Fligth (2012): Estrellarse
Andrés Laguna Tapia
Flight
(2012) de
Robert Zemeckis pertenece a esa categoría de películas de amplio espectro, que
dejan satisfechos a casi todos los espectadores, se deja ver sin esfuerzo, es apta
para una tarde de domingo, para un viaje en flota o para una noche de insomnio.
No es propiamente cine, pero lo simula. Ofrecen una dosis suave de un montón de
ingredientes: drama, comedia, acción, suspenso, romance y un mensaje
reconstituyente. Muchas de las películas de su director son pilares
fundamentales de esta categoría.
Flight es la primera película de
acción real de Zemeckis desde Cast Away
(2000, Naufrago). Se pasó más de una
década dirigiendo filmes de animación, algunas más desafortunadas que otras, en
las que experimentó hasta el cansancio con esa innecesaria técnica llamada captura
de movimiento, con las que jamás logró éxito creativo y mucho menos el favor de
la crítica. La última que produjo, Mars
Needs Moms (2011, Marte necesita
mamás), fue una verdadera catástrofe comercial que lo obligó a abandonar
esa extraña obsesión por duplicar en la
pantalla a los actores, a sus expresiones y movimientos, retocándolos,
despojándolos de toda naturalidad y carisma, para ofrecernos la versión más
aburrida y poco estimulante de la animación. Su búsqueda por el “dibujito”
hiperrealista lo llevó a dirigir películas con la apariencia y calidez de un
museo de cera.
Lo que no se le puede negar a
la obra de Zemeckis hasta Cast Away, es
que influyó de manera considerable a la cultura popular. Sus obras siempre son
parodiadas en los Simpson y en Padre de familia –esos indudables
barómetros contemporáneos de lo pop-,
son veneradas por grupos de nerds y hasta los cinéfilos menos entrenados pueden
recitar parlamentos, recordar secuencias enteras y los nombres de varios de sus
personajes. Cuando era una suerte de proto-Gore Verbisnki, es decir, un
revitalizador de géneros que estaban casi muertos fue el punto más alto de su
carrera, con Romancing the Stone (1984),
Who Framed Roger Rabbit (1988) y con
la entrañable saga de Back to the Future. Pero fueron sus
colaboraciones con Tom Hanks las que realmente dejaron una marca en el gran
público. Por mucho de que nos duela a tantos, la estupidez de la famosa caja de
chocolates de Forrest Gump (1994), lo
del “Run Forrest, run” o el reclamo fetichista de Cast Away –“¡Wilson!”-, son un triste patrimonio de la humanidad.
Obviamente influido por su
auténtico padrino en la industria, Steven Spielberg, heredó su toque mágico
para seducir a las masas de espectadores, su cariño por los géneros con poco
prestigio, pero también su innegable irregularidad. Zemeckis es un sucedáneo
barato, puede satisfacer a los paladares menos exigentes, pero jamás será el
favorito de nadie, a diferencia del realizador de E.T. (1982). Junto con Chris Columbus, Zemeckis es uno de los pocos
supervivientes de esa generación que lideró John Hughes, de ese cine
estadounidense de los años ’80 que creía en el entretenimiento a ultranza, en
el cine para pasar el rato. Eso es en esencia Flight, salvo que está maquillada con tendencias y vicios del cine más
actual.
Protagonizada y sostenida por
Denzel Washington, ese actor que hace una década tenía credibilidad y podía ser
una garantía, que recibió una nominación al Oscar por este trabajo, la película
cuenta la historia de Whip Whitaker, un piloto que está metido en una espiral
autodestructiva. Se nos hace entender que alguna vez fue un profesional
exitoso, que tenía una familia feliz y que vivía el sueño americano, pero que
el alcohol, las drogas, los amoríos, los excesos, lo llevaron a una cotidianidad
decadente. Pero, como en Forrest Gump y
Cast Away, el destino y la suerte pondrán
orden, pondrán a prueba al protagonista. Después de una orgía de alcohol, cocaína
y sexo, Whitaker debe trabajar, debe volar un avión comercial. Pero las malas
condiciones climáticas y una falla técnica, producen un desastre. Gracias a la
pericia del piloto y a la fortuna sólo mueren seis pasajeros. Y Whitaker es
considerado un héroe. La cosa se pone fea para él cuando se entera de que le
harán un “control antidoping”. A partir de ahí la película se convierte en un
clásico relato sobre la lucha contra las adicciones, en un intento desesperado
por recomponer una vida.
Igual que en Forrest Gump, la película se apoya en
personajes secundarios simpáticos (entre los que destaca el siempre enorme John
Goodman haciendo del amigo/dealer, que parece su propia versión de The Dude) y en una banda sonora llena de
éxitos, de lugares comunes, de canciones que resuenan en la memoria de
cualquier espectador. Si bien las interpretaciones del reparto son buenas, que
la escena del accidente es aterrorizadora, que tiene algunas secuencias que
funcionan muy bien (en especial una en un cuarto de hotel en la que el frigo-bar
lleno de botellitas de alcohol se convierte en el dulce tormento de Whip), la
película es de una banalidad asombrosa. Como la gran mayoría de las películas
de Zemeckis está llena de moralejas más o menos enervantes, reivindica a la
posibilidad de redención, a la infalibilidad de la justicia humana y divina, e incluso
al poder del arrepentimiento. Aunque este disfrazada de drama, Flight es otra de esas melosas historias
reconfortantes, disfrazadas con artificios técnicos que embelecen al espectador
poco prevenido.
El tratamiento de temas
delicados como la muerte o el alcoholismo, así como la construcción de los
personajes, es superficial, poco creíble y, lo que es peor, poco interesante.
Le hace un muy flaco favor a la película el final aleccionador, de ofensiva
simpleza moral. Flight podría haber
sido un buen artefacto para pasar el tiempo. Pero, por una resolución de los
hechos que sigue la misma línea de Forrest
Gump y Cast Away, en lugar de un
aterrizaje suave, el filme termina estrellándose.
* Este texto fue publicado originalmente en la Ramona de Opinión, el 21 de abril de 2013

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