In memoriam Arthur Penn: Tiempos violentos

Andrés Laguna
Se suele decir que el cine estadounidense de los años ’50 es insuperable. Se suele decir que, sin contar con las obras de Alfred Hitchcock, Stanley Kubrick y Orson Welles, el cine de los años ’60 sólo brilló en Europa, en Francia, por supuesto gracias a la Nouvelle vague. Se suele decir que en los ’70, directores de la talla de Martin Scorsese, Francis Ford Coppola y Dennis Hopper llegaron para salvar a una industria que parecía estar a la deriva. Todo eso es cierto relativamente, pues se suele olvidar lo que Arthur Penn hizo desde que debutó en 1958 con el notable western The Left-Handed Gun. Inexplicablemente subestimado cuando se estrenó, protagonizado por un joven y brillante Paul Newman –encarnando al célebre pistolero Billy The Kid-, The Left-Handed Gun es un film que ha envejecido majestuosamente bien y que con el tiempo se ha convertido en una pieza de culto, en especial por la atenta aproximación psicológica a la historia y al personaje. Con esta su gran opera prima cinematográfica, Penn se aproximaba a las cuestiones que lo acompañarían en casi toda su obra, la reflexión de lo profundamente humano a través de la violencia o en un contexto violento. Aparentemente, para Penn el ser humano en su vida en sociedad está inmerso en relaciones y juegos de poder que inevitablemente son violentos, pero que pueden ser trascendidos por cuestiones mucho más profundas, como el amor, la ética personal, la solidaridad, la lealtad y la hospitalidad. Desde un punto de vista más formal e histórico, la relevancia de la obra de Penn está en que fue uno de los grandes responsables de introducir la técnica y la ética de la nouvelle vague en el cine de mundial, popularizó lo que comenzaron a predicar los genios franceses. La obra de Penn es heredera del cine de la edad de oro de Hollywood, bebió de directores como Alain Resnais, François Truffaut y Jean-Luc Godard, es hermana de la del gigantesco Sidney Lumet y fue determinante para gente como Scorsese, Coppola y Quentin Tarantino, entre muchos otros. Fue un eslabón de lujo entre varios mundos brillantes. La noticia de su muerte, hace unos días, debe entristecernos, sí. Pero, ante todo, debe ser una excusa para celebrar una obra fundamental y extraordinaria, para aplaudir a una mente creativa que no recibió el reconocimiento y el apoyo que realmente merecía –durante las últimas décadas sufrió para conseguir financiamiento, no encontró un espacio en un mercado que cada vez se cierra más a la sensibilidad y a la inteligencia-.
Arthur Penn comenzó su carrera trabajando en el teatro y la televisión, fue nominado al Emmy y ganó el Tonny. Fue asesor de un joven senador demócrata, le enseñó a hablar frente a las cámaras y lo ayudó a vencer en los debates televisivos a su oponente que era muchísimo más experimentado, un viejo republicano. El joven se llamaba John F. Kennedy, el oponente Richard Nixon. Todos conocemos el resto de la historia. Pero, su genuino talento estaba detrás de las cámaras y fue con su segunda película que se labró un nombre en la industria. The Miracle Worker (1962), la versión fílmica de una obra de teatro con la que Penn cosechó fama y reconocimiento, les valió dos Oscares a sus protagonistas, Anne Bancroft, inolvidable como siempre, y Patty Duke. Algunos años después, en 1965 rodó Mickey One, cinta en la que nacería una sociedad que años después cambiaría definitivamente la historia del cine, trabajó por primera vez con Warren Beatty. En 1966, Penn estrenaría una de sus grandes obras maestras, mi favorita de su filmografía, The chase, conocida en castellano con el horroroso y poco sutil título de La jauría humana. En esta compleja y brillante cinta, que se dice que fue recortada por el productor Sam Spiegel, Penn hace un trabajo extraordinario, colaborado por un elenco inmejorable (el omnipotente Marlon Brando, Robert Redford, Jane Fonda y Robert Duvall), en la que con belleza y sensibilidad se narran situaciones relacionadas con el racismo, la exclusión, la ignorancia, la corrupción, la redención, la compasión, la fidelidad, la justicia, la prepotencia, la verdad y, claro, la violencia. Uf, The chase es la clase de cintas inolvidables e imprescindibles, que tienen una clara visión ética y estética, que cuestionan agudamente la moral de un tiempo y de un lugar. 
Sin lugar a dudas, la cinta más importante e influyente de Arthur Penn, por la que será recordado, es Bonnie & Clyde. Se dice que originalmente la cinta fue ofrecida a François Truffaut y a Jean-Luc Godard, que ambos hubiesen estado encantados de haberla firmado. Esta película, está demás decirlo, es una genuina obra de arte, antecesora directa de obras tan relevantes como Taxi driver, Mean Streets o The Godfather. Bonnie & Clyde es el bello, sensual, romántico y violento retrato de dos criminales que se amaban perdidamente, encarnados de manera imborrable por Warren Beatty y la inagotablemente bella Faye Dunaway. La cinta marcó un hito en la historia del cine, era explícitamente violenta y, al mismo tiempo, sutil, llena de metáforas, de alegorías. En un país que parecía derrumbarse ante la crisis económica, dos bribones, embriagados de amor y de su propio mito, se convertían en una respuesta visceral a un mundo más violento que ellos y carente de todo lirismo, a un mundo despiadado y sin ningún tipo de valores.
Penn no volvió a tener un éxito parecido al de Bonnie & Clyde, lo que no quiere decir que dejó de realizar grandes películas, entre ellas recuerdo con especial emoción a Alice’s Restaurant (protagonizada por Arlo Guthrie y en la que sus reflexiones siguen el curso de toda su obra, pero ambientada en una comunidad hippie), Little Big Man (un extraordinario anti-western, en el que Dustin Hoffman logra una de sus más notables interpretaciones), Night Moves (un muy respetable thriller interpretado por Gene Hackman), The Missouri Breaks (su segundo trabajo con Brando, una especie de western surrealista, coprotagonizado por Jack Nicholson, repleto de momentos magistrales y alucinados), entre varias otras. Hollywood y las audiencias, hambrientos de películas pipoqueras, poco exigentes y estimulantes, terminaron relegando a Arthur Penn a permanecer en los márgenes, tuvo que refugiarse en el espacio al que escapan por estos días buena parte de los genuinos artistas de la imagen en movimiento: la televisión. Entre otras, Penn trabajó un tiempo para la serie Law & Order, dirigiendo algún capítulo. Tanto talento desperdiciado.
La muerte de Arthur Penn era inminente, como todas las muertes, supongo. Siempre hay que lamentar que una fuente creativa se seque. Pero siempre hay que agradecer que de ella haya brotado, con exuberancia, ese extraño elemento vital que es el verdadero arte cinematográfico. Como ya lo apunté, intuyo que Penn siempre creyó que el ser humano es violento, pero siempre repitió que es capaz de trascender esa violencia y de redimirse. Me imagino que, en gran medida, de eso se trata la vida.
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