La vie d'Adèle (2013): Pieles que se funden
La ganadora de la Palma de
Oro en el Festival de Cannes 2013, concedida de manera excepcional al
realizador –Abdellatif Kechiche- y a las dos actrices principales –Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux, ha sido aplaudida por gran parte de la crítica y
el público, pero también ha sido ensombrecida por un puñado de polémicas. Muy libremente
basada en la novela gráfica Le bleu est
une couleur chaude (El azul es un
color cálido) de Julie Maroh, la cinta de Kechiche ha escandalizado
especialmente por incluir escenas explícitas y más o menos extensas de sexo
entre dos mujeres. Se le ha reprochado que se aproxima de manera más o menos libidinosa
al material en el que se basa –la mencionada obra de Maroh-, que coquetea con lo
pornográfico, que hay una explotación de lo sensual, que el trabajo del
director rozó el abuso a su equipo y a sus protagonistas. Una vez más se
confirma que en el arte comprometido y extremo, en el arte que busca los
límites, la línea que separa lo ético de lo no-ético es excesivamente fina y
delicada. ¿En qué momento una obra deja de ser una exposición y comienza a ser
una exhibición? ¿En qué momento deja de ser una observación para ser un
fisgoneo? ¿En que momento deja de ser un trabajo riguroso-exigente-colaborativo
y se convierte en mera manipulación-explotación? ¿Hasta que punto se justifica
la invasión de la privacidad –tanto de los miembros del equipo técnico y artístico,
así como de los personajes-?
Lo que
parece incontestable es que La vie d'Adèle es
una suerte de irrupción impúdica en la intimidad de la mujer del título y de su
amante. La
utilización constante de primeros planos, la obvia proximidad entre la piel y
el lente de la cámara, hace que el espectador se sienta como un infiltrado,
como un intruso, como un voyeur. Sensación
que no es novedosa en el cine. Lo interesante está en que en este proceso que,
en un principio resulta francamente incómodo –ah, la intimidad jamás es fácil y
gratuita-, el publico termina identificándose, al menos simpatizando, con las
protagonistas. La película se transforma en una verdadera experiencia íntima. La
vida de Adèle termina siendo la vida del sujeto que la experimenta desde la
butaca. Kechiche logra que el espectador se apropie de la historia que le están
narrando.
De
manera más o menos esquemática, la obra puede dividirse en tres actos. En el primero
Adèle (Exarchopoulos),
una joven francesa que durante el tiempo de los descubrimientos, la
adolescencia, gracias a su casi insaciable apetito por un tipo específico de
literatura y por la comida, mal vive la cotidianidad, el colegio, la familia, las
amistades banales y la constante sensación de estar insatisfecha, incompleta. En el
segundo acto, casi por azar, como por mandato del destino, encuentra al ser amado y anhelado,
Emma (Léa Seydoux), una seductora chica con el pelo azul. Todo parece
ordenarse, todo parece encontrar un sentido. Y ambas se entregan sin reparos. El
tercer acto está dedicado al declive de la relación, víctima de los errores que
se cometen cuando la rutina contamina la vida.
Una de las materias primas principales
de este filme es la epidermis de las actrices, que hacen un trabajo verdaderamente
apabullante. Ésa es la superficie que recorremos cuando acompañamos y/o seguimos
a Adèle en su búsqueda de identidad, de un espacio cálido, en el que se sienta
amada y en el que pueda amar sin reparos. Como ya lo apunté, en uno de sus
primeros encuentros con Emma, ella misma reconoce le encanta comer de todo, en
especial, disfruta del espagueti a la boloñesa de su padre (que se convertirá
en parte de su herencia). También necesita de barras de chocolate que esconde
debajo de la cama para devorarlas cuando está triste, entre lágrimas, masticando
con la boca abierta, espera que su dulzura disipe su dolor y su confusión. En
la primera parte de la cinta, le gusta todo menos los mariscos. Hasta que Emma,
en una cena en la casa de sus padres, hace que pruebe ostras frescas que su
padrastro ha preparado. Guiada por su amada, Adèle abre sus horizontes, prueba
nuevos sabores, sus gustos se sofistican, algunas barreras se derrumban. Creo
que esa es una muestra importante del camino que sigue la película, el
encuentro entre dos seres que se aman, que se hacen descubrir nuevas
sensaciones es lo que le interesa a Kechiche. Lo que no quiere decir que todo
sea sencillo y agradable.
Hay una importante elipsis
en la cinta, después del comienzo de su relación se salta a cuando se van a
vivir juntas y la relación ya ha madurado. Emma ya no tiene el cabello teñido
de azul, Adèle ya terminó sus estudios y trabaja como profesora de jardín de
infantes. Emma es pintora y vive con su musa. Adèle es una mujer práctica que
no se siente del todo cómoda en los círculos que frecuenta su pareja, grupos en
los que abundan conversaciones sobre Sartre, Egon Schiele y Gustav Klimt.
bastante banales y poco interesantes, que parecen ser una pose o una impostura.
Con pequeños detalles, entendemos que Adèle se ha alejado de su vida pasada, de
sus amigos del colegio y hasta de su familia, ahora se concentra en el trabajo
y en Emma. Pero la cotidianidad termina alejándolas. La incompatibilidad de sus
día a día hace que tomen decisiones que les cobrarán un precio demasiado alto.
Aunque Emma ya no tiene ese pelo azul que marcó a su amante, durante el resto
de la película, en algunos momentos importantes, Adèle viste una prenda de ese
color, como añorando otro tiempo, como intentando convocar, a ese color que
para ellas es cálido, a ese sentimiento cálido, a esos tiempos de
enamoramiento, sin mayores complicaciones. De pronto el azul es el color de la
nostalgia, de lo que se ha perdido y se busca.
Llama la atención que esta
película haya escandalizado tanto a la sociedad francesa, que ha resultado ser
sorprendentemente conservadora –basta recordar la furiosa oposición al matrimonio homosexual de algunos sectores-, pues La vie d'Adèle no es más que la narración de una intensa historia
de amor, sin grandes trucos, ni clichés. Lo que no es poca cosa. Esta es una
obra que propone al amor como la experiencia vital por excelencia: amar es
vivir. Con todo lo que eso implica, con alegría, entrega y descubrimientos,
pero también con renuncias, frustraciones y sufrimiento. Aparentemente, el amor
está compuesto de impulsos contradictorios, está lleno de generosidad pero
también de egoísmo. Esa es la tensión a la que se someten las amantes. Este
prodigioso retrato naturalista de la vida y el amor, por momentos es incómodo,
pero jamás deja de ser estimulante y conmovedor.

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