Cien años de compañía... salvaje



Andrés Laguna

Después de un par de días de desconexión del mundo, mi carnal Sergio de la Zerda, siguiendo una extraña, larga, triste y feliz tradición, me escribió para encargarme una nota de homenaje a Claude Lévi-Strauss, uno de los hombres a los que más he admirado intelectualmente, su obra cambió mi vida.

Hace poco menos de un año, publicaba en este mismo suplemento un artículo en el que celebraba el cumpleaños número 100 del genial antropólogo francés, celebraba los 100 años de su generosa y revolucionaria vida. Parece ayer. Ahora, hoy, todavía un poco melancólico, tengo que intentar redactar un pequeño homenaje a un hombre enorme que murió los primeros días de noviembre. Poco antes de cumplir los 101 años, Claude Lévi-Strauss dejó de respirar. Pero, al menos, nos deja acompañados por su obra, por sus reflexiones, por su brillantez y por su sensibilidad. El mundo y los seres humanos siempre tendremos lo que el maestro francés nos dejó, sus observaciones de las constelaciones humanas. El mundo que transformó para siempre lo recordará como uno de los humanos más humanos.

Lévi-Strauss fue una de las mentes más brillantes de la antropología moderna y el impulsor fundamental de la corriente estructuralista. Las estructuras fundamentales del parentesco (de 1949, donde se propone que lo que nos hace salir del estado natural es la prohibición del incesto y que ésta es la única constante cultural en la humanidad), Tristes trópicos (de 1955, una especie de biografía intelectual, un texto que no es un libro de viajes, sino sobre los viajes), Antropología Estructural (de 1985, donde se exponen las bases del método estructuralista), El Pensamiento Salvaje (de 1962, donde se hace una reivindicación del “pensamiento salvaje”) y la tetralogía Les mythologiques (compuesta por Lo crudo y lo cocido de 1964, De la miel a las cenizas de 1967, El origen de las maneras en la mesa de 1968 y El hombre desnudo de 1971), son textos fundamentales y fundacionales dentro de la tradición de pensamiento occidental. Pero, lo que es más importante es que son textos que rebaten, que cuestionan algunas de las máximas y de los prejuicios de occidente, son textos que derrumban con elegancia al eurocentrismo, que demuelen al antropocentrismo, que diluyen los límites que separan a “lo salvaje” de lo “civilizado”.

Fuertemente, influenciado por las obras de Freud, Marx y Saussure, Lévi-Strauss se convirtió en uno de los gigantes del pensamiento social del siglo XX, pero a diferencia de sus maestros y de la mayoría de sus contemporáneos, tuvo la capacidad de observar al otro y jamás lo negó. Lévi-Strauss intentó no ser paternalista, trató de no subestimar a sus interlocutores, aprendió de ellos asombrado, nos enseñó lo que aprendió y nos asombró. Si toda la humanidad tuviese la ética de Lévi-Strauss, el mundo sería un lugar mucho más habitable.

Debo confesar que lo que más me sorprende y me une a las obras del legendario antropólogo francés no son sus brillantes análisis y reflexiones estructuralistas, que son enormemente interesantes e interpelantes, lo que me fascina son sus relatos de los viajes, sus anécdotas, su prosa inteligente y poética. Lévi-Strauss era ante todo un gran cronista y un excepcional narrador, no tiene nada que envidiar a los mejores prosistas. La claridad y la belleza con la que transcribe sus viajes atrapan con facilidad al lector más difícil. Seguramente, nuestro entrañable Bartolomé Leal se encargará de profundizar esta cuestión.

La lista de intelectuales influidos por el pensamiento de Lévi-Strauss es tan extensa que las páginas de la Ramona no alcanzarían para anotar cada nombre, pero es importante subrayar que la antropología, la etnografía, la etnología, la filosofía, la sociología, tienen un antes y un después de Claude Lévi-Strauss. Su lucidez, su profundidad de pensamiento, su vocación humanista, sus reflexiones sobre la ecología, lo consagran como uno de los pensadores más importantes del siglo XX, como uno de los hombres más importantes de la tradición intelectual universal.

Recuerdo bien cuando leí por primera vez el hermoso libro La alfarera celosa (1986), quedé pasmado. En este texto se encuentran relaciones entre un animal insectívoro como el pájaro chotacabras, el arte de la alfarería y los celos conyugales, a través de los mitos de los pueblos amazónicos. En este libro, el maestro Lévi-Strauss nos muestra con genialidad y con una calidad literaria extraordinaria que, por ejemplo, los mitos de los jívaros (los conocidísimos reductores de cabezas) son mucho más ambiciosos y están más adelantados que el psicoanálisis de Freud y Jung. Sí, de eso se trata. Lévi-Strauss le demostró al mundo, le demostró a occidente, que los otros, que los indios, que las etnias “primitivas”, que los pueblos “perdidos”, que los “salvajes”, también somos poseedores de sabiduría, que somos poseedores de una enorme riqueza cultural e intelectual. Lévi-Strauss nos enseñó que la belleza de la constelación humana justamente está en que la componen un montón de estrellas, lejanas, brillantes, bellas, diversas, únicas, radicalmente diferentes, pero hechas de la misma materia esencial.

Brindemos por el pensamiento salvaje de un pensador salvaje, brindemos por sus textos salvajes, por sus aventuras salvajes, por sus viajes salvajes. Ahora que ha muerto, agradezcamos su presencia salvaje, su compañía salvaje. Leyéndolo jamás nos abandonará.

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