Seven Psychopaths: El psicópata que somos todos



Andrés Laguna

In Bruges fue uno de los más encantadores estrenos de 2009. En ella, dos entrañables asesinos a sueldo (Colin Farrell y Brendan Gleeson) esperaban órdenes de su jefe en un lugar de ensueño, Brujas, la ciudad belga a la que algunos llaman la Venecia del norte. Los canales, los cisnes, las paredes de piedra, la neblina, el aire de cuento de hadas, componen el escenario menos obvio y natural para dos tipos que se ganan la vida quitándosela a otros. Pero era ideal para narrar una historia, inteligente, sensible, divertida y original. Por sus magníficos diálogos sobre trivialidades que terminan dibujando un mapa sugestivo del ser humano, por su violencia estilizada, por su reinvención del género criminal, al trabajo de Martin McDonagh, su guionista y director, fue comparado con el de Quentin Tarantino. In Bruges en 2009 fue nominada al Oscar a mejor guión original y el que escribe opina que se lo merecía mucho más que Dustin Lance Black por su libreto de la sobrevaluada Milk.
Para los cinéfilos más enciclopédicos, el nombre de Martin McDonagh no era nuevo, pues ya había ganado un Oscar por su cortometraje Six shooter (2004, que se puede ver en YouTube), además era un dramaturgo de prestigio y éxito, que se había dedicado a romper y humanizar los mitos, los arquetipos, construidos en torno a la cultura de su Irlanda natal. El estreno de su segundo largometraje era muy esperado, no sólo por las referencias del realizador, sino también porque cuenta con un elenco estelar, lleno de algunas de las caras más carismáticas de la industria, muy queridas por los cinéfilos. Aunque en su premier en el festival de Toronto y en la temporada de premios, no recibió tantos elogios como su antecesora, Seven psychopaths es uno de los estrenos más entretenidos del año. Muchos han señalado que la influencia de Tarantino se hace mucho más evidente, lo que no quiere decir que sea una copia barata, ni tampoco una copia aventajada. Hay un ejercicio más o menos similar, esa capacidad para sacarle el mayor provecho a los parlamentos, la utilización de la violencia, el juego con los géneros, las historias cruzadas y corales, la elección de un grupo de actores que son personajes en sí mismos, además de la forma de relacionarse con el mundo a través del cine y de la creación. En Seven sychopaths las líneas que dividen lo cinematográfico de la “realidad” son tremendamente difusas, la narración de historias tiene el poder de materializar lo imaginado, lo extraordinario o imposible irrumpe a la cotidianidad sin pedirle permiso, sin dar concesiones.
En esta cinta, Marty (Colin Farrell), que claramente se nos presenta como una suerte de alter ego de McDonagh (evidentemente, hasta comparten el mismo nombre), es un guionista sumido en una profunda crisis creativa, tiene el título de su próximo guión, Seven psychopaths, pero es incapaz de derrotar a ese monstruo que se ha cobrado tantas víctimas llamado: “La página en blanco”. Frustrado y entregado al alcoholismo, problema que con socarronería se atribuye a su herencia genética, Marty no puede lidiar con su mujer y sus responsabilidades. Su mejor amigo, Billy (un divertido Sam Rockwell) para darle una mano, para sacarlo de su crisis, primero comienza a contarle historias que cree que podrían servirle, tan truculentas y sangrientas, como interesantes. Ante la falta de interés de su amigo, decide poner un anuncio en el diario: “Se busca psicópatas”. Uno de los que responde es Zachariah (encarnado por el gran Tom Waits), un tipo que junto a su amada asesinaban a otros asesinos en serie, un tipo que está en busca de esa mujer que perdió por debilidad.
Marty que quería escribir un guión sobre siete sicópatas, en el que la violencia no sea glorificada, ni gratuita, sin querer, se ve envuelto con un conjunto de criminales, de seres excéntricos, de genuinos sicópatas. La realidad, o la ficción descontrolada y liberada, se apodera de su vida. Todo empeora cuando Billy le confiesa que junto a su veterano socio, Hans (el siempre magnífico Christopher Walken), se dedica a raptar perros de ricos para luego pedir millonarios rescates. Pero lo peor es que cometieron el grave error de raptar al Shih Tzu que adora un violento y peligroso capo de la mafia, Charlie (interpretado por el siempre exquisito Woody Harrelson). Desde ese momento Marty, Billy y Hans deberán intentar sobrevivir a la furia destructiva de un psicópata mayor, teniendo por único recurso la lealtad y el afecto que sienten el uno por el otro.
La película se transforma en una suerte de comedia criminal de amigos, llena de episodios absurdos, en la que se retrata el patetismo de Hollywood, de la sociedad de consumo, de la cultura del espectáculo, de la devoción por las mascotas, de la simpatía hacia los criminales. Aunque las partes de la película resulten un poco más satisfactorias y atractivas que el total, el resultado es divertido, estimulante y detona una serie de reflexiones que creo que son sugerentes y fértiles. Además, se agradecen las breves apariciones de lujo de actores como Michael Pitt, Kevin Corrigan, Gabourey Sidibe, Olga Kurylenko, Zeljko Ivanek y, en especial, de Harry Dean Stanton.
Aunque la película carece de buenos, profundos y complejos papeles femeninos, algo que el personaje de Walken señala y critica, parece ser que ellas son el motor de buena parte de las acciones que se suceden. McDonagh es un tipo cínico, con una visión desencantada del ser humano y del mundo, que parece no tomarse nada en serio o con solemnidad, pero parece creer que lo único que redime es el amor verdadero. Tanto en In Bruges, como en Seven Psychopaths, los únicos gestos que se justifican y que parecen tener una verdadera razón de peso, son los que se hacen por amor.
McDonagh tiene un ingenio muy parecido al de Tarantino, una gran facilidad para escribir diálogos inteligentes pero ligeros. Pero intuyo que está menos interesado en los artefactos cinematográficos, que en cierta exploración de las relaciones humanas y de su psicología, algo que creo que tiene poco el cine de Tarantino. Las comparaciones son odiosas y no creo que el cine de McDonagh solamente haya llegado para demostrar que se puede hacer buen cine inspirado en Pulp fiction. Hay algo más en este director irlandés y en su obra, es la clase de tipo que entre broma y broma, entre secuencia llamativa  y secuencia llamativa, destila agudas observaciones y reflexiones sobre lo que lo rodea. Muchos guionistas y directores han sentido la tentación de escribir sobre las dificultades y peripecias del proceso creativo, pensemos por ejemplo en lo que hizo Charlie Kaufman en Adaptation (2002). Tengo la impresión que en Seven psychopaths, McDonagh concluye que esos atormentadores fantasmas no son mucho más que temores burgueses, posmodernos e intrascendentes, que no son tan graves, ni intimidantes. Si de verdad cree eso, si es capaz de relativizar la importancia de su oficio, si se ríe de las dificultades que implica, sería de por sí uno de los guionista más inteligentes, libres y poco pretenciosos del panorama cinematográfico actual. En un momento en el que los incapaces dominan la industria y en el que los snobs insustanciales pueblan las “vanguardias”, se agradece otro gesto. Y mucho. 

* Una versión de este texto se publicó el 17 de marzo de 2013 en la Ramona

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