In memoriam David Carradine: Adiós Pequeño, Extraño y Gran Saltamontes

Andrés Laguna

Las artes marciales, en mi generación, se pusieron de moda gracias a The Karate Kid (1984). La generación de mis padres tuvo más suerte, adquirieron el entusiasmo por las disciplinas orientales viendo la magnífica serie de televisión de los años ’70, Kung Fu. Tal vez este sea el momento apropiado para dar las gracias al subdesarrollo y a los poco esforzados canales de televisión nacionales, que durante los años ochenta, pasaban las mismas series una y otra vez, confiando ingenuamente en la fidelidad de acero de los televidentes. Tuve la suerte de ver Kung Fu cuando estaba totalmente embalado con las artes marciales y cuando estaba dispuesto a dejarlo todo a cambio de una larga vacación en un monasterio Shaolin. Kwai Chang Caine, el célebre “Pequeño Saltamontes”, era un héroe extraordinario, pacífico, justo, tranquilo, memorioso… podía patear el trasero de quienes se le ponían en frente y agotaban su enorme paciencia. El rostro, duro y suave a la vez, de David Carradine era para mí lo que ahora es para los niños la figura simiesca y llena de esteroides de Goku, el héroe supremo que traía las maravillas del Lejano Oriente.
Caine era magnífico, guardaba el grado de misterio que todo héroe que se respete debe guardar, se convirtió en un hito, en un ícono, en un elemento irremplazable de la cultura popular. Tal vez su momento de consagración en el imaginario de la gente fue cuando Tarantino le hizo ese homenaje en Pulp Fiction, el personaje de Samuel L. Jackson dice soñar con “vagar a lo largo y ancho del planeta como Caine en Kung Fu”.
Cuando Sergio de la Zerda me llamó para contarme que David Carradine había muerto, que fue hallado ahorcado en la suite de un hotel de Bangkok, durante el rodaje de una de las, por decir algo, extrañas películas que estaba haciendo durante los últimos años, me sentí extraño, conmovido, tuve que fumarme un par cigarros observando la cordillera. Hasta encontrar la paz. Se lo extrañaba mucho cuando estaba acá, ahora que se ha ido definitivamente, que jamás volverá a hacer una gran película, una legendaria serie, uno espera que TCM tenga el tino de volver a pasar Kung Fu.
Carradine pasará a la historia por haber encarnado a Caine, pero su vida merece ser recordada, algunas de las más de cien películas que rodó deben ser (re) vistas y su nombre siempre debe ser pronunciado con el cariño que se tiene a una imagen que contribuyó a nuestros sueños de niñez. David fue hijo de John, hermano de Keith y Robert, todos actores talentosos. Trabajó en películas memorables con algunos de los mejores directores del mundo. Con el enorme Martin Scorsese trabajó en la excelente cinta Boxcar Bertha (1972), donde encarnó a un sindicalista, durante la Depresión, que termina sufriendo un destino trágico, y en Mean Streets (1973), mi cinta favorita del director de Taxi Driver, en la que tuvo un pequeño papel secundario y compartió cartel con Harvey Keitel y Robert de Niro. Cuenta la leyenda que fue Carradine quien le regaló a Marty un libro importante, La última tentación de Cristo. Bajo las órdenes de Hal Ashby, encarnó de manera impecable al cantante folk Woody Guthrie en Bound for Glory (1976). Se puso en la piel de un acróbata prófugo durante la Segunda Guerra Mundial en El huevo de la serpiente (1976), no muy venerada cinta del venerable Ingmar Bergman. Fue descollante interpretando a Cole Younger, uno de los forajidos que cabalgó junto a los hermanos James, en el magnífico western de Walter Hill, The Long Riders (1980). Dirigió e interpretó la muy respetable cinta Americana (1983), un drama sobre los traumas post-Vietnam de un veterano. Fue amigo de tipos de la talla de George Harrison, Bob Dylan (se dice que le enseñó artes marciales) y Michael Madsen (su último matrimonio se celebró en su casa). Estuvo casado cinco veces, se divorció cuatro, tuvo problemas con el alcohol y las drogas (creo que desde siempre), durante las décadas de los ‘80 y ’90 no trabajó mucho o lo hizo en cosas muy malas. En una nota que escribió Rodrigo Fresán hace años sobre Carradine apuntó: “Y en sus ratos libres –muchos– Carradine miraba con cariño los revólveres y se preguntaba qué sabor tendrían”. Y no sorprende que lo hayan encontrado colgado.
