Todos los caminos conducen a Bruselas
Escribí esta nota hace un par de años, en febrero del 2007, se publicó en la Ramona de Opinión. Es un homenaje a dos de las personas que creo que le hacen más falta a este mundo, Osvaldo Soriano e Yves Froment, dos maestros.


Andrés Laguna
UNO Por estos días se recuerda la muerte de Osvaldo Soriano. Diez años sin la presencia física de uno de los escritores más brillantes, criticados, envidiados, admirados y adorados de la literatura argentina. Página 12, el excelente diario porteño que Soriano ayudó a fundar, le hizo un hermoso homenaje en su fundamental suplemento cultura Radar. Firmas importantísimas (Osvaldo Bayer, Rodrigo Fresán, Eduardo Febbro, Guillermo Saccomanno, Mempo Giardinelli, Eduardo Galeano, Ariel Dorfman y Juan Forn, entre otros) recuerdan con emoción al Gordo más querido de las letras del Río de la Plata. La Ramona no podía, ni quería, quedar indiferente ante un autor que fue el más leído de su tiempo y que dividió las aguas de la literatura argentina.
Pero para mí, como para algunos amigos, me es imposible pensar en Soriano sin pensar también en Yves Froment. Las coincidencias son muchas. Yves fue un belga maravilloso que, influenciado por sus lecturas de las aventuras de Tin Tin (esa historieta formidable, obra del maestro Hergé), decidió vivir gran parte de su vida en Cochabamba y en Bahía. Un experto en cine, literatura, semiótica, fue un poeta extraordinario y un profesor fundamental para la vida de sus estudiantes. Yves Froment fue amigo y/o maestro de figuras importantes de la cultura de nuestro país, la lista podría ser larguísima así que solo apuntare algunos nombres que se me vienen rápidamente a la cabeza: Eduardo Mitre, Cachín Antezana, Fernando Rodríguez Cassas, Leonardo García Pabón, Gustavo y César Soto.
Pienso en el nombre del Gordo Soriano unido inevitablemente al de Yves por algunas razones concretas, ambos fueron buenos amigos, ambos amaron al fúbol, al cine y a la literatura con pasión, ambos fueron seres iniciáticos para quienes los conocieron, ambos vivieron en Bruselas y ambos murieron en fechas cercanas. De la muerte de Soriano se conocen los detalles y la fecha exacta. En cambio de la de Yves no se sabe mucho, lo que sabemos es que se encontró su cuerpo después de días de haber muerto en su departamento de Ixelles en Bruselas. Recuerdo la última vez que lo vi, unas semanas antes de que encontraran su cadaver, yo bajaba de un bus en La Bourse y él subía. Tuvimos tiempo para charlar un poco. Cuando las puertas de la movilidad se cerraban sacó la cabeza y me dijo sonriendo: “Acabo de ver una película con Linda Darnell”, la actriz que más le gustaba por esa época. Le devolví la sonrisa, sin esperar que la próxima vez que estaríamos cerca físicamente sería en el cementerio de Ixelles, un lugar en el que están enterrados muchos de los hombres que lucharon y murieron en la Segunda Guerra Mundial.
Cuando les comuniqué la noticia a los amigos en Bolivia, fue terrible, creo que todos creíamos que Yves era eterno. Recuerdo que César “el Canario” Soto me escribió en un mail que decía algo así: “Es una pena, murió como un personaje de Soriano, su amigo” . Quizá sea cierto, murió triste, solitario y final.
DOS No creo que me alcance el espacio para escribir todo lo que quisiera pero haré un intento.
Soriano era un escritor formidable con una inteligencia, una sensibilidad, una ternura y un poder que no tienen igual, compone desde mi perspectiva el Olimpo de la narrativa argentina junto a Roberto Arlt, Ernesto Sabato, Ricardo Piglia, Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Alan Pauls, Rodrigo Fresán y Manuel Puig. La lista de sus obras es impresionante y todos sus títulos son hermosos, apunto algunos de los que más me gustán: No habrá más penas ni olvido, Cuarteles de invierno, Memorias del Míster Peregrino Fernández, El ojo de la patria, Una sombra ya pronto serás, A sus plantas rendido un león y, claro, Triste solitario y final.
