In memoriam Jerome David Salinger: Recuerdos del guardián


Andrés Laguna

Jerome David Salinger ha muerto y el mundo, tan desconsiderado e irascible como siempre, no se ha detenido para rendirle homenaje. Lo que nos puede consolar a sus devotos es que por lo menos venció, cumplió con uno de sus acometidos. Se hizo tan esquivo para los medios de comunicación y para los fans que hasta su rostro se ha hecho confuso. Sufriendo una risita nerviosa, respirando un vaho de estupefacción y de perplejidad encontré, en la edición digital del viernes del diario La Prensa de La Paz, una foto de un viejito y de una señora desconocidos, asegurando que era una foto de Salinger de los ’50. Incluso, en el informativo de la cadena televisiva Cuatro (que hace parte del mismo grupo del diario El País de España) pasaron una foto de John Updike entre las del autor de El guardián entre el centeno, sin percatarse del grosso error. Despistó a todos. Ahora puede descansar en paz, ésa que buscó durante cincuenta años recluido en su búnker de New Hampshire. Tal vez, lo justo, sería alegrarnos por él. Pero es imposible celebrar la muerte de una figura mítica y legendaria que parecía ser inmortal, invisible y omnipresente.

J. D. Salinger es uno de los poquísimos e imprescindibles autores iniciáticos. Cuando uno lee literatura como la suya siente una sensación demasiado parecida al enamoramiento, al amor a primera vista. Por eso debe ser tan difícil explicar y describir el sentimiento. Intentarlo no está demás. Intentarlo siempre es legítimo. Intentarlo es nuestro poema, nuestra declaración de amor. La obra de Salinger es literatura que acompaña con intensidad, que emociona, que revuelve el estomago, que acaricia rincones hasta entonces desconocidos, que permite con hospitalidad identificaciones, que permite apropiaciones. Hace varios años, en una artículo para Radar Libros, Rodrigo Fresán nos prevenía: “Salinger es un escritor virósico y con alta potencia de contagio. Un escritor que contamina y que hay que saber manejar con precaución: su disfrute y estudio es benéfico hasta cierto punto. Superado este límite invisible (pero que está ahí, que existe), se corre el riesgo de quedar atrapado entre sus redes”. Amén. Y ser atrapado puede ser delicioso y demoledor a la vez.

Mi Salinger es el de los Nueve cuentos, uno germinal, el primero que conocí, y tal vez el más polémico, el que más discusiones, debates y estudios ha merecido. Pero, ah, es uno tan intenso, tan íntimo, tan profundo, tan recomendable para almas sensibles, intuitivas e inquietas. Aunque, con seguridad, la novela El guardián entre el centeno, publicada en 1951, es la obra con la que se hizo célebre y adquirió el rótulo de clásico indiscutible de la literatura universal. Con ella ganó los aplausos de la crítica, entró al panteón de los escritores estadounidenses y la veneración del público masivo.

Nació el 1º de enero de 1919 en Nueva York, pero me la impresión que siempre se sintió como una especie de extranjero en su ciudad. Su lenguaje, sí, muy newyorkino, se convirtió en una especie de patria, en la que podían vivir sus encantadores personajes, sus seductores personajes. Recibió su formación en una academia militar de Pennsylvania y en la Universidad de Nueva York, sin sobresalir en los estudios. Al parecer completó su formación en Viena, París, Londres y Varsovia, cuando acompañó a su padre, intentando aprender el oficio de la familia. Fue reclutado para combatir en la Segunda Guerra Mundial, desembarcó en Utah Beach el día-D con la Cuarta División y estuvo con el 12ª de Infantería hasta el fin del conflicto. El horror lo marcó para siempre, la guerra fue una experiencia fuerte y traumática, que fue la fuente de algunos de sus relatos más formidables, “Un día perfecto para el pez banana” (que relata los últimos instantes de Seymour Glass, tal vez su personaje más importante, un ex soldado suicida) y “Para Esmé, con amor y sordidez” (brillante texto narrado por un soldado traumatizado).

Desde 1942 empezó a trabajar para The New Yorker (dónde a lo largo de los años publicó trece de sus cuentos). El primer éxito literario llegó de la mano del ya mencionado relato “Un día perfecto para el pez banana”, publicado en 1948 por la revista neoyorkina. Entre 1951 y 1963, publicó cuatro libros: la novela El guardián entre el centeno, los libros de relatos Nueve cuentos, Franny y Zooey y Levantad, carpinteros, la viga del tejado. Y no publicó un solo volumen de ficción más. Y fue suficiente para cambiar la historia de la literatura para siempre.

