The Secret Life of Walter Mitty (2013): ¡Corre, Walter, Corre!
Ah, los 90’ esa década tan
vilipendiada hoy día. Sus íconos son ridiculizados, su música es despreciada,
sus expresiones culturales son consideradas totalmente anti-cool. Supongo que en algún momento le pasará lo mismo que a
los ’80 y será revalorizada. Lo espero, porque buena parte de mi imaginario y
de mis gustos se forjaron en esos años. Mientras tanto, vemos a las dos
estrellas supremas del humor noventoso seguir caminos dispares, Adam Sandler
sumido en la decadencia total y Ben Stiller empeñado en demostrar que es algo más
que el protagonista de comedias pipoqueras. Con el permiso de Jim Carrey y tal
vez de Mike Myers, estos dos actores determinaron las formas que dominaron al
cine más comercial en clave de humor. Debo reconocer que hasta hace relativamente
poco, hasta Just Go with It (2011), Jack and Jill (2011) y That's My Boy (2012), pertenecía al
equipo Sandler. Guardaba la esperanza de que algún día volvería a esa comedia
bestia, física, desenfadada y fresca de películas como Billy Madison (1995) y Happy Gilmore (1996) o que se arriesgaría en algún proyecto más interesante como
la maravillosa Punch-Drunk Love (2002),
en la que el Sandler más elemental, más esencial, se prestaba a hacer cine en
mayúsculas. Bah, pero parece estar muy contento haciendo películas para gente con
el cerebro frito, regodeándose en su propia miseria artística.
Ben Stiller es distinto a
Sandle. O por lo menos ha intentado serlo. Su humor pretendió y pretende ser más
inteligente, sin conseguirlo siempre. Además, desde el comienzo de su carrera
le interesó dirigir, escribir sus propios guiones y encarnar personajes con una
supuesta complejidad. Justamente, por eso su obra me despertó reparos, me
parecía algo impostor, algo “posero” (ay, la jerga de los 90’s…), me daba la
impresión de que vendía gato por liebre. Pues, en el fondo, su comedia es igual
de básica que la de Sandler, solamente que más contenida y envuelta en
discursos bonachones que pueden seducir al público menos exigente. Siempre
gusta que el perdedor termine siendo
el ganador que se quede con la chica.
La chatura de Stiller se
hace verdaderamente evidente en sus proyectos más serios. De muestra basta su
empalagoso primer largometraje como director, Reality bites (1994). La que pretendía ser una película
generacional (para los de VH1 lo es), la gran historia de amor de la generación
X, no era más que un conglomerado de clichés, que tenía una banda sonora no
intencionalmente paródica (desde el “Baby, I love your way” de Big Mountain al
“Stay (I missed you)” de Lisa Loeb, se puede hacer un mapa de todo lo que
estaba mal en el rock-pop de los ’90) y que giraba en torno a un triángulo
amoroso compuesto por algunos de los arquetipos más obvios de la década, la desaliñada
artista en busca de sí misma (Winona Ryder), el músico atormentadito con el
cabello sucio (Ethan Hawke) y el post-yuppie ejecutivo (Stiller) de un canal de
música que con poca elegancia recordaba al MTV de la época. Reality bites está lejos de ser un
retrato genuino de la generación X, es una simplificación casi absurda, una
prolongación del modelo que compró y reconstruyó la industria en torno a la
explosión del grunge y el rock
alternativo, banalizado, vaciado de sentido, sustentado en esa rebeldía de
centro comercial.