El Gordo era un escritor con una marca personal muy fuerte, algunos de los elementos de su literatura son muy recurrentes, pienso en los gatos, en los boxeadores, en los perdedores de primera, en lo urbano, en lo porteño, che. Su escritura no era de ninguna manera académica, por eso fue violentamente atacado, más bien estaba nutrida por el fútbol, el cine, la política y de las aventuras del Gordo y el Flaco. Fue un escritor del pueblo, escribía como argentino, con el lenguaje que se hablaba en las calles. Escribía con lo necesario para llegar a todos, con simplicidad, pero sin hacer concesiones literarias. Tenía la cualidad particular de hacer visible lo que nadie quería ver en un país que pretendía ser como París, las obras de Soriano son la más alucinante, cínica y voraz radiografía del presente en el que vivió.
Soriano era un autodidacta (como Arlt) que a penas había terminado la primaria, que de niño jugaba en las ligas menores de Tandil, que no leía mucho hasta bien entrada la adolescencia, un fanático acabado de San Lorenzo, un tipo que cuando descubrío tarde a su amados Flaubert, Quiroga, Maupassant, Bioy, Lovecraft, Hemingway, Onetti, Roa Bastos, García Márquez, Rulfo, Simenon y, sobre todo, a Chandler los leía llorando. Fue exiliado en Bruselas y en París, durante la última dictadura en la Argentina. Era un hombre peligroso, era un hombre que escribía y su pluma estaba al servicio de los más débiles. Durante sus días fuera de la Argentina vivió pobre y pasó frío, sufrió los más duros y los infaltables elementos del exilio europeo. Gracias a todas esas características, Osvaldo podía construir personajes sinceros que dicen y actuan con la mayor coerencia, personajes excluidos que hablan y sienten como tales. El Gordo no sólo nos enseñó que se puede hacer gran literatura para todo tipo de lector, sino también que se la puede hacer a partir de cualquier cosa y, sobre todo, que uno se puede convertir en un gran lector a cualquier edad.
Algo que me parece curioso es que Soriano compartía una cualidad formidable con el gran director de cine Federico Fellini, ambos tenían una sofisticación súper urbana característica de seres que no son de la ciudad, de seres provincianos urbanizados. Creo que eso es algo que los hace mejores observadores y al mismo tiempo les proporciona una ternura, una pureza enorme.
Creo que Soriano, junto al enorme Manuel Puig, es uno de los poquísimos grandes escritores argentinos que casi nunca escribió cuentos rigurosos (salvo, tal vez, ese maravilloso volúmen que se llama Cuentos de los años felices, que muchos clasifican como crónicas o relatos cortos, pero no como cuentos estrictamente hablando). Hecho extraño, si consideramos que la Argentina es un país hacerdor de cuentistas y que incluso su historia viene en formato de cuento, como diría Fresán. Pero si consideramos que lo que diferencia realmente al cuento de la novela, además de la extensión, es que uno se ocupa de un tema argumental específico y que la otra de muchos más. En ese sentido varios de los libros del Gordo, como los de Puig, pueden ser leídos como un conjunto de cuentos maravillosos, pienso puntualmente en Cuarteles de Invierno. Por otro lado, su obra periodística es tan rica y bella, es tan literaria que muchas de sus crónicas podrían ser leídas como cuentos. Aclaro que los apuntes que vengo de hacer no son para nada académicos, son más bien apreciaciones caprichosas, libres y lúdicas. De todas formas creo que Soriano fue, nuevamente junto a Puig, el mayor cuentista argentino que casi nunca escribió y/o publicó un cuento.
Eduardo Febbro anotaba en su nota sobre Soriano para Página algo que me parece puede resumir lo que intento decir: “Era un cronista metafísico de sus movimientos profundos y la contaba desde la superficie de sus protagonistas, héroes comunes, borrachos geniales, boxeadores pensantes y nobles, vagabundos filosóficos, ladrones matemáticos o actores fracasados, policías corruptos pero con algún rasgo de orgullo, futbolistas imposibles, adivinas enamoradas, solitarios, perdidos y reencontrados, peronistas de alma y peronistas traicionados. Todos bajo el mismo sol, todos distintos y uno mismo, nosotros”
Rodrigo Fresán anotaba en alguna nota que no hay mejor homenaje para un escritor que seguir leyéndolo. Eso es lo que hay que hacer con el Gordo, seguir leyéndolo. Si no se tiene un libro de él, siempre quedan las bibliotecas, los amigos generosos y la internet. Los libros de Soriano son difíciles de encontrar hasta en la Argentina, muchos no se han vuelto a imprimir en años. En Bolivia, como es de rigor, es virtualmente imposible acceder a la mayor parte de sus obras. Tal vez sea por eso mismo que leerlo siempre significa un doble placer.