Luego, se sabe, Tarantino lo llamó para que encarne a Bill en las dos parte de Kill Bill. Fresán escribió sobre este papel lo siguiente: “(Tarantino) había escrito para y ofrecido a Warren Beatty (el papel de Bill, claro). Pero parece que Beatty se ofendió –o algo así– cuando, durante una conversación, Tarantino le explicó al otoñal sex-symbol que quería que el personaje fuera “una especie de David Carradine”. Entonces Beatty, cordialmente, le dijo a Tarantino que mejor lo llamara a Carradine. Y que se fuera a la mierda. Tarantino, obediente, llamó a Carradine y le ofreció el papel y Carradine le dijo: ‘Perfecto, porque cuando hacía Kung Fu aprendí cómo matar a una persona de nueve maneras diferentes sin hacer ruido... Tal vez pueda usarlo durante la filmación, ¿no?’”. Tarantino volvió a sacar del olvido a una leyenda, todo parecía que saldría mejor. Pero, Carradine fue encontrado colgado, en Tailandia, en un hotel, se dice que se suicidó, ahora leo en Vanity Fair que, según las investigaciones, es probable que su muerte haya sido el resultado de un juego sexual que salió mal, porque encontraron cuerdas atadas a sus testículos. Fuck, ¿parece una escena de El Imperio de los sentidos?. Ahora entiendo mejor el fragmento de un entrevista que le hizo el mensuario Uncut, que cita Fresán: “Me acuerdo de una mañana en la que había estado comiendo peyote con los indios. Fue durante una filmación de Kung Fu. Y terminamos pronto y volví a casa y no había nadie allí y, supongo, fue entonces cuando el cactus me pegó de verdad. Así que yo caminaba por las habitaciones, hice varias llamadas telefónicas y, mientras pasaba de cuarto a cuarto, me iba sacando la ropa hasta que quedé desnudo. Y así salí a la calle. Y era un barrio residencial, con esas casas con jardines. Yo entraba y salía desnudo de las casas y apagaba todos los artefactos eléctricos que estaban encendidos. Televisores, radios, heladeras. Y me imagino que debe haber sido raro para mis vecinos: estar almorzando y contemplar cómo, de pronto, entraba Caine desnudo en sus casas y apagaba la licuadora o algo así. Cuando me cansé de eso, decidí volver a casa atravesando un bosque. Pero, claro, estaba desnudo: no tenía llaves para entrar. Así que seguí hasta la casa de un amigo. No había nadie pero las puertas que daban al jardín estaban abiertas; así que me metí en el living y había un cuadro en un caballete. Me puse a retocarlo un rato. Cuando me aburrí, me puse otra vez rumbo a casa. Seguía sin poder entrar, así que rompí una ventana de una pequeña cabaña que había por ahí y me metí adentro y, claro, era una ventanita. Así que me corté todo el cuerpo. Salí de allí y retorné a casa todo ensangrentado y rompí una puerta y entré y me senté a tocar el piano. Lo dejé todo cubierto de sangre. Después me subí a mi Ferrari y, desnudo, me fui a dar una vuelta hasta que me desmayé por la pérdida de sangre. Así me encontraron. Me llevaron al hospital. Me vino a buscar una amiga y me hospedó en su casa. Esa noche me levanté todavía en órbita y salí a mear al jardín. Desnudo, por supuesto. Estaba en eso cuando apareció el perro de mi amiga y agarró mi sexo con sus dientes y lo metió amorosamente en su boca. Era un perro grande. Y no me mordió. Estuvimos así un largo rato. Después le di un puñetazo en la cabeza. Pero nos hicimos grandes amigos. Y cuando digo grandes amigos quiero decir que fuimos amigos verdaderamente grandes. En serio”.
Después de releer eso varias veces, ahora, pienso que su muerte no fue tan extraña después de todo. No desentona con su vida, sí con la normalidad, pero no con su vida. Una vida que influyó a tantas otras. Paz en la tumba, por lo menos ahí, Pequeño, Extraño y Gran Saltamontes.

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