Imágenes bolivianas

Escribí este texto para el número de agosto de la revista de la Cinemateca.
Andrés Laguna
Bolivia puede enorgullecerse de tener un cine nacional. Esta afirmación puede parecer evidente o insustancial, pero creo que no está demás recordar que nuestro cine siempre se ha esforzado por entender al país, siempre se ha esforzado por retratarlo con justicia y fidelidad, siempre se ha esforzado por encontrar y proclamar la esencia de lo boliviano. No siempre lo ha logrado, pero esa es otra cuestión. El cine es la única manifestación artística de nuestro país que es admirada en todo el mundo, también creo que es la que más se ha desvelado tratando de entender a Bolivia.
Sin lugar a dudas, fue en la década de los cincuenta que las películas producidas en Bolivia comenzaron a ganar mayor interés entre el público masivo nacional, pero también en festivales y mercados internacionales. Gigantes como Jorge Ruiz y Jorge Sanjinés, no sólo fueron los artistas más lúcidos a la hora de imprimir una visión personal del país en el cine, a través de sus ojos el mundo miró a Bolivia. No creo que haya un cinéfilo serio en Latinoamérica o un militante político de izquierda activo en los 60-70 que no conozca al dedillo la obra del maestro Sanjinés. Su visión de Bolivia, la utilización del cine como herramienta política, la reivindicación de lo indígena desde un territorio casi rousseaunianno, sus cuestionamientos sociales, sus consignas, su propuesta estética, fueron definitivas no sólo para una generación de artistas y militantes bolivianos, su influencia fue casi mundial. A consecuencia de ello, ese país de Sanjinés, ese pueblo lleno de coraje, ese pueblo de costumbres milenarias, víctima de la aculturación, del colonialismo, de las políticas salvajes de los Estados Unidos y de la derecha, se convirtió en un ícono, alcanzó proporciones míticas. A partir de ahí, durante décadas sólo era legítimo hacer cine fuertemente ideologizado. Cine político para un país en el que lo que más interesa a la gente, además del fútbol y de las fiestas populares/folclóricas, es la política. Lo magnífico de Sanjinés es que si bien puso al cine al servicio de la militancia, jamás descuidó el aspecto artístico, la propuesta estética de sus filmes nunca fue floja, es más, siempre fue muy cuidadoso en que ésta no traicione a su estética.
Con la caída de las dictaduras, con la llegada de la democracia, con las arremetidas de las políticas neoliberales todo cambió de manera radical. El cine comenzó a mirar al país desde un lugar distinto, comenzó a vivir de manera distinta. Los temas y los argumentos se “suavizaron”, los lenguajes y los recursos se diversificaron, a diferencia de lo que pasaba con el cine de Sanjinés, el cine boliviano de las últimas tres décadas no pretende ser una herramienta ideológica o política, tampoco tiene pretensiones muy “trascendentales”, por lo general simplemente busca satisfacer las necesidades del artista detrás de la cámara o, en el peor de los casos, de un público subestimado por los cineastas.
Tal vez se pueden identificar dos momentos puntuales en la transformación del cine boliviano contemporáneo, los llamados booms de 1995 y de 2006, que sobre todo contienen transformaciones a nivel argumental y genérico. En el primero debutaron nombres fundamentales para la historia del cine boliviano, Marcos Loayza (Cuestión de fe), Juan Carlos Valdivia (Jonás y la ballena rosada) y Mela Márquez (Sayariy), pero también Sanjinés estrenó una de las cintas más atípicas de su carrera, Para recibir el canto de los pájaros, dato que me parece muy sugerente. En el 2006 debutaron Martín Boulocq (Lo más bonito y mis mejores años), Sergio Calero (El clan), Anche Kalashnikova (I am Bolivia) y Daniel Suárez (Psicourbano), pero además estrenó su segundo largometraje Rodrigo Bellott (¿Quién mató a la llamita blanca?).
