Son of Rogues Gallery: Pirate Ballads, Sea Songs & Chanteys: El sonido de las olas y las voces de los lobos marinos
Andrés Laguna
Cuando se estrenó Piratas de caribe. La maldición de la perla
negra (2003), pocos teníamos fe en una película que estaba basada en una
atracción de los parques temáticos de la factoría Disney. No sólo por eso, los
piratas desde hace mucho que no protagonizaban películas dignas, ni siquiera un
peso pesado como Roman Polanski, con su decepcionante Pirates (1986), pudo revivir a ese subgénero que alguna vez hizo
felices a incontables espectadores de diferentes generaciones. La situación era
todavía más triste, pues desde que Indiana Jones se había embarcado en su
última cruzada, el cine de aventuras agonizaba patéticamente. Pero llegó el
capitán Jack Sparrow y levamos anclas, sin temores ni reparos, volvimos a
navegar rumbo a destinos exóticos, en busca de tesoros invaluables. Aunque la
saga de los piratas estaba lejos de ser cinematográficamente impecable, esa
nunca fue una de las características del género que venía a revitalizar, tenía
un gran mérito: alentaba a ese niño que tenemos dentro a que salga a jugar. A
que blanda su espada sin filo. Hasta que el éxito comercial y las cansadas
entregas de la saga evaporaron el encanto. Las aventuras volvieron a naufragar
en el tedio, en esas aburridas mareas misteriosas. Una vez más ser un pirata o
soñar con ser un pirata da un poco de penita.
El agotamiento de Piratas del caribe tal vez está
directamente relacionado con la ya preocupante incapacidad de Johnny Depp para
escoger buenos guiones. Aunque The rum
diaries (2011) es tremendamente divertida, que su cameo en la versión
cinematográfica de 21 Jump Street es
delirante y que sus más recientes incursiones en el doblaje de películas
animadas son muy dignas, lo cierto es que está en una racha poco
enorgullecedora. Depp está lejos de ser el actor que todos creíamos que
llegaría a ser. Su persona se ha convertido en algo más relevante que su obra
artística, su amistad con rockeros y escritores más o menos transgresores, se
ha convertido en su mayor mérito. Depp ha terminando siendo el rebelde
controlado, el irreverente funcional, el chico malo más bueno, el “rarito” más
comercial y normalizado del mundo. Hace mucho que ha dejado de ser esa magnífica
combinación entre Buster Keaton y Marlon Brando –como alguna vez lo describió
Rodrigo Fresán-. Más que un pirata es un corsario, está al servicio de una
corona. Pero, como lo decía, su fama le ha permitido relacionarse con algunos
de los músicos que seguramente idealizaba cuando era un guitarrista desconocido
y con algunas de las mentes más inquietas del panorama actual. Justamente por
eso del “dime con quién andas y te diré quién eres”, no todo está perdido, pues
Depp todavía parece tener ciertas inquietudes artísticas. Lo que lo confirma es
la reciente realización del disco compilatorio Son of Rogues Gallery: Pirate Ballads, Sea Songs & Chanteys,
secuela más extensa del extraordinario disco doble de 2006 que llevaba el mismo
nombre sin el “Son of”. Lo que en
un principio no parecía ser más que una curiosidad llena de artistas de gran
prestigio y/o fama (Nick Cave, Bryan Ferry, Lou Reed, Sting, Bono y el gran
actor John C. Reilly, entre muchos otros), terminó siendo un ejercicio de
recuperación creativa extraordinario, disfrutable y tremendamente divertido.
Historias llenas de agua salada, que desbordaban sangre, sudor, lágrimas y
sexo. Mucho sexo. Se cuenta que el disco fue idea de Depp y del director de las
primeras tres Piratas, Gore
Verbinski, pero fue hechura de ese productor de lujo, que me produce
sentimientos encontrados, llamado Hal Willner (el hombre detrás de los más
sonados tributos a gente como Kurt Weill, Leonard Cohen y las producciones Disney).
