¿El Oscar? No, gracias

Escribí esta nota para el Informe Especial de Opinión hace varios meses. Esa edición estuvo a cargo de mi compinche Santiago Espinoza, estaba dedicada al Oscar, a propósito de la ceremonia de este año. Me parece divertida.
Andrés Laguna
Está demás decir que el premio más prestigioso y codiciado en Hollywood es el Oscar. Todos los que trabajan en la industria cinematográfica se mueren por obtenerlo. Los estrenos de las películas se planifican en torno a la “temporada de premiaciones” y las estrellas se esmeran por elegir guiones potencialmente “oscarizables”. Por tanto, no deja de ser curioso que algunos actores hayan rechazado la preciada estatuilla dorada. Así como para muchos fue incomprensible que Jean-Paul Sartre no haya aceptado el Premio Nobel de Literatura, para la industria es un sacrilegio que alguien no quiera tener en su poder un Oscar.
La primera vez que un actor decidió no asistir a la ceremonia de premiación e hizo devolver la estatuilla fue en 1970, George C. Scott ganó el galardón a mejor actor protagónico por su brillante trabajo en la brillante cinta de Franklin J. Schaffner, Patton. En algunas entrevistas Scott dijo que no pudo asistir a la ceremonia porque estaba ocupado viendo un partido de hockey. Su estatuilla fue recogida por Frank McCarthy, uno de los productores de Patton, pero fue devuelta al día siguiente por órdenes de Scott. Los rumores dicen que Scott consideraba que ninguno de los actores nominados por la Academia ese año representaba una verdadera competencia para él, por eso rechazó el premio. Lo cierto es que Scott no se tomaba muy en serio a los premios, ni a la industria, lo que siempre es un signo de lucidez.
Sin lugar a dudas, el más recordado “desplante” a la Academia lo hizo el mejor actor de todos los tiempos, Marlon Brando. Después de sufrir sucesivos fracasos comerciales, aunque jamás artísticos, en 1972 Brando volvió a ser aclamado por la crítica y el público masivo por su celebérrimo papel en El padrino de Francis Ford Coppola. Encarnando al gangster más memorable de la historia del cine, Vito Corleone, en 1973 Brando conseguía su sexta nominación hasta esa fecha (en total obtuvo ocho), y era el favorito, su segundo Oscar estaba en el bolsillo (el primero lo obtuvo en 1954 por Nido de ratas). En su autobiografía titulada Las canciones que mi madre me enseñó, Brando reconoce que siempre le pareció inapropiado premiar a los actores y además apunta: “Cuando fui nominado por El padrino, me pareció absurdo ir a la ceremonia de entrega de los premios. Resultaba grotesco festejar a una industria que había difamado y desfigurado sistemáticamente a los indios norteamericanos a lo largo de seis décadas, mientras en aquel momento doscientos indios se hallaban situados en Wounded Knee”. Pero, no quiso desaprovechar la oportunidad para hacer una declaración de principios. No asistió a la ceremonia, en su lugar envió a una amiga suya de ascendencia india, Sacheen Littlefeather, que rechazó el premio en su nombre. Brando quería que Sacheen leyera un discurso que explicaba que rechazaba el premio por el maltrato que los indios sufren en la industria cinematográfica. Se sabe que Howard Koch, el productor del espectáculo de los Oscar ese año, evitó que la joven “nativa americana” leyera el discurso que Brando escribió, tuvo que improvisar unas cuantas palabras, pero el mensaje quedó claro.
Seguramente, nunca hubo un actor que le haya dado tanto al cine como Brando, fue un auténtico genio, se dejaba consumir por sus personajes, pero terminaba poseyéndolos, dominándolos, siempre estuvo seriamente comprometido con los proyectos que le interesaban, en cambio, se burló de las cintas en las que trabajaba sólo para ganar dinero. Brando era muy irreverente, pero respetó a lo que verdaderamente le parecía trascendente, nunca respetó a los premios ni a la parafernalia del mundo del espectáculo. Basta recordar algunas de sus inteligentes palabras: “[Los Premios de la Academia son] parte de la enfermedad de América, ya que tienes que pensar en términos de quién gana, quién pierde, quién es bueno, quién es malo, quién es el mejor, quién es el peor… No me gusta pensar así. Cada uno tiene su propio valor, a su manera, y no me gusta pensar quién es el mejor en esto. Quiero decir, ¿de qué nos vale?”.
