Ballard en el cine: El extraño mundo de J. G.


Andrés Laguna

La muerte de J. G. Ballard la semana pasada no hizo más que recordarnos que, al fin y al cabo, lo único que siempre nos quedará de un escritor es su obra literaria. Salvo cuando dicha obra tuvo tanta relevancia que afectó a otras artes y a otros autores. En ese caso, sus rastros son más extensos y difíciles de identificar. Su huella puede estar en diferentes territorios. Ballard fue uno de los mejores autores de ciencia ficción de la historia, pero por esos extraños movimientos del mercado no fue tan conocido masivamente, siempre fue considerado un autor de culto. Sin duda, lo que lo hizo más notorio y popular fueron las dos películas que se basaron en dos de sus novelas (existen algunos cortos, medios y películas para la televisión que se basaron en otros de sus relatos), que irremediablemente se convirtieron en sus libros más famosos, El imperio del sol y Crash. Dirigidas por Steven Spielberg y David Cronenberg, respectivamente, las cintas sirvieron para que se haga famosa la obra de un autor que siempre mereció ser célebre, pero ese no es su único mérito.
Ballard fue el hijo de un tiempo que, felizmente, ya casi desvaneció y fue una de las mentes más lucidas a la hora de describir el mundo en un futuro relativamente cercano. Justamente, las cintas de eso tratan, El imperio del sol se desarrolla en un mundo que ya no es, pero que forjó la visión ballardiana. Por su lado, Crash es un retrato del mundo que vendrá. Del mundo que ya está llegando. Que ya llegó.
Ballard nació en la ciudad de Shangai, en China, en 1930 y tuvo la (mala) suerte de vivir la invasión japonesa en 1937. Fue prisionero en un campo de concentración de Lunghua de 1943 a 1945 junto a otros 2000 prisioneros. De esa experiencia nació El imperio del sol, que fue llevada al cine por Spielberg en 1987. No podía ser otro director el que lleve a la pantalla grande la historia de un niño que usa su imaginación para evadir la realidad y, para rematar, que se desarrolla en un campo de concentración. Demasiada tentación para el director de E. T. Jim, interpretado de manera extraordinaria por un jovencísimo Christian Bale, es el hijo de una acomodada familia británica que vive en China por negocios. El chico ama los aviones, son lo único que le interesan. La guerra separa a Jim de su familia y termina encerrado en un campo de concentración. Ahí es protegido por Basie (John Malkovich, siempre excelente), un prisionero estadounidense que lo ayudará a sobrevivir. Pero, lo que la cinta nos plantea es que lo que realmente sostiene al chico es su amor por los aviones. El problema es que, a pesar que Spielberg es un narrador efectivo, no siempre demuestra ser un gran narrador. Recurriendo a imágenes abyectas (algo en lo que el director de La lista de Schindler parece especializarse en sus películas “serias”), logra en el público justo lo que necesita, impactar, pero uno no sabe para que lo está haciendo exactamente. La cinta tiene imágenes que impresionan y que son hermosas, secuencias que producen angustia y que conmueven, pero uno no sabe para que sirven todos esos recurso. En este filme Spielberg pierde el norte y no termina proponiendo mucho, a diferencia de la novela de Ballard que es una declaración de principios. Spielberg se queda contento con repetir una vez más su máxima cada vez más desgastada, esa que dice que la imaginación de un niño puede más que la cruda realidad. El imperio del sol no es mala, pero tampoco es muy buena. Creo que no se le hizo justicia a Ballard.
Casi una década después, el cine se volvió a interesar en la obra del escritor británico, Cronenberg llevó al cine Crash (1996). Una obra en la que los personajes se excitan sexualmente a través de choques de autos. La maestría y el ingenio de Cronenberg logran que Crash sea una cinta que en forma es casi pornográfica, pero que en fondo es mucho más. Es una cinta que nos habla del ser humano, de los límites que está dispuesto a romper por sentir algo único, de cómo lo afecta el tiempo en el que vive. Crash nos habla del hombre contemporáneo y de la sociedad que ha construido. El filme, cuando fue realizado, parecía ser “un retrato de la psicología del futuro”. Impresiona ver que, hoy día, es un retrato de la psicología presente. Las interpretaciones de James Spader y Holly Hunter, repletas de erotismo y de tensión, aunque sazonadas con algo de desazón, no son más que encarnaciones de los arquetipos del hombre y de la mujer contemporáneos. Eso produce espanto. Esta sí es una gran película. Esta sí le hizo justicia.
El mundo de Ballard suele dar algo de miedo. Su extraña visión del mundo produce angustia, lo peor es que esa visión se materializa. Ese puede que sea el destino más extremo de la obra de un escritor, materializarse. Lo que realmente me preocupa ahora es el destino de los lectores. Ese extraño destino.


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