The Wolverine: Fiera herida



Andrés Laguna Tapia

Se sabe que las dos películas dirigidas por Bryan Singer sobre los X-Men abrieron el camino a The Avengers y a los campeones de la DC Comics, Batman y Superman, entre tantos otros personajes de menor éxito. Es paradójico que justamente la saga responsable del boom del cine de súper héroes sea una de las más irregulares. Aunque muchos no lo recuerden y vean en este tipo de películas una fuente inagotable de éxitos económicos para la industria del cine hollywoodense, hubo un tiempo en el que el cine basado en cómics cuando menos causaban reparos en los ejecutivos todo poderosos de las majors.
Como seguidor de las aventuras del Profesor X y sus pupilos, reconozco que ninguna de las adaptaciones cinematográficas es realmente buena, aunque a la distancia las mencionadas cintas de Singer sean bastante pasables y que X-Men: First Class (2011) de Matthew Vaughn me parece divertidísima. En el cine no se ha logrado transmitir la complejidad de los personajes, la intensidad de las tramas y la diversión que tenían las aventuras de ese grupo de excluidos. Las razones son muchas, tal vez la más importante es que a diferencia de lo que pasa con los cómics más memorables de los X-Men, las películas no fueron encargadas a artistas visionarios, ni tampoco a ingenieros cinematográficos habilidosos, salvo tal vez por el caso de Singer y Vaughn, que tienen las credenciales para hacer cine entretenido, pero sin mayores pretensiones.
Aunque la trilogía de Batman de Christopher Nolan haya terminado siendo medio filofascista y reaccionaria, que su última entrega The Dark Knight Rises haya sido francamente decepcionante, se beneficio de la gran posibilidad de tener una unidad de discurso, de una misma visión del personaje y de la mitología. Es la única saga de superhéroes verdadera, que aunque es muy sobrevalorada, es entretenida y mínimamente coherente. Esa es una ventaja que jamás tuvo X-Men y, por eso, en conjunto, el relato fílmico es bastante mediocre, aunque se espera que mejore con el estreno, el próximo año, de X-Men: Days of Future Past, nuevamente bajo la dirección de Singer, que cuenta con un impresionante elenco y con uno de los materiales de base más aplaudidos por los fanáticos del cómic –la homónima saga de viaje temporal-.
Hasta entonces, debemos conformarnos con The Wolverine (2013) de James Mangold. Para dejarlo claro, se debe decir que esta entrega es muchísimo mejor que X-Men Origins: Wolverine (2009), esa esperpéntica película que amenazó con fundir a la saga y a su personaje más querido. Aunque también se debe reconocer que tampoco cumple con las expectativas originales. Se decía que estaría basada en la primera serie de cómics en las que Logan fue el protagonista principal, Wolverine, publicada a principios de los ’80 y firmada por Frank Miller, en la que el personaje del título se embarca en una serie de aventuras en Japón. La dirección de la película debería estar a cargo de Darren Aronofsky, un cineasta con pretensiones de autor, muy poco fino y profundo, pero con las herramientas necesarias como para hacer un producto de calidad similar a los de Nolan. Al final terminó dirigiendo Mangold, director de películas bastante regulares como Girl, Interrupted (1999), Walk the Line (2005) y de ese descafeinado remake de 3:10 to Yuma (2007). Y, lo que es peor, Wolverine de Miller, terminó siendo una vaga inspiración para un guión con más músculo que cerebro.
La mayor parte de The Wolverine  está ambienta temporalmente después de los eventos de la trilogía original, después de la horrenda X-Men: The Last Stand (2006). Es decir, los X-Men están desbandados y Wolverine está autoexiliado en alguna montaña helada, purgando sus penas, llorando la muerte de su amada Jean Grey (Famke Janssen), viviendo y vistiendo como buen ermitaño. Hasta que un fantasma de su pasado lo busca. En el prólogo de la cinta nos enteramos que cuando Logan peleó en la Segunda Guerra Mundial le salvó la vida a un soldado japonés. Ese hombre, llamado Yashida (Haruhiko Yamanouchi) con los años se convirtió en un multimillonario, dueño de un imperio tecnológico, que está agonizando y quiere despedirse de su buen amigo. Manda a su guarda espaldas personal, Yukio (Rila Fukushima), a que busque al mutante de las garras de adamantium. Logan acepta acompañarla. Cuando llegan a Japón, Yashida le confiesa que quiere hacerle un