In memoriam Roger Ebert: Réquiem para un espectador protagonista






Andrés Laguna

Una de las muchas e invaluables enseñanzas que recibí agradecido de Yves Froment fue que el placer de hablar sobre cine a veces puede superar a la experiencia cinematográfica misma. No son pocas las películas que permanecen en mi memoria exclusivamente por los diálogos que propiciaron. Otras tantas son indisociables a ciertas frases escritas o pronunciadas por meros y caros espectadores. Por espectadores que se convertían en protagonistas de las historias.
La muerte de Roger Ebert hace poco más de una semana fue la noticia que más me entristeció de unos días especialmente duros para el cine. Fue como perder a un confidente. Ebert nació en Urbana Illinois en 1942, es el único crítico de cine que tiene una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, fue premiado por la Director’s Guild of America, por la Screenwriters Guild of America y por el American Film Institue, en 1975 se convirtió en el primer crítico de cine en ganar el premio Pulitzer, escribió una docena de libros e incontables críticas para el Chicago Sun (donde trabajó desde 1967 hasta principios de este mes). Era un tipo que cuando estaba en forma veía cuatro o cinco películas al día y escribía mucho más de 200 críticas al año –cualquiera que ha practicado el oficio sabe que es una monstruosidad-. Fue un militante del cine, lo amó sin restricciones. Durante décadas fue considerado el crítico número uno de los Estados Unidos y fue una verdadera escuela. Tal vez no es tan respetado en sectores académicos y especializados, a diferencia de Andrew Sarris, Pauline Kael o del resto del núcleo duro de Film Comment, pero ningún crítico ha logrado estar más cerca del espectador más común.
Sin duda, su enorme popularidad se debe en gran medida a que fue el crítico de cine televisivo más constante y representativo de la historia, su programa At the movies, que originalmente conducía junto a su compinche Gene Siskel (que murió en 1999 de un tumor cerebral) y luego con Richard Roeper, se convirtió en una gran referencia global. Ahí popularizó lo de los “pulgares arriba” para las películas recomendables y los “pulgares abajo” para las que no lo eran. Aunque muchos criticaron esa primaria, casi visceral y limitada forma de reseña, pocos pueden acusarlo de no haber sido claro y arriesgado. Ebert era la encarnación de la forma más pasional de aproximarse al cine, siempre deudora del amor por el arte. El objeto creativo se ama o no, esa dualidad guió su vida y su obra. Lo que lo alejaba un poco de lo racional, de lo cerebral, de lo exhaustivamente riguroso, fue lo que lo consagró como el gran representante del espectador más silvestre, pero dotado de un conocimiento enciclopédico, de un gran estilo literario y una pasión capaz ayudarlo a superar las debilidades. Por esa condición, la de estar a lado del público masivo, explotó casi todos los medios que tuvo a la mano, primero el periódico, luego la televisión y, en los últimos años, la gran gama de herramientas que proporciona Internet: las páginas web, los blogs, las redes sociales y los streamings. Este crítico de 70 años estuvo mucho más a tono con su tiempo que muchísimos colegas “jóvenes”.
En 2002 le descubrieron cáncer en la tiroides, un año después se expandió a las glándulas salivales. En 2006 le extrajeron parte de la mandíbula y desde entonces fue incapaz de comer, beber y hablar. Cualquiera que haya visto una foto suya, por su corpulencia, podría deducir que era un hombre de excesos, coqueteaba con el hedonismo, amaba la comida y las bebidas. Además, era un elocuente orador y construyó la parte más mediática de su carrera sobre esa cualidad. Por tanto, su enfermedad parecía haberlo condenado a una suerte de muerte en vida.
