El astrónomo de las constelaciones humanas


Escribí esta nota sobre Claude Lévi-Strauss para la Ramona el año pasado, a cien años de su nacimiento.

Andrés Laguna
“Odio los viajes y a los exploradores”, esa es la primera frase que leí escrita por Claude Lévi-Strauss, padre de la antropología moderna, piedra fundamental y fundacional del estructuralismo, una de las corrientes de pensamiento dominantes del siglo XX. Inevitablemente la frase llamó mi atención, no es algo que uno espera que diga el etnógrafo más célebre de la historia, el hombre que viajó por tierras desconocidas para los occidentales, el hombre que exploró el amazonas brasilero y que estuvo en contacto con algunas de las etnias que cambiaron la forma de entender al ser humano. Recuerdo que comenzaba la universidad y, claro, terminando la carrera quería embarcarme en una aventura similar a las que sabía que vivió Lévi-Strauss. Pero, leer “odio los viajes y a los exploradores” me golpeó duro, si yo había decidido estudiar antropología en gran medida era justamente por los viajes, para ser un explorador. Con el tiempo entendí que para Lévi-Strauss las aventuras no eran más que un puñado de anécdotas que adornaban observaciones y reflexiones mucho más profundas, interesantes y relevantes. Mi vida jamás volvió a ser la misma.
El viernes pasado, 28 de noviembre, Claude Lévi-Strauss cumplió cien años y es la única gran figura del pensamiento del siglo pasado que sigue viva. Es el único personaje que revolucionó las ciencias sociales y que todavía vive para contarlo, eso es motivo de regocijo. Se sabe que hasta por lo menos octubre del año pasado, Lévi-Strauss seguía yendo a su oficina en el Colegio de Francia dos veces por semana. Sí, es una leyenda que camina, el mito hecho cuerpo.
Sus libros han sido de una importancia inconmensurable y han marcado a toda una generación de antropólogos, títulos como Las estructuras fundamentales del parentesco (de 1949, en la que se plantea que lo que nos hace salir del estado natural es la prohibición del incesto y que ésta es la única constante cultural en la humanidad), Tristes trópicos (de 1955, una especie de biografía intelectual, un texto que no es un libro de viajes, sino sobre los viajes), Antropología Estructural (de 1985, donde se exponen las bases del método estructuralista), El Pensamiento Salvaje (de 1962, donde se hace una reivindicación del “pensamiento salvaje”) y la tetralogía Les mythologiques (compuesta por Lo crudo y lo cocido de 1964, De la miel a las cenizas de 1967, El origen de las maneras en la mesa de 1968 y El hombre desnudo de 1971), son fundamentales dentro de la tradición de pensamiento occidental.
Resumir la vida y la obra de un hombre de las proporciones de Lévi-Strauss sería insolente y absurdo, sin embargo, me gustaría hacer algunos apuntes. Aunque muchos no estén de acuerdo, pero, leyendo sus libros la cuestión se hace evidente, Lévi Strauss no es antropólogo de formación básica, es filósofo, por tanto, sus reflexiones se hacen a partir de un territorio que pretende una profundidad especial, sus investigaciones no tienen un afán voyeurista, pretenden escudriñar lo esencialmente humano. Con esa intención se embarcó en su primer viaje al Brasil, para hacer su tesis doctoral, pero era una travesía que recogía la actitud primigenia del filósofo originario. Lévi-Strauss fue titular de la cátedra de antropología social del Colegio de Francia a partir de 1959, el más alto honor que puede recibir un intelectual francés, desde ahí siempre enseñó que la antropología estructural es un método de conocimiento original, que no es aplicable sólo a problemas puntuales, que tiene un marco de reflexión tan amplio y general que está más emparentado con un sistema de pensamiento filosófico que con un método de investigación de las ciencias sociales. Como explica el