regalo, le ofrece hacerlo mortal, despojarlo de su larga y dolorosa condena. A cambio, Yashida quiere quedarse con el don envenenado de Wolverine. En medio, conoce a la nieta de Yashida, Mariko (Tao Okamoto) y despierta un previsible interés amoroso. Las cosas se ponen feas cuando se revela que la doctora que atendía a su amigo es la villana Viper (Svetlana Khodchenkova) y que los Yakuzas quieren asesinar a Mariko. Para complicarlo todo, Logan descubre que su poder regenerativo le ha sido despojado, es un mortal como cualquier otro, salvo por la garras y por su extraordinaria habilidad para las luchas cuerpo a cuerpo. Además, la inestable cabecita de Wolverine le sigue jugando malas pasadas, no para de tener alucinaciones protagonizadas por Jean Grey.
En papeles, es bastante triste que el gran mérito de The Wolverine sea su falta de pretensiones. A diferencia de su antecesora o de cintas como Man of Steel, lo único que busca es contar una historia muy simple, algo trillada, y tener buenas escenas de acción. Aunque los diálogos son bastantes vergonzantes, uno pasa un buen rato viendo a un Wolverine, más frágil y vulnerable, lidiar con hordas de ninjas, con yakuzas y con algunos personajes clásicos de los cómics. Pero aunque en la cinta se repita una y otra vez que Logan es un Ronin –un samurai sin amo-, no se logra mostrar el aspecto más interesante de las aventuras del personaje en Japón, esa contradicción entre su animalidad descontrolada y un medio honorable y reglamentado, entre el ser casi pre-cultural  y la cultura milenaria. Además de cerebro, a la cinta le falta alma, intensidad emocional.
Hugh Jackman es un buen actor, tiene gracia y carisma, es elegante, guapo y talentoso. Pero cada vez estoy más convencido de que es mejor anfitrión de los Oscar que Wolverine. Más allá de su parecido físico con el personaje, hay una sola secuencia protagonizada por él absolutamente lograda en toda la saga de X-Men: en la primera película de Brian Singer, cuando pelea en la jaula por dinero. Ese es el único momento que tiene la ferocidad, la animalidad y la furia irracional que caracteriza al personaje. Wolverine es puro nervio e intensidad y jamás fue retratado así en las películas. No creo que la culpa sea de Jackman, es de unos guiones que no entienden al personaje y de directores que no se interesan en remediarlo.
El encanto de Wolverine está en su bestialidad, en que es un ser instintivo y básico. Pero, además, tiene otra característica que aunque ha sido muy tratada en las películas, nunca se lo ha hecho con la propiedad que merece. Es un tipo que tiene un pasado borroso, que casi no tiene recuerdos a largo término, los pocos que guarda son espectros, fantasmas que lo atormentan. En una carta que Sigmund Freud le escribió a Fliess, afirmaba: “Para decirlo crudamente, la memoria huele exactamente mal como huele mal un objeto material. De la misma manera que desviamos con disgusto nuestro órgano sensorial (la cabeza y la nariz) ante los objetos mal olientes, igualmente el pre-consciente y nuestra consciencia se desvían de la memoria. A esto se llama represión. ¿Qué resulta de la represión normal? Algo que, libre, conduce a la angustia; si se halla ligada psíquicamente, al rechazo, es decir, que provee la base afectiva para una multitud de procesos intelectuales tales como la moral, el pudor, etc”.  La memoria fragmentaria, los oscuros recuerdos inconexos de Logan, lo convierten en un tipo que siempre está furioso, pero que tiene ciertos códigos de honor. Está angustiado, confundido, pero siempre intenta hacer lo correcto. Es una fiera herida, pero que alguna vez fue civilizada. Su factor regenerador, que lo cura espontáneamente, hace que olvide los recuerdos que le hacen daño. Se debate entre sus instintos y su proceso de civilización. Como tantos personajes de ficción, Wolverine es una gran metáfora del ser humano. Para entender eso, se lo debe leer con pasión, seriedad y goce. Intuyó que los cineastas que llevaron al cine sus aventuras no lo hicieron. Aunque su mitología frecuentemente es infantil, es fecunda y vital, y se la está dilapidando tristemente. A pesar de ello, The Wolverine no es enervante, se puede disfrutar.
Pero si toca elegir, lo que recomiendo es ir a ver El olor de tu ausencia de Eddy Vásquez.


* Este texto se publicó originalemente en la Ramona, el 11 de agosto de 2013

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