El boom del 95 creo que se recordará como el momento en el que se consolidó lo que se anunciaba en cintas como Chuquiago (1977) de Antonio Eguino y Mi socio (1982) de Paolo Agazzi, un cine que no es indigenista, que sus preocupaciones no son exclusivamente políticas, que puede recurrir al sentido del humor, que coquetea con varios géneros, que es más flexible y que no se toma tan en serio. Se comenzó a ver al país con más matices, desde diferentes lugares, la patria ya no sólo parecía una madrastra. Si me lo preguntan y no quiero dejar pasar la oportunidad de decirlo, creo que la obra maestra y la que contiene todos los aspectos positivos de esa renovación del cine boliviano es Cuestión de fe.
El 2006 siempre será recordado como el boom del digital, ninguna de las películas que se estrenaron ese año fueron rodadas en celuloide. Hacer cine ya no es una tarea imposible, los costos se abarataron tanto que, virtualmente, cualquiera que tenga una cámara y una computadora puede hacer una película. Por tanto, las visiones y propuestas se multiplicaron de manera sorprendente. Si bien es cierto lo que Pedro Susz no se cansa de repetir, con el digital se perdió mucho el rigor, creo que se le dio una voz a quienes no la tenían. Hoy, el cine boliviano, está compuesto por voces diferentes, que provienen de diferentes lugares del país, de diferentes clases sociales, que tienen múltiples visiones de la vida y del cine, que tienen pretensiones distintas. Nunca antes tantas voces fueron escuchadas. Pero, así como en la política y en la dinámica social es difícil encontrar discursos lúcidos, lo mismo ocurre en el séptimo arte, pocas cintas merecen ser vistas y estudiadas. Pero, lo importante es que algunas películas y algunos directores son admirables.
El 2006 no sólo representó una renovación en lo relativo al soporte, las transformaciones fueron mucho más profundas, para entenderlas debemos remontarnos al 2003, al estreno de una cinta en especial, Dependencia sexual de Rodrigo Bellott. Esta película creo que marca un antes y un después en el cine nacional, no sólo porque trabaja con corrección el lenguaje propio del digital (el ejemplo más evidente es la pantalla dividida), no sólo porque toca temas que le eran ajenos a nuestra tradición cinematográfica (la homosexualidad, los juegos de poder en torno al sexo, la decadencia de la clase dominante), no sólo porque toma muchos riesgos artísticos, con su opera prima Bellott llegó para afirmar que toda visión particular, singular, es válida, que un arte sincero y genuino siempre es legitimo. Dependencia sexual llegó para animar, para darle valor a una generación.
El 2006 representa una especie de liberación del cine boliviano, tocar temas aparentemente inofensivos y triviales es valido, es el momento en el que se inaugura la más profunda diversificación de los géneros cinematográficos en Bolivia y de los intereses de los artistas, con una hegemonía de las comedias ligeras de tono caricaturesco (Sena quina/2005, ¿Quién mató a la a llamita blanca?/2006, Día de boda/2008), cintas de tinte histórico (Di buen día a papá/2005, Evo Pueblo/2007), documentales (El Estado de las cosas/2007, Cocalero/2007), thrillers psicológicos (Psycho urbano/2007) y cine de autor (Hospital Obrero/2009, Airamppo/2008, Lo más bonito/2006).
Si bien no se puede hablar de una renovación estética profunda y radical, si bien no se puede hablar de una generación que llegó para cambiarlo todo por completo, de un puñado de películas que son obras maestras incuestionables creo que autores como Marcos Loayza, Juan Carlos Valdivia, Rodrigo Bellott, Martín Boulcq, Germán Monje, Miguel Valverde y algunos otros, sin tener necesariamente mucho en común, recuperando las visiones singulares y distintas de Bolivia, están encontrando caminos artísticos propositivos e interpelantes. Casi siempre contando las historias de seres medio excluidos, medio marginales, medio disfuncionales, medio incómodos con el mundo, con miradas distintas están construyendo un discurso y un imaginario que nos permite seguir viviendo, seguir sobreviviendo, sabiendo que nuestra voz se escucha, que nuestros rostros son visibles.