Pero, después de más de 20
años de una carrera exitosísima en la taquilla, con todas sus limitaciones, Ben
Stiller resultó ser un cómico eficiente, populachero y artificioso, pero con
cierto rango actoral (ahí está su trabajo de 2010 en Greenberg) y un buen parodiador. Justamente, los puntos más altos
de su carrera giran en torno a esta última faceta, a su mirada crítica y
burlona del mundo de la moda en Zoolander (2001) y de la industria hollywoodense en Tropic Thunder (2008). Pero tampoco la cosa es para tirar cohetes,
estas dos películas han sido muy sobrevaloradas, no son más que un conjunto de
sketches y de gags divertidos, pero tremendamente fáciles y poco innovadores. Pues
aunque se lo haga de manera dinámica y con gracia, no hay nada de extraordinario
en retratar a los modelos de pasarela como seres frívolos, ni a Hollywood como
una industria fatua. Stiller es el cómico del pueblo, que tiene el tino de no rebasar
con frecuencia la barrera del mal gusto. Ahí radica su talento.
Su último esfuerzo como
realizador The Secret Life of Walter Mitty no hace más que confirmar que Stiller, no da para mucho más que para
hacer parodias más o menos simplistas, pues cuando intenta ser más ambicioso
los resultados son algo vergonzantes. Esta es una adaptación de un breve cuento
de James Thurber, que ya fue llevado al cine en 1947 en una entretenida pero poco trascendente película de Norman Z. McLeod. La versión de Stiller es más pretenciosa
y echa mano de una serie de efectos visuales que se supone deben impresionar a
los grandes públicos. En su crítica para Empire, a modo de elogio, Olly
Richards, aseguró que esta es la nueva Forrest Gump (1994). Estoy muy de acuerdo en que las cintas tienen muchos puntos en
común. Pero estoy lejos de creer que eso es un elogio. Además, The Secret Life of Walter Mitty está
menos lograda que la película Robert Zemeckis y tiene la objetiva desventaja de
haberse estrenado casi dos décadas después. Es decir, sabe a caducado.
La historia es simple y
obvia, el personaje del título encarnado por Stiller, es el típico ser anónimo
que sueña despierto, es un tipo que hace su trabajo lo mejor que puede, que no
molesta a nadie, pero tampoco nadie se molesta en prestarle atención. Está
enamorado de la chica nueva de su trabajo, la típica bonita-pero-accesible,
interpretada por la gran Kristen Wiig, que es de muy lejos lo mejor de la
cinta. Básicamente, para ganarse su amor, Walter tendrá que romper su rutina,
hacer realidad sus sueños, sus anhelos y lanzarse en una aventura. El tipo
temeroso, incapaz de hacer lo que desea, impulsado por la imagen de la mujer
amada se convertirá en un hombre intrépido y valiente a la caza de un misterio.
Walter trabaja para la revista Life, es el encargado de manipular los negativos
de las fotos. La cinta está ambientada en el momento en el que la célebre
revista cerró su edición en papel y se pasó por completo al digital. Mitty debe
encontrar el negativo desaparecido de la foto pensada para la tapa del último
número, tomada por el fotógrafo estrella de la revista. Para hacerlo, se
embarcará en busca de este personaje místico/misterioso, que encarna todo lo
que él quisiera ser, interpretado por Sean Penn, que más o menos hace de sí
mismo, de un tipo que cree tener una enorme sabiduría, que está convencido de que
va a salvar al mundo. Walter recorrerá lugares exóticos, se pondrá a prueba y,
como es de rigor, después de darse cuenta de que la respuesta a sus problemas
estaba más cerca de lo que creía, le saldrá todo a pedir de boca.
La cinta está llena de
paisajes de postal, de diálogos de tarjeta de felicitación y de secuencias
fantásticas, tiene por gran objetivo hacer sentir bien al espectador. Es como
una gran publicidad de Master Card, el señor Stiller parece querer decirnos: el
mundo y tus sueños están a tu alcance. Es algo así como la versión
cinematográfica del slogan de Nike –Just do it- o del poema de Mario Benedetti
“No te salves”. Seguramente, hay mucha gente que se motiva con ese tipo de
mensajes. Personalmente, tengo la impresión que The Secret Life of Walter Mitty intenta vender algo que no se puede
comprar. Es una lectura pueril de la realización personal y de la felicidad.

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