A 100 años del nacimiento del venerable Akira Kurosawa: Artista, samurai y poeta


Andrés Laguna

Cuando esta nota se publique ya habrá pasado casi una semana del centenario de nacimiento de Akira Kurosawa, uno de los directores de cine más importantes de la historia, uno de los más grandes y extraordinarios artistas, un auténtico genio, una de las manifestaciones más brillantes de la divina humanidad del ser humano.

Kurosawa es responsable de la popularización del cine asiático, hoy tan respetado y consumido. Sin su obra los mejores tesoros de oriente hubiesen permanecido escondidos. Está demás reconocer la importancia e influencia del cine asiático en el panorama mundial, Kurosawa fue el responsable del contacto entre dos mundos, gracias a él cambió el cine, se enriqueció, se vitalizó. Toshiro Mifune, su actor fetiche –trabajaron juntos en dieciséis películas-, lo dijo: “El simple hecho de que el cine japonés sea conocido en Occidente se debe a las películas de Akira Kurosawa”.

Curiosamente, toda la obra de Kurosawa está influida por el cine y el arte de occidente, reescribió algunas de las historias más poderosas de occidente a partir de sus códigos y de su singularidad, de su fogosa y perfecta visión, reinventó mitos, se los apropió, para más tarde devolverlos renacidos, para ofrecerlos a una humanidad siempre necesitada de sensibilidad y belleza. Reinventó a Shakespeare (en Ran y Trono de sangre), a Gorki (en Los bajos fondos), a Dostoievski (en El idiota), al western (en Los siete samurais, Sanjuro, El mercenario y La fortaleza escondida) y al cine negro (en El infierno del odio y Los canallas duermen bien). Akira Kurosawa hace parte de la estirpe de artistas que llegan al mundo para transformarlo, para llenarlo de vida y de luz, de sensibilidad e inteligencia.

Cinéfilo apasionado, amante del cine de oro de Hollywood, seguidor de Frank Capra, William Wyler y Howard Hawks, devoto de John Ford y discípulo de Kajiro Yamamoto, comenzó su carrera cinematográfica como asistente de dirección, fue el periodo en el que aprendió todos los trucos del artesano, pero fue su talento y su visión innata, lo que lo convirtieron en un artista mayor. Rashomon es la primera película suya que impresionó al público internacional y es una de las más influyentes de su obra total. La cinta descompone el relato de un asesinato en cuatro visiones contradictorias correspondientes a cada uno de los implicados, lo que representó una revolución narrativa, una ruptura formal sin precedentes para demostrar la naturaleza fragmentaria de la verdad. Películas tan distintas como El último verano en Marienbaud, de Resnais, Los sospechosos de siempre, de Singer, o incluso, la pifiada comedia nacional, La Promo, de Lora, son sus deudoras directas.

Películas como Vivir, Los siete samuráis, Trono de sangre, La fortaleza escondida fueron determinantes para directores fundamentales. Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Steven Spielberg y George Lucas, se reconocen como grandes admiradores de Kurosawa. Sí, mis amigos geeks, sin Kurosawa, Star Wars no sería lo que es. En los últimos años de su carrera, cuando los estudios ya no creían en él, los directores mencionados le consiguieron financiamiento para obras de la talla de Kagemusha y colaboraron con él, por ejemplo, recuerden al Van Gogh de Dreams. Le devolvieron el favor. Tuvieron el placer de aprender de un genuino maestro y cuando pudieron abogaron por él. Scorsese decía de Kurosawa: “Su influencia es tan profunda que puede calificarse de incomparable. No hay nadie como él”.

Se cuenta que era un perfeccionista obsesivo, que era tiránico en el set. En el maravilloso libro El emperador y el lobo de Stuart Galbraith IV, el notable historiador del cine, cuenta que el 9 de diciembre de 1968, durante el rodaje de Tora! Tora! Tora!: "Kurosawa se enfureció por el uso de una claqueta y se puso a golpear al hombre de la claqueta en la cabeza con un trozo de papel enrollado. El hombre se marchó. Luego se volvió al ayudante de dirección y le pegó con el papel. Tras esa acción, dijo al ayudante de dirección que golpease a todo el equipo". Ese mismo año, el 24 de diciembre, Kurosawa cancelaba su participación en Tora! Tora! Tora!, el proyecto sobre el ataque a Pearl Harbor para el que había firmado con la Fox. Se dice que ese fracaso contribuyó al intento de suicidio del director en 1971. Kurosawa vivía para el cine, vivía el cine, lo que generaba un cine lleno de vida e intensidad.

Su conocimiento técnico del arte era impresionante, era un genio del montaje y la edición, sus películas logran texturas maravillosas. Basta observar la paleta de Dreams para entender que uno está frente a un genio pictórico que hace películas. Sus guiones son extraordinarios, en todos los niveles posibles, argumentalmente, narrativamente, discursivamente. Kurosawa era un poeta, un narrador, un pintor, un filósofo, un dramaturgo, un guerrero: un samurai. Un genuino director de cine.

Se cuenta que cuando Kurosawa conoció al venerable John Ford, el director estadounidense le dijo: “Realmente te gusta la lluvia”. El realizador japonés respondió: “Realmente le ha estado prestando atención a mis películas”.

El guerrero frente a su señor, cumplió con su tarea, son su misión.

Fue recompensado.

Y el círculo se cerró.

El samurai siguió su camino.

Hacer cine.

El mejor.

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