Breaking Bad: Dr. White y Mr. Heisenberg



Andrés Laguna Tapia

¿Qué haría si lo diagnostican de un cáncer inoperable? Para empeorar el cuadro, su mujer está embarazada, su hijo adolescente tiene parálisis cerebral, está hundido en deudas y su tratamiento es excesivamente caro. Seguramente, ante la amenaza de la muerte y ante el contexto poco auspicioso, estaría dispuesto a hacer todo lo que este a su alcance para asegurar el presente y el futuro de sus seres queridos. Exactamente, en esa situación se encuentra Walter White (Bryan Cranston) en el primer capítulo de Breaking Bad, la ficción televisiva más aplaudida por el público y la crítica desde The Wire. En el comienzo de la serie, White es profesor de química de una escuela secundaría en Albuquerque, Nuevo México. Su salario es tan insuficiente que debe tener un segundo trabajo lavando autos por las tardes. Hasta que le diagnosticaron la enfermedad logró sobrevivir y proveer lo necesario para su familia, pero la vida le ha dado un nuevo revés que requiere de medidas extremas. A través de su cuñado, Hank Schrader (Dean Norris), un agente de la DEA, descubre que el tráfico de metanfetaminas es un negocio en el que se puede ganar mucho dinero, a pesar de ser ilegal y de conllevar los riesgos obvios. White, que es un químico sobre calificado para ser profesor de escuela y que alguna vez tuvo gran éxito, decide despertar sus talentos aletargados, para producir la droga que puede resolver sus problemas económicos. Pero de nada sirve tener un producto de calidad, si no se lo puede vender. Por azares de la vida se reencuentra con un exalumno suyo, Jesse Pinkman (Aaron Paul), un “cocinero” y traficante que más o menos conoce el negocio. White que es un tipo de enorme inteligencia para algunas cosas, toma la poco brillante decisión de asociarse con el disfuncional muchacho, para producir y distribuir su excelente metanfetamina. Hasta ahí, la historia es lo suficientemente interesante como para enganchar a cualquier televidente. Pero, lo que hace de Breaking Bad una pieza de ficción extraordinaria es la evolución que tendrán los personajes a lo largo de las cinco temporadas que dura la serie. En especial, como debe ser, el desarrollo de Walter White es impresionante, que pasa de ser un pobre diablo, atormentado por su mala suerte y victima de una sociedad estúpida, a ser un narcotraficante de proporciones descontroladas, manipulador, violento, temible, brillante y con una moral que sólo responde a sus intereses.
El domingo 11 de agoto se emitió el primero de los últimos ocho capítulos de Breaking Bad y la atención de todos los medios especializados se ha centrado en lo que nos deparará su epílogo. En Latinoamérica la serie se emite por AXN, que todavía no ha anunciado la fecha exacta de su estreno, pero está pasando las temporadas pasadas, lo que le permitirá al espectador no-iniciado, recuperar el tiempo perdido. Además, en la web ya se pueden ver los capítulos estrenados en Estados Unidos.
Creada por Vince Gilligan, guionista y productor de The X-Files (Los expedientes secretos X), Breaking Bad ha trazado un camino completamente nuevo para las ficciones televisivas. No sólo por su calidad, por sus magníficos guiones, por su sentido del humor negro, por su excelente elenco, por sus inolvidables personajes y por su ritmo atípico, que intercala largos tiempos casi muertos con escenas verdaderamente explosivas. Principalmente, la novedad de la serie radica en que su héroe, Walter White, termina siendo el gran villano, algo que ni siquiera llegó a ser Tony Soprano. De ser un tipo que le produce lástima al espectador, del que se compadecen todos los otros personajes, se ha convertido en un ser temido y odiado. Amamos odiarlo.
Walter White que ha sido pisoteado y humillado constantemente, cuando se inmiscuye en el negocio de la metanfetamina, de la droga que se conoce en jerga popular como crystal, adopta una nueva personalidad y un nuevo nombre: Heisenberg. Como el Keyser Söze de  The Usual Suspects (1995), este ser comienza a tener características míticas en los bajos mundos, es capaz de aniquilar a sus enemigos sin la menor piedad, es imbatible e infalible. Heisenberg nunca está en peligro. Él es el peligro. Pero es más que eso.
