El cine de la nación clandestina, nuestra declaración de amor y de principios al cine boliviano
Este es el texto que escribí para la presentación de El cine de la nación clandestina. Aproximación a la producción cinematográfica boliviana de los últimos 25 años (1983-2008), en el Centro Patiño de Cochabamba.
Andrés Laguna
Muy buenas noches. Quiero comenzar agradeciendo al Centro Simón I. Patiño y a todos los presentes.
Como lo deben haber notado, está demás decirlo, hoy no puedo estar junto a ustedes, lo que me apena profundamente. Pero no puedo dejar pasar la oportunidad para escribir y leer algo, para celebrar la publicación de El cine de la nación clandestina. Aproximación a la producción cinematográfica boliviana de los últimos 25 años (1983-2008).
No recuerdo con exactitud la fecha de nacimiento de este proyecto, pero el momento está grabado en mi cabeza, las imágenes se agolpan con fuerza. Estoy seguro que era un martes, después de un almuerzo en el restaurante Buenos Aires, después de planificar la edición de esa semana con los Ramones. Santiago y yo continuamos con la charla de sobremesa en una esquina de la Plaza Colón, en la de la calle México. Por lo general, nos cuesta terminar las charlas. Siempre hay más que decir, más que compartir. En realidad, las responsabilidades más triviales no son más que breves pausas, tiempos muertos, de una infinita, dinámica y vital conversación sobre cine. Evidentemente, esa vez no fue una excepción, nuestra despedida se prolongó. Santiago, como una especie de feroz James Cagney, disparó una idea audaz, me encañonó con una propuesta peligrosa: elaborar un libro de historia del cine boliviano, escribir un texto que se ocupe de los años que nadie estudió, de los años que nadie analizó, curiosamente, uno de los periodos más fértiles y relevantes de la filmografía nacional. Casi poseído por el espíritu de un envalentonado Humphrey Bogart, acepté sin considerar los riesgos. Como el Paul Newman y el Robert Redford de Butch Cassidy and the Sundance Kid (1969), sin miedos, ni reparos, ni alternativas, saltamos a la balacera.
No mucho más tarde nos encontramos con los primeros problemas, entre otros, la falta de financiamiento y la carencia de bibliografía para la investigación. El primero, Santiago lo resolvió con habilidad, se encargó de todas las gestiones para conseguir los fondos de la Fundación Fautapo. Para resolver el segundo, la cosa fue más complicada. Si bien teníamos a mano los libros y trabajos de Pedro Susz, Alfonso Gumucio Dagron y Carlos D. Mesa, si bien teníamos a sus ideas de paracaídas, sus textos no contemplan específicamente lo que nos interesaba. Tuvimos que escarbar en publicaciones alternativas al libro, en revistas, periódicos y sitios virtuales. Además, tuvimos que entrevistar a poco más de una veintena de personas relacionadas con el cine, directores, productores, actores y actrices, entre otros, para completar la información. Por otro lado, volvimos a ver casi todas las películas que nutren a nuestro texto y charlamos. Charlamos mucho, mucho. Nos sumergimos en un ejercicio muy parecido al de The Dreamers de Bernardo Bertolucci. Claro, sin el contenido erótico/sexual. Recordamos con cariño películas, las comentamos, citamos sus diálogos más célebres, recordamos los cines en los que las habíamos visto por primera vez. Recordamos momentos, instantes.
Sí, creo que debemos confesar, e incluyo arbitrariamente a Santiago, que el proceso de confección de El cine de la nación clandestina fue una nueva declaración de amor al cine. En especial, al cine boliviano. Pero, éste es un amor maduro, es un amor que no ve todo perfecto, es un amor crítico, que exige cambios, que exige que se asuman ciertas responsabilidades y compromisos.
Santiago y yo estamos convencidos de que el cine contiene parte de la esencia del ser nacional, creemos que es un espacio privilegiado para la reflexión, por tanto, no se puede ni se debe dejar de pensar sobre el cine boliviano. Sí, creo que, a su manera, El cine de la nación clandestina es nuestra declaración de principios, es nuestro compromiso.
