Octavo aniversario de la Ramona: Aparentar los años
Cada vez estoy más
convencido de que los suplementos culturales cumplen años de una forma muy parecida
a los perros. Es decir, cada año equivale a varios en la vida de un ser humano.
Envejecen rápido. Y no siempre muy bien. Después de ocho años, sospecho que la
Ramona, por lo menos, ya ha pasado los treinta. Y sabemos lo que decía Bob
Dylan, no se puede confiar en nadie que haya pasado esa edad.
Recuerdo bien que cuando
decidimos poner en marcha este proyecto, más allá de las necesidades
personales, Sergio de la Zerda y yo creíamos que en el panorama cultural
nacional y, en especial, en el local se necesitaba con urgencia de un nuevo
espacio para la difusión del quehacer creativo, a través de un medio de
comunicación masivo. Por esos días, muy poco se hacía en la crítica de cine, la
literaria estaba casi reducida a espacios académicos, la musical se limitaba a pocos
y valientes blogs, las artes visuales eran muy desatendidas y las tendencias
más populares eran ignoradas casi por completo. Es cierto, también, que lo poco
que se hacía era en su mayoría de buena calidad, pero en la multiplicidad de
los discursos está la gran riqueza y la posibilidad de atender nuevas o poco conocidas
corrientes.
Mucha agua ha corrido desde
entonces. Como me lo recordaba hace poco Javier Rodríguez, nuestras voces
criticas se formaron y curtieron, incontables colaboradores pasaron por
nuestras páginas, los éxitos y las derrotas se acumularon. Entre tanto, muchos
medios amigos desaparecieron (en especial a nivel masivo), otros tantos
nacieron auspiciosamente (principalmente, de carácter independiente) y el
Estado, al fin, creó algunos nuevos incentivos para los actores relacionados
con el quehacer artístico y cultural. Pero, después de casi una década de este
proyecto, cuando uno se detiene a ver el camino andado, entiende que
tristemente pocas carencias se han resuelto verdaderamente. La cultura sigue
siendo desatendida y es considerada una necesidad absolutamente secundaria. Todavía
no hay una verdadera política de fomento a nivel nacional y muchos menos a
nivel regional. Por otro lado, el sector privado sigue igual de comprometido,
lo que quiere decir, que hace poco o nada, el mecenazgo es algo que nos resulta
mucho más lejano que la servidumbre. Qué tristeza.
En este tiempo, he tenido el
placer de haber hecho parte de un grupo de gente que se la ha jugado por lo que
ama y por lo que cree, que si tiene un verdadero mérito es haber aprendido a explotar
nuestra naturaleza multidisciplinaria. Nuestro trabajo ha recibido
reconocimientos que hace unos años nos parecían imposibles. Entre algunos otros,
el equipo de la Ramona en 2012 recibió el Premio Nacional de Periodismo en la
categoría prensa que otorga la Asociación de Periodistas de La Paz (APLP) y en
2013 el Premio Plurinacional “Eduardo Abaroa” al mejor reportaje de periodismo
cultural para prensa escrita. Los que podrían ser motivos para congratularse. Pero,
lo cierto, es que tampoco ha cambiado nuestro quehacer diario de manera
significativa. Las condiciones y los medios con los que contamos para realizar
nuestro trabajo son igual de paupérrimos que cuando comenzamos, si es que no lo
son más. Se nos sigue recordando que es un “privilegio” contar con las ocho
páginas que componen cada número de la Ramona. Se nos quiere hacer creer que lo
que hacemos es más un hobby que un oficio. Lo que afecta directamente a la
calidad de lo que producimos, a nuestro estado de animo, a nuestro entusiasmo y,
por momentos, nos hace dudar de nuestro credo.
He crecido convencido de que
pocas actividades son tan apasionantes y gratificantes como el periodismo,
aunque nunca he sido reportero de calle. En Bolivia, por sus condiciones
económicas, por el grado de instrucción de su población y por el limitado acceso
a la información, los medios de comunicación masivos más clásicos (la
televisión, la radio y el periódico), han sido los verdaderos espacios de
gestión del pensamiento y, lo que es más importante, del imaginario nacional.
En ellos se construyen nuestros anhelos y proyecciones. Revisando las
hemerotecas podemos dilucidar los diferentes proyectos nacionales que han
marcado nuestra historia y haciendo una lectura crítica de ellos podemos
vaticinar los días que vendrán. Si le negamos esos espacios de difusión, si seguimos
dejando en segundo plano, a lo que hacen, producen, piensan y dicen, algunos de
los mejores hombres de nuestro país, nuestro destino irremediablemente será
nefasto, seguirá siendo lo que ha sido hasta ahora.