Bryan Cranston, el actor que encarna a Walter/White, que comenzó su carrera doblando a algunos de los monstruos de los Power Rangers y que era el papá de Malcolm in the middle, ha logrado construir un personaje que por momentos parece un verdadero psicópata, pero otros es el más normal padre de familia. Lo que lo convierte en alguien mucho más peligroso e imprevisible. Tiene razones de peso para matar y morir. Ahí está lo interesante de la serie, pues más allá de que esté repleta de momentos ingeniosos y sorpresivos, lo central gira en torno a la moral de los personajes, del ser humano. En principio, White se transforma en un monstruo por amor y necesidad, para proteger a su familia. Pero, cuando se devela que lo que lo mueve, que lo que lo hace actuar también es su ego, su necesidad de tener poder, de reivindicarse como ser humano humillado, es cuando nos damos cuanta que sus crímenes “altruistas”, también son estallidos de megalomanía y codicia. Normalmente, cuando un personaje querido muere en una serie, es una herida que la puede conducir a la muerte. En Breaking Bad decenas de personajes queridos han sido aniquilados de las maneras más coloridas que uno pueda imaginar. Si eso no ha matado a la serie es por el poder que tiene el personaje de Walter White. Es un ser que no está más allá del bien y del mal. Es un tipo que a través del mal quiere hacer el bien, lo que es una imposibilidad ética y lógica.
Si The Wire fue una suerte de gran novela rusa, Breaking Bad está muy cerca de la prosa shakesperiana, en la que el hundimiento ético de un personaje es una gran metáfora de los caminos que puede tener el alma humana, de sus complejidades y de sus posibilidades. Ambas son reflexiones morales, exploraciones de la sociedad contemporánea y de los territorios internos de los humanos. Ante el desamparo social y la desesperación, el profesor Walter White, en principio un ciudadano modelo, se convierte en Heisenberg, el todo poderoso y sanguinario rey del crystal. Cuando su vida se está desintegrando, al convertirse en un criminal, en un ser despiadado y cada vez más deshumanizado, encuentra cierta fortaleza y fuerza vital. La gran contra cara de Heisenberg es su socio, Jesse Pinkman, un joven disfuncional de buen corazón, manipulable y capaz de delinquir, pero poseedor de una conciencia que lo atormenta. A primera vista, para el espectador, White/Heisenberg termina siendo la personificación del mal porque todo lo que hace es premeditado y no le causa la menos pena o vergüenza. En cambio, Pinkman, a pesar de ser un lumpen y de haber cometido crímenes similares a los de su socio, es absuelto ante los ojos del espectador porque no suele hacer las cosas de manera intencional, porque se arrepiente y porque sus actos lo acosan. Jesse Pinkman ante los ojos del Dios judeocristiano puede ser perdonado. White/Heisenberg, que justifica cada uno de sus actos a partir de un gélido pensamiento, está condenado a arder por la eternidad en las llamas del infierno.
En principio, los temas morales no son lo más entretenido del mundo. Ahí está la otra gran fortaleza de la serie, Breaking Bad tiene algunas de las secuencias de acción más originales y divertidas jamás vistas en la televisión y, además, tiene innumerables momentos hilarantes. Es oscura y abre la posibilidad a la reflexión, pero antetodo es entretenimiento de alta calidad, con humor, acción y tensión.
Aunque se nos este vendiendo eso de que estamos viviendo la edad dorada de la televisión, y que nos lo creamos, lo cierto es que son poquísimas las series que merecen el rótulo de obra maestra. Breaking Bad es una de ellas.

* Originalmente publicado en la Ramonael 18 de agosto de 2013

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