Más allá del puro disfrute, el disco es un trabajo monumental de arqueología
musical, que aunque no sea del todo riguroso, rescata el espíritu, las palabras
y los sonidos, de canciones que probablemente entonaron los piratas y los
marinos de épocas en las que su oficio implicaba embarcarse en la empresa más
extrema, arriesgada e imprevisible, en la aventura total. Canciones marineras, baladas
de piratas y salomas que cantaban personas que tenían poco que perder, que no
temían jugarse la vida. Antihéroes que son muchísimo más cautivantes que
cualquier héroe convencional.
Son
of Rogues Gallery
tiene el mismo gesto de su predecesor, una intención muy similar, pero se
permite ciertas libertades, no todas son recuperaciones, muchas son “herederas”
contemporáneas, tienen más libertad en el sonido, se jugó menos prolijamente
con los géneros y se escogió con menos cuidado a los colaboradores. Es decir,
como en el disco anterior, no todas las piezas son salomas (cantos con los que
acompañaban su faena los marineros, que tiene un ritmo que marca la tarea), pero
tampoco baladas piratas, algunas no son más que canciones con motivos marinos.
Son 36 piezas y, lamentablemente, son un exceso de carga para una embarcación que
más ligera hubiese llegado a puerto más rápido y en mejores condiciones. De
todas formas, en esa gran variedad hay momentos mágicos, que transportan,
impagables para los sedientos de experiencias en altamar.
El melómano de corte clásico
que lea la lista de artistas que participan en el disco sentirá algo muy
parecido a un orgasmo espontáneo. Algunos no podrán contenerse cuando escuchen
a Tom Waits entonar una versión de “Shenandoah” casi insuperable, que es
coronada por la suave guitarra y los emotivos coros del que supuestamente
inspiró a Jack Sparrow: Keith Richards. Shilpa Ray, acompañada nada más que por
Nick Cave y Warren Ellis –los dos
monstruos de los Bad seeds y Grinderman-, se aventura a la dificilísima tarea
de reversionar “Pirate Jenny”, ese potente clásico de Kurt Weill (con letra en
alemán de Bertolt Brecht y en inglés del estimable Marc Blitzstein), que
resuelve con especial profundidad y melancolía, más que con ese tono semitenebroso
que tienen algunas de las versiones anteriores, como la casi definitiva que
hizo Nina Simone. Algunas de las canciones fundamentales son “Leaving of
Liverpool” del exThe Pogues Shane McGowan (la canción perfecta para el final de
una borrachera de despedida), “Bamboo (River Come Down)” de Beth Orton (un
íntimo y bello lamento), “Rio Grande” de Michael Stipe y Courtney Love (es
grato escuchar en gran forma al exR.E.M, aunque lo acompañe la insufrible e
inestable viuda de Cobain), “The Ol' OG” de Ed Pastorini (el de los 101
Crustaceans se manda un emotivo a capella),
“In Lure of the Tropics” del venerable Dr. John (que casi declama, con groove y
dramatismo), “Tom’s Gone to Hilo” de Gavin Friday y Shannon McNally (con ese tremendo
y sentido sonido irlandés), “The Dreadnought” de Iggy Pop & Elegant Too
(desfachatado, escatológico y encantador), “Marianne” del director y actor Tim
Robbins (que canta con más corazón, talento y dulzura que muchos que se hacen
llamar cantantes) y “Mr. Stormalong” de Ivan Neville (el de los Neville
Brothers, aporta el sonido de una de las ciudades más potentes del imaginario
pirata: Nueva Orleans). Otras piezas para coleccionista son las tres canciones que no fueron
específicamente grabadas para este proyecto “Wedding Dress/Handsome Cabin
Boy”de un Frank Zappa en modalidad jazzística, “Flandyke Shore” de la gran
Marianne Faithfull y la bella balada “The Mermaid” de Patti Smith acompañada
por Depp en la guitarra (una versión a
capella apareció antes en la banda sonora de The rum diaries).
Hasta en sus momentos menos
interesantes Son of Rogues Gallery:
Pirate Ballads, Sea Songs & Chanteys hace parte de la clase de discos
temáticos que son un viaje, una experiencia que genera imágenes y olores, que
cuenta historias, un ejercicio de recuperación de lo perdido que nos ofrece la
posibilidad de navegar a donde nos lleve el viento, a las destinos de nuestras
más antiguas fantasías. De pronto,
soñar con ser un pirata, una vez más, ya no es tan triste.

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