Una vez más, vuelvo a Yves Froment. Una tarde, de esas muchas que pasamos en algún café de Bruselas, me contó que cuando el venerado poeta Stéphane Mallarmé sufrió el espasmo en la laringe que terminaría matándolo, le ordenó a su mujer y a su hija quemar toda su obra inédita, pues consideraba que la herencia literaria no existía. Yves me dijo que Mallarmé adoraba las sesiones de lectura de poesía y que amaba leer su obra en voz alta, que muy probablemente, lo que realmente le había quitado la vida era la imposibilidad de seguir con esa práctica. Ah, cómo no entender a Mallarmé. Pero también resulta imposible dejar de admirar a tipos como Ebert, que después de perder el sentido del gusto y la voz, decidió volcar toda su energía en la escritura. En algún texto lo dijo, así como los que pierden la vista agudizan otros sentidos, los que pierden la voz agudizan otras formas de comunicación. Ebert no era un poeta maldito, fue un espectador de cine profesional y sensible, que necesitaba compartir con sus correligionarios sus experiencias místicas. En un tremendo reportaje sobre su batalla contra el cáncer, que Chris Jones escribió en 2010 para Esquire, Ebert confesó algo tenaz: “Cuando estoy escribiendo mis problemas se vuelven invisibles y soy la misma persona que siempre fui. Todo está bien. Soy lo que debería ser”. Creo que muchos críticos, incluso sin haber perdido la mandíbula, sentimos exactamente eso.
Siempre acompañado por su mujer Chaz, Ebert encontró en la pasión, en el placer más primario, la posibilidad de salvación. Ella cuenta que en el tiempo en el que fue sometido a la cirugía que cambiaría su vida no dejaba de escuchar la canción de Leonard Cohen “I’m Your Man”. Según Chaz esa canción le salvó la vida. Los primeros versos de la letra dicen más o menos esto: “Si quieres un amante/ Haré lo que pidas/ Y si quieres otro tipo de amor/ Usaré una máscara por ti/ Si quieres un compañero/ toma mi mano/ Si quieres golpearme con furia/ Aquí estoy/ Si quieres a un boxeador/ Entraré al ring por ti/ Si quieres un doctor/ Examinaré cada pulgada de ti/ Si quieres un conductor/ Sube adentro/ O si quieres que te lleve a pasear/ Sabes que puedes/ Soy tu hombre”. Sin duda esa es una promesa a esa extraordinaria mujer que en cada momento lo acompañó, esa mujer que se la retribuyó de la mejor manera. Pero también es una confirmación de su compromiso con el cine. Era su hombre, era un hombre del cine.
Recuerdo bien que Roger Ebert me enterneció cuando confesó que se había enamorado de Kim Darby cuando vio por primera vez la versión de True grit (1969) de Henry Hathaway o me enfureció cuando aborreció Dead Man (1995) de Jim Jarmusch. Más allá de eso, siempre me sentí mucho más próximo de él que de muchos de los que suelo considerar amigos. Creo que esa es la gran cualidad que debe tener todo crítico que se precie, debe construir complicidades con los lectores, construir lazos de confianza, de proximidad. El lector debe tener la posibilidad de adorar o de detestar su texto, debe tener la posibilidad de coincidir o discrepar con lo que está leyendo, pero la fidelidad los debe unir. El buen crítico se gana la compañía incondicional de sus lectores. En eso Ebert era el gran maestro.
A través de los centenares de textos suyos que leí a lo largo de los años, creo que lo conocí, siento que he perdido a un amigo, a un maestro, a un cómplice, a un ser con el que estuve tantas veces de acuerdo como en desacuerdo. Perdimos a un tipo que infatigablemente tuvo la generosidad de compartir sus reflexiones, sus impresiones, sus conocimientos y sus sentimientos con los lectores. Fue un provocador, no fue un gran hermeneuta, ni revolucionó el análisis meticuloso, pero fue uno de los grandes popularizadores del comentario cinematográfico a ultranza, convirtió a la escritura sobre cine en un oficio, una pasión y una terapia. Se apropió de lo que amaba y, lo que es más importante, como Prometeo, compartió su don con todos los humanos dispuestos a recibirlo.

* Texto publicado originalmente en la Ramona el 13 de abril de 2013

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