También me parece pertinente confesar que, en gran medida, casi todo lo que se plantea en el libro nace de las largas conversaciones entre Ramones. Nuestras largas charlas bañadas de cerveza y vino, impregnadas de humo, florecieron en este libro. Sergio, Lucho, Javier, Adriana, entre otros, involuntariamente fueron los colaboradores fundamentales de este texto. Creo que El cine de la nación clandestina es otro de los frutos del espacio de encuentro y desencuentro en el que se ha convertido la Ramona. El privilegio y el placer de hacer parte del equipo de redacción, se traduce en la maravillosa oportunidad de trabajar con gente creativa, inteligente y honesta. Cuando Sergio y yo comenzamos con el suplemento, jamás pensé que terminaríamos haciendo parte de un grupo tan fértil y entrañable. Justamente, fue gracias a la Ramona que conocí a Santiago, el compañero ideal a la hora de embarcarse en cualquier aventura. Este libro es también una prueba de nuestra complicidad. Quiero darle las gracias por ser un excelente camarada, un brillante interlocutor, un gran hermano de armas, un verdadero amigo.
Quiero aprovechar para hacer público mi agradecimiento a la fundación Fautapo y a la Editorial Gente Común, sin lugar a dudas, este libro sería impensable sin su colaboración y apoyo.
Finalmente, no puedo dejar de hacerlo, quiero dar las gracias a mi familia, a mis amigos y a mi mujer, los nutrientes fundamentales de la vida misma, no sólo de este libro.
El cine de la nación clandestina, al menos para mí, no es mucho más que una aproximación a la producción cinematográfica del país, no es más que un intento por entendernos, no es más que un acto de amor, no es más que un compromiso, no es más que una declaración de principios. Escribir El cine de la nación clandestina fue una necesidad y una alegría. Pero no debe ser más que un parlamento de un nuevo diálogo en el inmenso guión de la historia del cine boliviano.
Muchas gracias
Andrés Laguna
Muy buenas noches. Quiero comenzar agradeciendo al Centro Simón I. Patiño y a todos los presentes.
Como lo deben haber notado, está demás decirlo, hoy no puedo estar junto a ustedes, lo que me apena profundamente. Pero no puedo dejar pasar la oportunidad para escribir y leer algo, para celebrar la publicación de El cine de la nación clandestina. Aproximación a la producción cinematográfica boliviana de los últimos 25 años (1983-2008).
No recuerdo con exactitud la fecha de nacimiento de este proyecto, pero el momento está grabado en mi cabeza, las imágenes se agolpan con fuerza. Estoy seguro que era un martes, después de un almuerzo en el restaurante Buenos Aires, después de planificar la edición de esa semana con los Ramones. Santiago y yo continuamos con la charla de sobremesa en una esquina de la Plaza Colón, en la de la calle México. Por lo general, nos cuesta terminar las charlas. Siempre hay más que decir, más que compartir. En realidad, las responsabilidades más triviales no son más que breves pausas, tiempos muertos, de una infinita, dinámica y vital conversación sobre cine. Evidentemente, esa vez no fue una excepción, nuestra despedida se prolongó. Santiago, como una especie de feroz James Cagney, disparó una idea audaz, me encañonó con una propuesta peligrosa: elaborar un libro de historia del cine boliviano, escribir un texto que se ocupe de los años que nadie estudió, de los años que nadie analizó, curiosamente, uno de los periodos más fértiles y relevantes de la filmografía nacional. Casi poseído por el espíritu de un envalentonado Humphrey Bogart, acepté sin considerar los riesgos. Como el Paul Newman y el Robert Redford de Butch Cassidy and the Sundance Kid (1969), sin miedos, ni reparos, ni alternativas, saltamos a la balacera.