Andrés Laguna
Bolivia puede enorgullecerse de tener un cine nacional. Esta afirmación puede parecer evidente o insustancial, pero creo que no está demás recordar que nuestro cine siempre se ha esforzado por entender al país, siempre se ha esforzado por retratarlo con justicia y fidelidad, siempre se ha esforzado por encontrar y proclamar la esencia de lo boliviano. No siempre lo ha logrado, pero esa es otra cuestión. El cine es la única manifestación artística de nuestro país que es admirada en todo el mundo, también creo que es la que más se ha desvelado tratando de entender a Bolivia.
Sin lugar a dudas, fue en la década de los cincuenta que las películas producidas en Bolivia comenzaron a ganar mayor interés entre el público masivo nacional, pero también en festivales y mercados internacionales. Gigantes como Jorge Ruiz y Jorge Sanjinés, no sólo fueron los artistas más lúcidos a la hora de imprimir una visión personal del país en el cine, a través de sus ojos el mundo miró a Bolivia. No creo que haya un cinéfilo serio en Latinoamérica o un militante político de izquierda activo en los 60-70 que no conozca al dedillo la obra del maestro Sanjinés. Su visión de Bolivia, la utilización del cine como herramienta política, la reivindicación de lo indígena desde un territorio casi rousseaunianno, sus cuestionamientos sociales, sus consignas, su propuesta estética, fueron definitivas no sólo para una generación de artistas y militantes bolivianos, su influencia fue casi mundial. A consecuencia de ello, ese país de Sanjinés, ese pueblo lleno de coraje, ese pueblo de costumbres milenarias, víctima de la aculturación, del colonialismo, de las políticas salvajes de los Estados Unidos y de la derecha, se convirtió en un ícono, alcanzó proporciones míticas. A partir de ahí, durante décadas sólo era legítimo hacer cine fuertemente ideologizado. Cine político para un país en el que lo que más interesa a la gente, además del fútbol y de las fiestas populares/folclóricas, es la política. Lo magnífico de Sanjinés es que si bien puso al cine al servicio de la militancia, jamás descuidó el aspecto artístico, la propuesta estética de sus filmes nunca fue floja, es más, siempre fue muy cuidadoso en que ésta no traicione a su estética.
Con la caída de las dictaduras, con la llegada de la democracia, con las arremetidas de las políticas neoliberales todo cambió de manera radical. El cine comenzó a mirar al país desde un lugar distinto, comenzó a vivir de manera distinta. Los temas y los argumentos se “suavizaron”, los lenguajes y los recursos se diversificaron, a diferencia de lo que pasaba con el cine de Sanjinés, el cine boliviano de las últimas tres décadas no pretende ser una herramienta ideológica o política, tampoco tiene pretensiones muy “trascendentales”, por lo general simplemente busca satisfacer las necesidades del artista detrás de la cámara o, en el peor de los casos, de un público subestimado por los cineastas.
Tal vez se pueden identificar dos momentos puntuales en la transformación del cine boliviano contemporáneo, los llamados booms de 1995 y de 2006, que sobre todo contienen transformaciones a nivel argumental y genérico. En el primero debutaron nombres fundamentales para la historia del cine boliviano, Marcos Loayza (Cuestión de fe), Juan Carlos Valdivia (Jonás y la ballena rosada) y Mela Márquez (Sayariy), pero también Sanjinés estrenó una de las cintas más atípicas de su carrera, Para recibir el canto de los pájaros, dato que me parece muy sugerente. En el 2006 debutaron Martín Boulocq (Lo más bonito y mis mejores años), Sergio Calero (El clan), Anche Kalashnikova (I am Bolivia) y Daniel Suárez (Psicourbano), pero además estrenó su segundo largometraje Rodrigo Bellott (¿Quién mató a la llamita blanca?).