Se dice que su consagración comenzó con la elogiosa crítica que escribió Eudora Welty para The New York Times sobre los Nueve cuentos. Diez años después, y también en The New York Times, John Updike, el padre del entrañable Harry “Rabbit” Angstrom, escribió algo incuestionable sobre Franny & Zooey: “Salinger ama a la familia Glass más que Dios. Los ama con tanto celo que ha quedado encerrado sin llave ahí dentro”. Algo que siempre admiro de un autor, es que ame a sus personajes, en lo que Salinger era ejemplar, creo que ahí radica buena parte de la ética creativa.

Su último cuento publicado fue “Hapworth 16, 1924”, en The New Yorker en junio de 1965, que la mayoría de los críticos destrozaron, afirmaron con ligereza e irresponsabilidad que fue “lo peor que escribió”. Durante años escribió artículos y se construyó una leyenda en torno a su vida. Sus datos biográficos son curiosos. Se dice que se casó con una alemana, después de la Segunda Guerra, estuvieron juntos durante un breve periodo de tiempo, los biógrafos no saben mucho de ella. Se dice que fue un mujeriego. Hasta que en 1953 conoció a Claire Douglas, la hija del crítico de arte británico Robert Langdon Douglas, ella tenía 19 años, dos años después se casaron. El matrimonió tuvo dos hijos Margaret (que hace no mucho escribió una horrible biografía de su padre en la que intenta con desatino ventilar su intimidad) Matthew (actor y productor de cine, que en los años ’80 encarnó, increíblemente, al mismísimo Capitán América). Luego se le conocieron varias amantes y episodios que denotaban una especie de neurosis galopante.

Como todos lo saben, durante medio siglo, Salinger se encerró y celó su privacidad con ferocidad. Su última entrevista es de 1974 para el Times, en ella confesó algo así: “Hay una maravillosa paz en no publicar. Es apaciguante. Publicar es una terrible invasión a mi privacidad. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero lo hago para mí y para mi propio placer”. Todos suponen y esperan, que J. D. nunca haya dejado su oficio y que ahora podamos disfrutar de millones de páginas inéditas. Y, seguramente, geniales. Ya veremos…

Desde entonces, Salinger se dedicó a demandar a todo hereje que ose levantar su nombre en vano. Por ejemplo, en 1987 consiguió que un tribunal estadounidense cancelase la publicación de una biografía no autorizada escrita por el crítico inglés Ian Hamilton. El tribunal falló a favor del autor con el argumento de que el libro titulado En busca de J. D. Salinger, “citaba o parafraseaba” cartas escritas por él hace veinticinco años sin su consentimiento. Frente al tribunal Salinger, salió del anonimato para sentenciar: “Soy un autor de cierto renombre”, y con todo el derecho del mundo he “decidido abandonar por completo la atención pública”. Hace poco, consiguió que se prohibiera la publicación de un libro de un autor sueco que pretendía ser una nefasta secuela del El guardián entre el centeno, ¡protagonizada por un Holden septuagenario!!!.

Y un montón de chismes corrieron sin cesar, incluso se hicieron varias películas, muy malas, en las que con los rostros de Sean Connery y James Earl Jones, se barajaron hipótesis sobre la vida anónima de Salinger. Cuestiones absolutamente irrelevantes, en relación a la importancia de la obra de J. D.

Tengo la impresión que la última vez que leí a Salinger fue el 2004, cuando se reeditó uno de sus volúmenes magistrales, Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción. Su majestuosidad estaba intacta, los años vividos no evitaron que siga deslumbrándome. Todo como la primera vez. Si algunas canciones son la banda sonora de nuestra vida, algunos libros son los epígrafes perfectos de nuestros más valiosos recuerdos. Salinger escribió algunas frases e imágenes que nos remontan a tiempos por los que sentimos nostalgia, tiempos en los que sentíamos que todo el mundo estaba en contra nuestra, tiempos en los que sentíamos que no podríamos seguir soportando el peso de los días, tiempos en los que sentíamos que no podríamos aguantar más las superficialidades de la vida cotidiana. Salinger es la esencia de la juventud feroz, libre y sensible.

Holden Caulfield (el narrador/protagonista de El guardián…), los Glass (Franny, Zooey, Buddy, Seymour, Boo Boo, Walt, Waker), son manifestaciones de la añoranza de la juventud más intensa, de la añoranza de la adolescencia esencial. Esos personajes suelen ser excluidos, incomodados por dudas existenciales, con una especie de vocación esotérica y suicida, son buscadores incansables de algo esencial, de algo trascendente. Son nostálgicos de un tiempo pasado que por lo general fue mejor. Extrañan a la infancia, a la infancia casi mítica, a la inocencia. Un territorio al que siempre volvemos.

J. D. Salinger fue un guardián de esa memoria que nos permite existir en este mundo, de la memoria que nos hace lo que somos, de la memoria que nos hace humanos. Sus libros, sus historias, sus personajes, su lenguaje, sus reflexiones, sus frases quedan. La memoria los guarda intactos. O no tanto.

Perfectos.

Inquebrantables.

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