A quince años del estreno de The Big Lebowski: El Dude proveerá





Andrés Laguna Tapia

En occidente cada vez hay menos gente religiosa y/o creyente, los agnósticos proliferan. Supongo que por eso ahora cualquier tontería pude ser considerada objeto de culto. A pesar de los adelantos tecnológicos, todavía buscamos una tribu, buscamos sentarnos alrededor de la hoguera para adorar a nuestras deidades.
Por curioso que parezca, además, de la saga del Padrino, del cine de Tarantino, de Scarface y La naranja mecánica, muy pocas películas de prestigio han llegado a ser veneradas, contando con una maquinaria muy parecida a la de las religiones clásicas. Sin la menor duda, The Big Lebowski, la cinta de los hermanos Coen, la tiene. Desde su estreno en 1998 no ha dejado de conquistar nuevos fanáticos y fieles, se ha convertido en un verdadero fenómeno de merchandising oficial y no oficial. Desde poleras hasta muñequitos de los personajes. Sin ir lejos, yo tengo un mouse pad con la forma de la alfombra de la película. Anualmente, en diferentes ciudades de los Estados Unidos y Europa, se celebran diferentes versiones de la Lebowski Fest, en la que los asistentes se pueden disfrazar de los personajes de la película en todos sus coloridos atuendos, toman Rusos Blancos, juegan bolos y hay invitados especiales. Por ejemplo, la semana pasada en Los Angeles, estuvo Jeff Dowd –el hombre que inspiró al personaje de la película, que casi nunca falla, pues vive en California- y tocó Tenacious D, la banda que lidera el actor Jack Black. Miles peregrinan a estas fiestas que tienen una suerte de liturgia.
Pero no se ha quedado en eso, hay un sinnúmero de publicaciones dedicadas a la película, páginas web, periódicos, textos académicos, pseudo filosóficos y de autoayuda. La palabra y la filosofía del Jeffrey Lebowski, mejor conocido como The Dude, es para muchos el camino para salvar al mundo y a sí mismos. Siéntete amenazado Diego Armando Maradona, pues también tiene su propia iglesia y religión, el “Dudeismo”. Todo eso suena a una de esas torcidas bromas salidas de las cabezas de los hermanos Coen. Pero, no, todo es tristemente cierto. Y, claro, no por eso deja de ser una broma.
El gran Lebowski es una extraordinaria comedia, llena de momentos y personajes francamente inolvidables, de diálogos magníficos, con una de las mejores secuencias de sueños jamás filmadas y con una banda sonora portentosa (compuesta por el legendario T Bone Burnett y que incluye ese enorme tema de Bob Dylan extraído del New Morning, llamado “The man in me”). En su 15 aniversario se ha convertido en detonador de muchas cosas de las que ella misma se burlaba.
Quienes no la hayan visto, deben sospechar que esa es una falta grave, es una cuestión de mínima cultura general. De manera muy vaga, la película es en cierta medida una reescritura en clave Coen, de los westerns y de los relatos policiales, de todas esas narraciones que han construido el imaginario de los Estados Unidos, en las que un héroe debe embarcarse en una aventura, someterse a peligros inimaginables, para cumplir con su deber, impulsado por su honor y coraje. La cuestión es que el héroe de los Coen, Jeffrey Lebowski, The Dude (interpretado por ese fenómeno llamado Jeff Bridges) está lejos de ser un protagonista modélico. Es un exmilitante de “izquierda”, se supone que participó muy activamente de las manifestaciones en contra de la guerra de Vietnam, pero en el momento que sucede la película está completamente dedicado a su personal santísima trinidad: la marihuana, los Rusos blancos y los bolos. Se pasa el día con sus descerebrados amigos, Walter y Donni, encarnados por los siempre magníficos, John Goodman y Steve Buscemi. Vive en paz, escuchando el canto de las ballenas y su viejo casete de Creedence Clearwater Revival. Hasta que un día llega a casa y un par de matones, lo golpean, le meten la cabeza en el inodoro y se mean en su alfombra. Quieren dinero, cobrar una deuda. Hasta que se dan cuenta de que se confundieron, al que buscan es a un homónimo millonario, a otro Lebowski, al gran Lebowski. Desde ese momento, empujado por Walter, el Dude se embarca en una serie de enredos que no vale la pena detallar pues jamás se podría igualar la gracia que tienen en la pantalla. Basta decir que desfilan por la pantalla, además de los mencionados, John Turturro, Julianne Moore, Philip Seymour Hoffman, entre varios otros, todos en su mejor forma, ofreciéndonos algunos de los mejores trabajos de su carrera. Los hermanos Coen tienen una sensibilidad muy posmoderna, una aproximación fragmentaria a las historias, diálogos cool, agudos e ingeniosos. De eso hacen gala en este su séptimo largometraje, para muchos su obra más perfecta.