TRES Sigo pensando en Yves y en Soriano. Pienso en coincidencias más o menos naturales, más o menos personales. Soriano vivió sus primeros años en Europa sólo con una máquina de escribir, Yves pasó sus últimos años igual que él, tecleando y llorando.
Soriano escribía de noche, siempre. Soriano vivía de noche. Yves también lo hacía, cuando volvió, forzado, a Bruselas decidió no acostumbrarse al horario belga, se quedó con la hora boliviana, se quedaba despierto cuando Cochabamba estaba en pie. Yves decidió vivir los días bolivianos, por lo tanto las noches de Bruselas.
La muerte de Soriano fue prematura, es cierto. La de Yves también lo fue. Creo que la muerte de los fundamentales, de los grandes, de los más queridos siempre es prematura, siempre nos deja huérfanos.
Yves fue el gran maestro de muchos bolivianos, nos enseñó literatura, cine, semilogía, nos mostró como se debe amar a una mujer, como se debe vivir con sensibilidad y delicadeza y, tal vez, como relacionarse de la manera menos funcional posible con el mundo. Soriano podría enseñarle mucho a varios escritores y a varios periodistas bolivianos, podría enseñarnos a encontrar un estilo propio, a escribir con simpleza pero con poder, a estar al alcanze de todos, a leer más de lo que se escribe, a estar siempre al lado de los más débiles, a trabajar con seriedad, a respetar a otros autores, pero ante todo a querer al lector.
CUATRO Ahora pienso en Triste, solitario y final y pienso en esa frase: “Amanece con un cielo muy rojo, como de fuego, aunque el viento sea fresco y húmedo y el horizonte una bruma gris. Los dos hombres han salido a cubierta y son dos caras distintas las que miran hacia la costa, oculta tras la niebla”. Vuelvo a pensar en Yves y en Soriano, ambos llegando al lugar que les hacia falta, ambos mirándose a la cara. Ambos mirándonos, a nosotros, a su gente, con una sonrisa plena.
Y ahora. La casa en la que vivo es visitada regularmente por tres gatos, el animal que más amaba el Gordo. Los observo, enciendo un Casino, el cigarrillo boliviano favorito de Yves. Y pienso. Y lloro por dentro. Y lloro por afuera. Y claro, me siento, como no puede ser de otra forma, triste, solitario y final.


“Yo no creo que un escritor sea muy importante en estos tiempos, pero tampoco hay que restarle el valor que puede tener cualquier testimonio para el futuro”
Osvaldo Soriano
Osvaldo Soriano
Andrés Laguna
UNO Por estos días se recuerda la muerte de Osvaldo Soriano. Diez años sin la presencia física de uno de los escritores más brillantes, criticados, envidiados, admirados y adorados de la literatura argentina. Página 12, el excelente diario porteño que Soriano ayudó a fundar, le hizo un hermoso homenaje en su fundamental suplemento cultura Radar. Firmas importantísimas (Osvaldo Bayer, Rodrigo Fresán, Eduardo Febbro, Guillermo Saccomanno, Mempo Giardinelli, Eduardo Galeano, Ariel Dorfman y Juan Forn, entre otros) recuerdan con emoción al Gordo más querido de las letras del Río de la Plata. La Ramona no podía, ni quería, quedar indiferente ante un autor que fue el más leído de su tiempo y que dividió las aguas de la literatura argentina.
Pero para mí, como para algunos amigos, me es imposible pensar en Soriano sin pensar también en Yves Froment. Las coincidencias son muchas. Yves fue un belga maravilloso que, influenciado por sus lecturas de las aventuras de Tin Tin (esa historieta formidable, obra del maestro Hergé), decidió vivir gran parte de su vida en Cochabamba y en Bahía. Un experto en cine, literatura, semiótica, fue un poeta extraordinario y un profesor fundamental para la vida de sus estudiantes. Yves Froment fue amigo y/o maestro de figuras importantes de la cultura de nuestro país, la lista podría ser larguísima así que solo apuntare algunos nombres que se me vienen rápidamente a la cabeza: Eduardo Mitre, Cachín Antezana, Fernando Rodríguez Cassas, Leonardo García Pabón, Gustavo y César Soto.