No mucho más tarde nos encontramos con los primeros problemas, entre otros, la falta de financiamiento y la carencia de bibliografía para la investigación. El primero, Santiago lo resolvió con habilidad, se encargó de todas las gestiones para conseguir los fondos de la Fundación Fautapo. Para resolver el segundo, la cosa fue más complicada. Si bien teníamos a mano los libros y trabajos de Pedro Susz, Alfonso Gumucio Dagron y Carlos D. Mesa, si bien teníamos a sus ideas de paracaídas, sus textos no contemplan específicamente lo que nos interesaba. Tuvimos que escarbar en publicaciones alternativas al libro, en revistas, periódicos y sitios virtuales. Además, tuvimos que entrevistar a poco más de una veintena de personas relacionadas con el cine, directores, productores, actores y actrices, entre otros, para completar la información. Por otro lado, volvimos a ver casi todas las películas que nutren a nuestro texto y charlamos. Charlamos mucho, mucho. Nos sumergimos en un ejercicio muy parecido al de The Dreamers de Bernardo Bertolucci. Claro, sin el contenido erótico/sexual. Recordamos con cariño películas, las comentamos, citamos sus diálogos más célebres, recordamos los cines en los que las habíamos visto por primera vez. Recordamos momentos, instantes.
Sí, creo que debemos confesar, e incluyo arbitrariamente a Santiago, que el proceso de confección de El cine de la nación clandestina fue una nueva declaración de amor al cine. En especial, al cine boliviano. Pero, éste es un amor maduro, es un amor que no ve todo perfecto, es un amor crítico, que exige cambios, que exige que se asuman ciertas responsabilidades y compromisos.
Santiago y yo estamos convencidos de que el cine contiene parte de la esencia del ser nacional, creemos que es un espacio privilegiado para la reflexión, por tanto, no se puede ni se debe dejar de pensar sobre el cine boliviano. Sí, creo que, a su manera, El cine de la nación clandestina es nuestra declaración de principios, es nuestro compromiso.
También me parece pertinente confesar que, en gran medida, casi todo lo que se plantea en el libro nace de las largas conversaciones entre Ramones. Nuestras largas charlas bañadas de cerveza y vino, impregnadas de humo, florecieron en este libro. Sergio, Lucho, Javier, Adriana, entre otros, involuntariamente fueron los colaboradores fundamentales de este texto. Creo que El cine de la nación clandestina es otro de los frutos del espacio de encuentro y desencuentro en el que se ha convertido la Ramona. El privilegio y el placer de hacer parte del equipo de redacción, se traduce en la maravillosa oportunidad de trabajar con gente creativa, inteligente y honesta. Cuando Sergio y yo comenzamos con el suplemento, jamás pensé que terminaríamos haciendo parte de un grupo tan fértil y entrañable. Justamente, fue gracias a la Ramona que conocí a Santiago, el compañero ideal a la hora de embarcarse en cualquier aventura. Este libro es también una prueba de nuestra complicidad. Quiero darle las gracias por ser un excelente camarada, un brillante interlocutor, un gran hermano de armas, un verdadero amigo.
Quiero aprovechar para hacer público mi agradecimiento a la fundación Fautapo y a la Editorial Gente Común, sin lugar a dudas, este libro sería impensable sin su colaboración y apoyo.
Finalmente, no puedo dejar de hacerlo, quiero dar las gracias a mi familia, a mis amigos y a mi mujer, los nutrientes fundamentales de la vida misma, no sólo de este libro.
El cine de la nación clandestina, al menos para mí, no es mucho más que una aproximación a la producción cinematográfica del país, no es más que un intento por entendernos, no es más que un acto de amor, no es más que un compromiso, no es más que una declaración de principios. Escribir El cine de la nación clandestina fue una necesidad y una alegría. Pero no debe ser más que un parlamento de un nuevo diálogo en el inmenso guión de la historia del cine boliviano.
Muchas gracias
Comentarios
Ambos libros fueron publicado por Gente Común, ellos distribuyen sus libros en casi todas las librerías, por ejemplo, en Los amigos del libro. Lamentablemente, yo no estoy en Cocha, no te puedo confirmar si ya lo distribuyeron. En todo caso, si llamas a Opinión y preguntas por Santiago Espinoza o por Sergio de la Zerda, obtendrás información más precisa.
Gracias por tu interés.