La red está llena de páginas que difunden  las “enseñanzas” del Dude, de cómo llevar a la práctica su seductor estilo de vida, sobre el mensaje relacionado con el valor de la amistad que tiene la película. Cuestiones que, cuando no están tratadas con humor, me parecen francas tonterías. También es frecuente leer textos que afirman que esta es una película apolítica, que no es más que una colección de hechos graciosos, más o menos conexos. La cinta, después de haberla visto muchísimas veces, me mata de risa. Pero cada vez me parece menos inofensiva, me parece muy política y crítica, tanto o más que No country for old men o la infravalorada y genial Burn after reading. Por ejemplo, Walter es un veterano de Vietnam, judío ortodoxo recientemente convertido, simpatizante de la política militar de su país, feroz defensor del estado de Israel, utiliza acomodadiza y malamente la jerga y los valores morales del Antiguo testamento. David Haglund en un celebrado artículo para Slate Magazine, afirma algo muy acertado: Walter es un neocon, un neoconservador. Y su discurso recuerda peligrosamente a George W. Bush y a esos bichos raros del Tea Party. Por su lado, el Dude es el simpático progre, incapaz de hacerle daño a alguien, siempre buena onda, del lado de las “causas justas”, pero es tremendamente incapaz de hacer algo, de ser protagonista de algún tipo de acción. Tanto Walter como el Dude, que ideológicamente son opuestos, son adorables. Pero son unos ineptos, sería imposible vivir con ellos, dependiendo de alguna forma de ellos. Lamentablemente, lo hacemos. Son modelos exagerados de dos de las grandes alas en las que se ha dividido la sociedad. Por un lado están los conservadores ignorantes y violentos, por otro los progres incapaces y poco comprometidos. Toda la película es una gran parodia de lo que nos rodea. Como lo apunta el narrador, el cowboy, el Stranger (el gran Sam Elliot), casi al final del metraje, las películas de los Coen no son más que formas de: “la comedia humana perpetuándose”. Lo que no es poco. El gran mérito del filme está en que nos muestra lo que tristemente somos con el mayor sentido del humor.
Si algo enseña The Big Lebowski, todas las películas de los Coen lo hacen, es que la idiotez gobierna y abunda en el mundo. Basta leer la portada de cualquier diario en cualquier rincón del planeta o ver los primeros 10 minutos de cualquier informativo para confirmarlo.
El argumento de la cinta se desata a partir de un acto completamente idiota. Se complica y se resuelve por una sucesión de situaciones de la misma naturaleza. Aunque los personajes implicados sean absolutamente entrañables, buena parte de los hechos son fruto de un cretinismo profundo. Lo que es peor es que es un cretinismo que es muy próximo a cualquiera de nosotros. A todos nos ha pasado que por tratar de resolver algo de la manera más “ingeniosa”, hemos terminado embarrados en un embrollo absoluto. Los Coen saben que el destino del ser humano es patético y accidentado, determinado por su falta de luces. Lo magnífico y, si lo queremos, heroico del Dude, es que soporta los accidentes, siempre recuperando la calma y el buen humor, como un patriarca bíblico. Esos dos hermanos, Ethan y Joel, que ríen de una forma tan nerd, están completamente llenos de cinismo, así ven el mundo, así lo describen. Ríen últimos y ríen mejor. Son grandes narradores de la comedia humana, esa que está llena de momentos graciosos, patéticos e idiotas. No se si deba tranquilizarnos que el Dude este ahí fuera, en medio de la imbecilidad, relajado, aguantando. Pero, al menos, su presencia nos asegura que esta comedia sea una buena comedia. 

* Una versión de este texto fue publicada en la Ramona el 31 de diciembre de 2013

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