filósofo Dan Sperber, “Hizo de la palabra ‘estructuralismo’, hasta entonces reservada a los debates entre lingüistas, el nombre de un movimiento mucho más ambicioso”. Siempre bebiendo de sus tres maestros, Freud, Marx y la geología, y de la lingüística de Saussure, Lévi-Strauss cambió la forma de pensar en occidente con la radicalidad que sólo tiene una verdadera revolución. Lo interesante es que su influencia no sólo se limitó a la disciplina que practicaba, como Denis Bertholet dice, su obra “ha sido acogida fuera del mundo de los antropólogos”. Las obras de pensadores de la talla de Merleau-Ponty, Foucault, Althusser y Deleuze, no hubiese sido las mismas sin la influencia de la de Lévi-Strauss. Creo que esto no sólo se debe a la importancia y a lo innovador de su pensamiento, sino a su prosa impecable, a sus apasionantes narraciones.
Lévi-Strauss fue el hombre que nos hizo caer en cuenta de cuan importantes son las relaciones de filiación, de familia, de parentesco, de cuan fundamentales son la formas de cocción de los alimentos, de cual es la relevancia del pensamiento mítico y religioso dentro de un grupo social. Sin él estaríamos muy lejos de entender al “otro”. Es importante apuntar que también fue él quien relativizó la oposición entre naturaleza/cultura, el maestro Philippe Descola del Colegio de Francia, apuntaba que Lévi-Strauss fue quién detectó el parentesco del “pensamiento salvaje” con las operaciones intelectuales más complejas. Haciendo esto no sólo hizo que las ciencias sociales dieran un paso fundamental, sino que demolió las afirmaciones del determinismo social y aplastó a las corrientes de pensamiento racistas, además, fue uno de los más célebres y más agudos críticos del eurocentrismo (del que por momentos no pudo escapar, pero del que siempre renegó).
Pero eso no es todo, Claude Lévi-Strauss estaba obsesionado por la explosión demográfica y por la idea de que el mundo avanza en una dirección equivocada. El sociólogo Michel Maffesoli dice que el autor de El Pensamiento Salvaje es un ecologista, incluso un “ecósofo”. Por ejemplo en Tristes Trópicos, Lévi-Strauss apuntaba alarmado que una “civilización proliferante y sobre excitada perturbará para siempre los mares.”
Lévi-Strauss se calificaba a sí mismo como un “astrónomo de las constelaciones humanas”, un hombre que observaba y describía los movimientos de las estrellas humanas, a partir de ahí hacía una propuesta estética y ética, una propuesta crítica a una cultura dominante que agrede a otras culturas.
Sin duda, el mundo sería peor sin el aporte del pensador francés. Los homenajes a este monstruo de la antropología son innumerables y se los merece todos. Hace unos días, la colección de la biblioteca La Pléiade presentó el volumen Œuvres (Obras) de Lévi Strauss. El canal de televisión germano francés Arte, dedicó un día entero de su programación para rendir tributo al maestro. En todo el mundo se proyectaron documentales sobre su vida y su obra. Se le hicieron homenajes en Alemania, Brasil, Chile, China, España, Estados Unidos, Gabón, India, Islandia, Italia, México, Portugal, Rusia y Eslovenia. Y todo tiene sabor a poco.
Recuerdo bien que en Tristes Trópicos Lévi-Strauss narra su paso por Bolivia. Decía que Corumbá, la ciudad brasileña que se encuentra frente a la frontera boliviana, le parecía haber sido imaginada por Julio Verne. Cuenta que Santa Cruz siempre estaba inundada y que ahí fue arrestado, que en la biblioteca de esa ciudad había un gran letrero que tenía escrito algo así como: “Prohibido usar las hojas de los libros como papel higiénico”. Todo parece más humano a través de sus ojos.
Que uno de nuestros más grandes bienes dure cien años, que un hombre tan importante viva todo ese tiempo, es motivo de festejo. Es motivo para agradecer.


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