Muchos creen que las nuevas
tecnologías pueden subsanar nuestras grandes carencias. Ya quisiera que la
respuesta sea tan fácil. No podemos olvidar que Bolivia sigue siendo el país
con menor acceso a Internet del continente, que tiene uno de los servicios más
caros y deficientes de telecomunicaciones del mundo. Aunque creamos vivir en el
siglo XXI, en el tiempo de la comunicación, la mayor parte de nuestros
compatriotas está prisionera en el siglo XX o incluso en el XIX. ¿Quienes tenemos
acceso a las redes sociales en nuestro país? ¿Quiénes podemos acceder a esos
raudales de información que está contenida en el ciberespacio? Una muy pequeña
minoría, todavía en Bolivia hay una nación clandestina que no está conectada
con el mundo, que no existe para el resto de los habitantes del planeta, que cuando
mucho es una postal exótica. Los modelos de comunicación que están quedado
obsoletos en otros países, en Bolivia siguen siendo los dominantes. Lo que
quiere decir que no podemos, que no debemos, descuidar nuestro trabajo, nuestra
responsabilidad. Mientras algunos medios locales se empeñan en convertirse en
el boletín local del club de fans de Justin Bieber o se empeñan en hacernos
creer que María Juana y los Kjarkas son lo único rescatable de nuestro arte, nuestros
jóvenes descriteriados y sin guía se extravían en ese mar llamado Internet, que
aunque guarda tesoros está repleto de basura. Bajo el pretexto de vender unos
cuantos ejemplares más, escaqueamos nuestras genuinas responsabilidades. De manera
incomprensible, los medios de comunicación al renunciar a contribuir a la
formación de su público, al darle lo que pide sin plantearse preguntas éticas,
está cometiendo una suerte de lento suicidio. Pues si medios con contenidos
rígidos quieren competir con la condición efímera y dinámica de Internet, guiándose
por tendencias volubles, pronto serán herramientas tan innecesarias como
obsoletas. En lo que a los periódicos respecta, lo que deben ofrecer es
información de calidad, más profunda y rica, sin frivolidades, que no quepa en
140 caracteres. Que sirva para crear una conciencia crítica en sus lectores,
para formar criterios, para que cuando se aproximen a Google, YouTube o
Spotify, puedan hacer búsquedas fértiles. Dar herramientas para separar el grano
de la paja. Por nuestra parte, hemos optado por publicar, entre otras cosas, un
folletín, una página dedicada a la poesía, escribir sobre películas que jamás
se estrenarán en salas y que no se pasarán en canales locales, y de tendencias
musicales que jamás se escuchan en las radio regionales. A diferencia de lo que
piensan muchos de los que nos critican, no lo hacemos por snobismo, soberbia o
elitismo, sino para provocar a nuestros lectores, para animarlos a que se
nutran de cuestiones que se desmarcan de lo masivo, que se desmarcan de esa
comida chatarra que es la información que distribuyen a diestra y siniestra los
medios nacionales.
Muchas veces he escuchado
esta sentencia: “Todo es difícil en Bolivia”. A la que siempre he respondido en
silencio: “Todo es difícil en cualquier parte”. Ahí no está el problema, estoy
convencido de que hasta que no entendamos que el fomento al quehacer cultural
debe ser una prioridad, a la par de la nutrición y la salud, jamás tendremos la
posibilidad de resolver nuestras miserias. En Bolivia nos encanta festejar
empates o derrotas poco abultadas, eso nos condena a quedarnos conformes con el
estado de las cosas. No podemos permitirlo. Los medios de comunicación debemos
comenzar a asumir más responsabilidades y debemos replantearnos nuestro papel
en los tiempos que corren, debemos erradicar nuestra pereza , nuestra cobardía y
nuestra chatura intelectual.
Cuando comenzamos con la
Ramona, queríamos hacer periodismo cultural joven y fresco. Ambos adjetivos
cada vez se ajustan menos a los miembros de la redacción. Lo que nos
corresponde es hacer periodismo cultural cada vez más comprometido y riguroso,
que pretenda ser interpelante, propositivo y colaborativo. Los años y la
práctica no pueden convertir a nuestro quehacer en una rutina rancia. Tenemos
mañas, cada vez nos entusiasmamos menos fácilmente y a veces la modorra puede
con nosotros, pero seguimos creyendo en la urgencia de nuestro oficio y en la
posibilidad de reinventarnos. La práctica del periodismo cultural es fundamental,
sobre todo en este país que se vanagloria de ser multicultural y plurinacional,
pero que en los hecho sólo se interesa por la política –en el sentido más
patético del término-, por el folclore –en el sentido más patético del término-
y por el fútbol –en el sentido más patético del término-.
Hace poco menos de ocho
años, en nuestras todavía jóvenes páginas, poseído por el espíritu de Benjamin Braddock,
Santiago Espinoza le escribió una carta de amor y de despedida a la gran Anne
Bancroft, en la que nos recordaba los encantos que dan los años. Lo que se
adquiere con las experiencias de vida puede ser más seductor que una tersa piel.
A esta altura, tal vez ya no se pueda confiar en la Ramona, pero sepan que jamás
dejará de intentar seducir a los jóvenes graduados y les ofrecerá sus páginas. Mientras
exista, no dejará de ser un gesto de cariño y de fe. Mantendrá su compromiso:
no se rendirá ante las formas de pensar que son enemigas de lo imaginativo,
ante las formas de ser que han hecho de la mediocridad un estilo de vivir y de
hacer. Con nuestros achaques y equivocaciones, en la Ramona siempre hemos
intentado hacer un trabajo honesto, la mayor parte de las veces creo que lo
hemos conseguido y aunque muy probablemente no pueda mantenerse siempre joven, espero
que no deje de intentarlo.
Andrés Laguna Tapia
* Una versión de este texto e publicó el 28 de abril de 2013, en la Ramona de Opinión
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