiene
posibilidades de llevarse el preciado “Big Five” (Mejor película, mejor
director, mejor guión, mejor actor y mejor actriz) en la ceremonia de los Oscar
de este año, está lejos de ser la favorita en las ocho categorías en las que
compite, salvo tal vez por la candidatura de Jennifer Lawrence, que ganó el
Globo de Oro por su trabajo, lo que suele ser un buen precedente. Es que Silver Linings Playbook es una de esas
películas que llega con perfil bajo, que ha logrado más éxito y reconocimientos
que muchas cintas que venían con mucha más parafernalia, que producían más
expectativa, pero tampoco es una obra maestra indiscutida, ni tiene la
capacidad de aglomerar el apoyo unánime de los académicos. Aunque ha sido muy
amablemente recibida por los críticos estadounidenses y es una buena película,
no creo que sea merecedora de muchos de los elogios que ha recibido. Como casi
todas las películas de su director, David O. Russel, es redonda y entretenida,
pero está lejos de ser trascendental, de ser imprescindible.
La película es algo así como
una reescritura contemporánea de la comedia
screwball, género que fue determinante para la época dorada del cine
estadounidense, que se caracteriza por los enredos y por centrarse en una
relación amorosa en la que la mujer suele ser dominante y el hombre dominado.
Un modelo que, con mínimas variantes, ha sido estropeado incontables veces por
la comedia romántica, ese otro género
con el que está íntimamente emparentado y que cada vez está más plagado de
muestras tristemente patéticas. Supongo que Silver
Linings Playbook gustó tanto, en especial en Estados Unidos, porque es una
digna versión de una serie de películas que contribuyeron a que Hollywood sea
la meca del cine, un género que en las manos de maestros como Billy Wilder,
Ernst Lubitsch, Howard Hawks o Frank Capra nos produjo algunas de las más
grandes alegrías. De alguna forma, creo que Silver
Linings Playbook se ha beneficiado de un sentimiento parecido a la nostalgia
que acosa a los espectadores, pues gracias a la pobreza de la comedia
estadounidense, que si no fuese por la factoría de Judd Apatow y sus satélites,
estaría totalmente reseca.
Esta cinta, que es un
proyecto de Russell anterior a su premiada película The Fighter (2010), está basada en la novela homónima de Matthew
Quick, y narra la historia de Pat Solitano (un Bradley Cooper mejor que nunca,
lo que tampoco es tanto, tanto), un exprofesor que vuelve a casa después de
haber estado internado en un hospital psiquiátrico. Aunque no está “curado”, su
madre, Dolores (una magnífica Jacki Weaver), decide que estará mejor en casa
que confinado, para sorpresa de su padre, Pat Sr. (el gran Robert De Niro). Lo
único que Pat quiere es recuperar su vida, en especial, a su mujer. En medio de
su extraña faena conoce a Tiffany (la cada vez más sorprendente Jennifer
Lawrence), una joven viuda que, al igual que él, está emocionalmente dañada y
psíquicamente frágil. A través de una amistad poco ortodoxa, intentarán
ayudarse mutuamente, aunque Tiffany llevará las riendas del asunto. La película está llena de personajes
excéntricos y encantadores, que están en los límites de lo patológico, pero que
no parecen ser una real amenaza, más que para sí mismos. Lo curioso es que
muchas veces los personajes secundarios y sus historias llegan a ser más
interesantes que la relación amorosa de los protagonistas. La histérica forma
de moverse en el mundo de Dolores, la obsesión con el juego y con el sistema de
ganadores/perdedores que tiene Pat padre, los disfuncionales amigos de Pat
hijo, la crisis matrimonial de la hermana de Tiffany, hacen que la película sea
algo digno de ser disfrutado.
David O. Russell parece
querarse especializar en desmitificar, en quitar solemnidad, a algunas de las
historias más arquetípicas del cine hollywoodense. Sus películas se parecen a
cientos de otras, pero despojadas de glamour, con un toque de parodia y
protagonizadas por personajes verdaderamente cautivantes. No hace mucho más,
pero es suficiente para refrescar un panorama cinematográfico poco propenso a
reescribir hitos aportando creatividad. Silver
Linings Playbook es una comedia romántica modélica, pero siguiendo esta
partitura, termina siendo una película genuinamente apreciable, lejos de
parecer un producto en serie. Pero por el mismo hecho de que Russell se dedica
ha narrar historias arquetípicas, aunque lo haga de manera ingeniosa y construyendo
buenos personajes, termina siendo terriblemente previsible, esa es una marca de
fuego de Silver Linings Playbook.
Después de los primeros cinco minutos de metraje, hasta el espectador menos
suspicaz es capaz de trazar el itinerario del filme, sabe, intuye, sospecha, lo
que irá a pasar.
Vale la pena reiterarlo, el
gran acierto, logrado gracias al buen uso del lenguaje cinematográfico y a
parlamentos sólidos, está en la construcción de los personajes, que aunque no
es profundo, ni complejo, es creíble (algo ya evidente en The Fighter). Eso se hace obvio en el primer momento en el que
vemos a Pat, es un tipo que dispara los parlamentos de manera compulsiva, que
es seguido por una cámara que parece desorientada y brusca, la cámara se mueve
como podría moverse su estado de ánimo. Lo que logran Cooper, Weaver, DeNiro y,
en especial, Lawrence, con sus papeles es tan notable, que también se le debe
atribuir gran mérito al director de la película. Construyen personajes que
terminan importándole al espectador. Otro punto destacable de la cinta en ese
sentido es la buena banda sonora, ingeniosa en su utilización de la canción de
Stevie Wonder “Mon Cherie Amour”, genial al echar mano de esa maravillosa
versión “Girl from the North Country” interpretada por Bob Dylan y Johnny Cash
y precavida al usar la música original del siempre solvente Danny Elfman, logra
ser el gran complemento de la descripción de los movimientos internos de los
personajes.
Muchos han asegurado que
esta es la película que hay que ver para sentirse bien. No estoy seguro, yo no
haría eco de la recomendación. Debo confesar que me es un poco incómoda esa
debilidad de David O. Russell por los finales felices convencionales, aunque
medio camuflados. Y me pone más incómodo la conclusión facilista de Silver Linings Playbook, esa tan
trillada que reza que: “el amor lo cura todo”. ¿Lo cura todo? Lo dudo. De lo
que estoy convencido es de que hace que cualquier mal sea soportable.
Alternativa que no se plantea en esta película, a diferencia de esa obra mucho
más lograda llamada Amour (2012) de
Michel Haneke, cinta que podría plantearse como la gran antitesis de Silver Linings Playbook, al menos, en
cuanto a historias de amor de refiere. Aunque estoy seguro de que Amour jamás hará que el espectador se
sienta “bien”, por la casi crueldad con la que se trata el tema y a sus
personajes, creo que nos ofrece un retrato mucho más romántico, intenso y
comprometido del amor.
* Una versión de este texto fue publicada en la Ramona de Opinión el 10 de febrero de 2013
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