El boom del 95 creo que se recordará como el momento en el que se consolidó lo que se anunciaba en cintas como Chuquiago (1977) de Antonio Eguino y Mi socio (1982) de Paolo Agazzi, un cine que no es indigenista, que sus preocupaciones no son exclusivamente políticas, que puede recurrir al sentido del humor, que coquetea con varios géneros, que es más flexible y que no se toma tan en serio. Se comenzó a ver al país con más matices, desde diferentes lugares, la patria ya no sólo parecía una madrastra. Si me lo preguntan y no quiero dejar pasar la oportunidad de decirlo, creo que la obra maestra y la que contiene todos los aspectos positivos de esa renovación del cine boliviano es Cuestión de fe.El 2006 siempre será recordado como el boom del digital, ninguna de las películas que se estrenaron ese año fueron rodadas en celuloide. Hacer cine ya no es una tarea imposible, los costos se abarataron tanto que, virtualmente, cualquiera que tenga una cámara y una computadora puede hacer una película. Por tanto, las visiones y propuestas se multiplicaron de manera sorprendente. Si bien es cierto lo que Pedro Susz no se cansa de repetir, con el digital se perdió mucho el rigor, creo que se le dio una voz a quienes no la tenían. Hoy, el cine boliviano, está compuesto por voces diferentes, que provienen de diferentes lugares del país, de diferentes clases sociales, que tienen múltiples visiones de la vida y del cine, que tienen pretensiones distintas. Nunca antes tantas voces fueron escuchadas. Pero, así como en la política y en la dinámica social es difícil encontrar discursos lúcidos, lo mismo ocurre en el séptimo arte, pocas cintas merecen ser vistas y estudiadas. Pero, lo importante es que algunas películas y algunos directores son admirables.

El 2006 no sólo representó una renovación en lo relativo al soporte, las transformaciones fueron mucho más profundas, para entenderlas debemos remontarnos al 2003, al estreno de una cinta en especial, Dependencia sexual de Rodrigo Bellott. Esta película creo que marca un antes y un después en el cine nacional, no sólo porque trabaja con corrección el lenguaje propio del digital (el ejemplo más evidente es la pantalla dividida), no sólo porque toca temas que le eran ajenos a nuestra tradición cinematográfica (la homosexualidad, los juegos de poder en torno al sexo, la decadencia de la clase dominante), no sólo porque toma muchos riesgos artísticos, con su opera prima Bellott llegó para afirmar que toda visión particular, singular, es válida, que un arte sincero y genuino siempre es legitimo. Dependencia sexual llegó para animar, para darle valor a una generación.
El 2006 representa una especie de liberación del cine boliviano, tocar temas aparentemente inofensivos y triviales es valido, es el momento en el que se inaugura la más profunda diversificación de los géneros cinematográficos en Bolivia y de los intereses de los artistas, con una hegemonía de las comedias ligeras de tono caricaturesco (Sena quina/2005, ¿Quién mató a la a llamita blanca?/2006, Día de boda/2008), cintas de tinte histórico (Di buen día a papá/2005, Evo Pueblo/2007), documentales (El Estado de las cosas/2007, Cocalero/2007), thrillers psicológicos (Psycho urbano/2007) y cine de autor (Hospital Obrero/2009, Airamppo/2008, Lo más bonito/2006).
Si bien no se puede hablar de una renovación estética profunda y radical, si bien no se puede hablar de una generación que llegó para cambiarlo todo por completo, de un puñado de películas que son obras maestras incuestionables creo que autores como Marcos Loayza, Juan Carlos Valdivia, Rodrigo Bellott, Martín Boulcq, Germán Monje, Miguel Valverde y algunos otros, sin tener necesariamente mucho en común, recuperando las visiones singulares y distintas de Bolivia, están encontrando caminos artísticos propositivos e interpelantes. Casi siempre contando las historias de seres medio excluidos, medio marginales, medio disfuncionales, medio incómodos con el mundo, con miradas distintas están construyendo un discurso y un imaginario que nos permite seguir viviendo, seguir sobreviviendo, sabiendo que nuestra voz se escucha, que nuestros rostros son visibles.
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