Pienso en el nombre del Gordo Soriano unido inevitablemente al de Yves por algunas razones concretas, ambos fueron buenos amigos, ambos amaron al fúbol, al cine y a la literatura con pasión, ambos fueron seres iniciáticos para quienes los conocieron, ambos vivieron en Bruselas y ambos murieron en fechas cercanas. De la muerte de Soriano se conocen los detalles y la fecha exacta. En cambio de la de Yves no se sabe mucho, lo que sabemos es que se encontró su cuerpo después de días de haber muerto en su departamento de Ixelles en Bruselas. Recuerdo la última vez que lo vi, unas semanas antes de que encontraran su cadaver, yo bajaba de un bus en La Bourse y él subía. Tuvimos tiempo para charlar un poco. Cuando las puertas de la movilidad se cerraban sacó la cabeza y me dijo sonriendo: “Acabo de ver una película con Linda Darnell”, la actriz que más le gustaba por esa época. Le devolví la sonrisa, sin esperar que la próxima vez que estaríamos cerca físicamente sería en el cementerio de Ixelles, un lugar en el que están enterrados muchos de los hombres que lucharon y murieron en la Segunda Guerra Mundial.
Cuando les comuniqué la noticia a los amigos en Bolivia, fue terrible, creo que todos creíamos que Yves era eterno. Recuerdo que César “el Canario” Soto me escribió en un mail que decía algo así: “Es una pena, murió como un personaje de Soriano, su amigo” . Quizá sea cierto, murió triste, solitario y final.
DOS No creo que me alcance el espacio para escribir todo lo que quisiera pero haré un intento.
Soriano era un escritor formidable con una inteligencia, una sensibilidad, una ternura y un poder que no tienen igual, compone desde mi perspectiva el Olimpo de la narrativa argentina junto a Roberto Arlt, Ernesto Sabato, Ricardo Piglia, Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Alan Pauls, Rodrigo Fresán y Manuel Puig. La lista de sus obras es impresionante y todos sus títulos son hermosos, apunto algunos de los que más me gustán: No habrá más penas ni olvido, Cuarteles de invierno, Memorias del Míster Peregrino Fernández, El ojo de la patria, Una sombra ya pronto serás, A sus plantas rendido un león y, claro, Triste solitario y final.
El Gordo era un escritor con una marca personal muy fuerte, algunos de los elementos de su literatura son muy recurrentes, pienso en los gatos, en los boxeadores, en los perdedores de primera, en lo urbano, en lo porteño, che. Su escritura no era de ninguna manera académica, por eso fue violentamente atacado, más bien estaba nutrida por el fútbol, el cine, la política y de las aventuras del Gordo y el Flaco. Fue un escritor del pueblo, escribía como argentino, con el lenguaje que se hablaba en las calles. Escribía con lo necesario para llegar a todos, con simplicidad, pero sin hacer concesiones literarias. Tenía la cualidad particular de hacer visible lo que nadie quería ver en un país que pretendía ser como París, las obras de Soriano son la más alucinante, cínica y voraz radiografía del presente en el que vivió.
Soriano era un autodidacta (como Arlt) que a penas había terminado la primaria, que de niño jugaba en las ligas menores de Tandil, que no leía mucho hasta bien entrada la adolescencia, un fanático acabado de San Lorenzo, un tipo que cuando descubrío tarde a su amados Flaubert, Quiroga, Maupassant, Bioy, Lovecraft, Hemingway, Onetti, Roa Bastos, García Márquez, Rulfo, Simenon y, sobre todo, a Chandler los leía llorando. Fue exiliado en Bruselas y en París, durante la última dictadura en la Argentina. Era un hombre peligroso, era un hombre que escribía y su pluma estaba al servicio de los más débiles. Durante sus días fuera de la Argentina vivió pobre y pasó frío, sufrió los más duros y los infaltables elementos del exilio europeo. Gracias a todas esas características, Osvaldo podía construir personajes sinceros que dicen y actuan con la mayor coerencia, personajes excluidos que hablan y sienten como tales. El Gordo no sólo nos enseñó que se puede hacer gran literatura para todo tipo de lector, sino también que se la puede hacer a partir de cualquier cosa y, sobre todo, que uno se puede convertir en un gran lector a cualquier edad.
Algo que me parece curioso es que Soriano compartía una cualidad formidable con el gran director de cine Federico Fellini, ambos tenían una sofisticación súper urbana característica de seres que no son de la ciudad, de seres provincianos urbanizados. Creo que eso es algo que los hace mejores observadores y al mismo tiempo les proporciona una ternura, una pureza enorme.