Andrés Laguna
Está demás decir que el premio más prestigioso y codiciado en Hollywood es el Oscar. Todos los que trabajan en la industria cinematográfica se mueren por obtenerlo. Los estrenos de las películas se planifican en torno a la “temporada de premiaciones” y las estrellas se esmeran por elegir guiones potencialmente “oscarizables”. Por tanto, no deja de ser curioso que algunos actores hayan rechazado la preciada estatuilla dorada. Así como para muchos fue incomprensible que Jean-Paul Sartre no haya aceptado el Premio Nobel de Literatura, para la industria es un sacrilegio que alguien no quiera tener en su poder un Oscar.
La primera vez que un actor decidió no asistir a la ceremonia de premiación e hizo devolver la estatuilla fue en 1970, George C. Scott ganó el galardón a mejor actor protagónico por su brillante trabajo en la brillante cinta de Franklin J. Schaffner, Patton. En algunas entrevistas Scott dijo que no pudo asistir a la ceremonia porque estaba ocupado viendo un partido de hockey. Su estatuilla fue recogida por Frank McCarthy, uno de los productores de Patton, pero fue devuelta al día siguiente por órdenes de Scott. Los rumores dicen que Scott consideraba que ninguno de los actores nominados por la Academia ese año representaba una verdadera competencia para él, por eso rechazó el premio. Lo cierto es que Scott no se tomaba muy en serio a los premios, ni a la industria, lo que siempre es un signo de lucidez.Sin lugar a dudas, el más recordado “desplante” a la Academia lo hizo el mejor actor de todos los tiempos, Marlon Brando. Después de sufrir sucesivos fracasos comerciales, aunque jamás artísticos, en 1972 Brando volvió a ser aclamado por la crítica y el público masivo por su celebérrimo papel en El padrino de Francis Ford Coppola. Encarnando al gangster más memorable de la historia del cine, Vito Corleone, en 1973 Brando conseguía su sexta nominación hasta esa fecha (en total obtuvo ocho), y era el favorito, su segundo Oscar estaba en el bolsillo (el primero lo obtuvo en 1954 por Nido de ratas). En su autobiografía titulada Las canciones que mi madre me enseñó, Brando reconoce que siempre le pareció inapropiado premiar a los actores y además apunta: “Cuando fui nominado por El padrino, me pareció absurdo ir a la ceremonia de entrega de los premios. Resultaba grotesco festejar a una industria que había difamado y desfigurado sistemáticamente a los indios norteamericanos a lo largo de seis décadas, mientras en aquel momento doscientos indios se hallaban situados en Wounded Knee”. Pero, no quiso desaprovechar la oportunidad para hacer una declaración de principios. No asistió a la ceremonia, en su lugar envió a una amiga suya de ascendencia india, Sacheen Littlefeather, que rechazó el premio en su nombre. Brando quería que Sacheen leyera un discurso que explicaba que rechazaba el premio por el maltrato que los indios sufren en la industria cinematográfica. Se sabe que Howard Koch, el productor del espectáculo de los Oscar ese año, evitó que la joven “nativa americana” leyera el discurso que Brando escribió, tuvo que improvisar unas cuantas palabras, pero el mensaje quedó claro.
Seguramente, nunca hubo un actor que le haya dado tanto al cine como Brando, fue un auténtico genio, se dejaba consumir por sus personajes, pero terminaba poseyéndolos, dominándolos, siempre estuvo seriamente comprometido con los proyectos que le interesaban, en cambio, se burló de las cintas en las que trabajaba sólo para ganar dinero. Brando era muy irreverente, pero respetó a lo que verdaderamente le parecía trascendente, nunca respetó a los premios ni a la parafernalia del mundo del espectáculo. Basta recordar algunas de sus inteligentes palabras: “[Los Premios de la Academia son] parte de la enfermedad de América, ya que tienes que pensar en términos de quién gana, quién pierde, quién es bueno, quién es malo, quién es el mejor, quién es el peor… No me gusta pensar así. Cada uno tiene su propio valor, a su manera, y no me gusta pensar quién es el mejor en esto. Quiero decir, ¿de qué nos vale?”.
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