Creo que Soriano, junto al enorme Manuel Puig, es uno de los poquísimos grandes escritores argentinos que casi nunca escribió cuentos rigurosos (salvo, tal vez, ese maravilloso volúmen que se llama Cuentos de los años felices, que muchos clasifican como crónicas o relatos cortos, pero no como cuentos estrictamente hablando). Hecho extraño, si consideramos que la Argentina es un país hacerdor de cuentistas y que incluso su historia viene en formato de cuento, como diría Fresán. Pero si consideramos que lo que diferencia realmente al cuento de la novela, además de la extensión, es que uno se ocupa de un tema argumental específico y que la otra de muchos más. En ese sentido varios de los libros del Gordo, como los de Puig, pueden ser leídos como un conjunto de cuentos maravillosos, pienso puntualmente en Cuarteles de Invierno. Por otro lado, su obra periodística es tan rica y bella, es tan literaria que muchas de sus crónicas podrían ser leídas como cuentos. Aclaro que los apuntes que vengo de hacer no son para nada académicos, son más bien apreciaciones caprichosas, libres y lúdicas. De todas formas creo que Soriano fue, nuevamente junto a Puig, el mayor cuentista argentino que casi nunca escribió y/o publicó un cuento.
Eduardo Febbro anotaba en su nota sobre Soriano para Página algo que me parece puede resumir lo que intento decir: “Era un cronista metafísico de sus movimientos profundos y la contaba desde la superficie de sus protagonistas, héroes comunes, borrachos geniales, boxeadores pensantes y nobles, vagabundos filosóficos, ladrones matemáticos o actores fracasados, policías corruptos pero con algún rasgo de orgullo, futbolistas imposibles, adivinas enamoradas, solitarios, perdidos y reencontrados, peronistas de alma y peronistas traicionados. Todos bajo el mismo sol, todos distintos y uno mismo, nosotros”
Rodrigo Fresán anotaba en alguna nota que no hay mejor homenaje para un escritor que seguir leyéndolo. Eso es lo que hay que hacer con el Gordo, seguir leyéndolo. Si no se tiene un libro de él, siempre quedan las bibliotecas, los amigos generosos y la internet. Los libros de Soriano son difíciles de encontrar hasta en la Argentina, muchos no se han vuelto a imprimir en años. En Bolivia, como es de rigor, es virtualmente imposible acceder a la mayor parte de sus obras. Tal vez sea por eso mismo que leerlo siempre significa un doble placer.
TRES Sigo pensando en Yves y en Soriano. Pienso en coincidencias más o menos naturales, más o menos personales. Soriano vivió sus primeros años en Europa sólo con una máquina de escribir, Yves pasó sus últimos años igual que él, tecleando y llorando.
Soriano escribía de noche, siempre. Soriano vivía de noche. Yves también lo hacía, cuando volvió, forzado, a Bruselas decidió no acostumbrarse al horario belga, se quedó con la hora boliviana, se quedaba despierto cuando Cochabamba estaba en pie. Yves decidió vivir los días bolivianos, por lo tanto las noches de Bruselas.
La muerte de Soriano fue prematura, es cierto. La de Yves también lo fue. Creo que la muerte de los fundamentales, de los grandes, de los más queridos siempre es prematura, siempre nos deja huérfanos.
Yves fue el gran maestro de muchos bolivianos, nos enseñó literatura, cine, semilogía, nos mostró como se debe amar a una mujer, como se debe vivir con sensibilidad y delicadeza y, tal vez, como relacionarse de la manera menos funcional posible con el mundo. Soriano podría enseñarle mucho a varios escritores y a varios periodistas bolivianos, podría enseñarnos a encontrar un estilo propio, a escribir con simpleza pero con poder, a estar al alcanze de todos, a leer más de lo que se escribe, a estar siempre al lado de los más débiles, a trabajar con seriedad, a respetar a otros autores, pero ante todo a querer al lector.
CUATRO Ahora pienso en Triste, solitario y final y pienso en esa frase: “Amanece con un cielo muy rojo, como de fuego, aunque el viento sea fresco y húmedo y el horizonte una bruma gris. Los dos hombres han salido a cubierta y son dos caras distintas las que miran hacia la costa, oculta tras la niebla”. Vuelvo a pensar en Yves y en Soriano, ambos llegando al lugar que les hacia falta, ambos mirándose a la cara. Ambos mirándonos, a nosotros, a su gente, con una sonrisa plena.
Y ahora. La casa en la que vivo es visitada regularmente por tres gatos, el animal que más amaba el Gordo. Los observo, enciendo un Casino, el cigarrillo boliviano favorito de Yves. Y pienso. Y lloro por dentro. Y lloro por afuera. Y claro, me siento, como no puede ser de otra forma, triste, solitario y final.
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