Las dos True grit: Tesón contra tesón

Andrés Laguna
El reciente estreno de la maravillosa True grit (2010) de los hermanos Coen sirvió para demostrar definitivamente que el western, en su forma más clásica, no está muerto. Todo lo contrario, es un género que es una gran fuente de inspiración artística y que tiene un gran potencial comercial, no en vano fue un indiscutido éxito de crítica y un sorpresivo taquillazo –se convirtió en una de las películas del oeste con mayor recaudación de la historia, sólo superada por esa entrañable obra llamada Dances with wolfes (1990)-. True grit es una auténtica joya, una pieza de cine clásico, entretenida, inteligente, emotiva y perdurable, no sólo es una gran representante del género al que está inscrita, es una gran muestra del genio artístico de dos de los cineastas más importantes de la historia, Ethan y Joel Coen, esa especie de monstruo de dos cabezas, rebosante de peculiares talentos, de una creatividad imprevisible y deslumbrante. Como ya todo el mundo debe saberlo, la cinta es una adaptación de la novela homónima de Charles Portis, que ya fue llevada al cine en 1969 por el veterano director de westerns Henry Hathaway. El éxito de la versión de 2010, ha puesto nuevamente en vitrina a la primera cinta, que en su tiempo fue muy exitosa y que está en el corazón de todos los amantes de las películas de vaqueros. Debo reconocer que prefiero la versión de los Coen, pues tiene una propuesta cinematográfica muchísimo más compleja y discursivamente más elaborada, más propositiva. Pero, la cinta de Hathaway –un habilísimo artesano de la vieja escuela- tiene luz propia, es un extraordinario western, que pretende poco más que entretener y hacer crecer la leyenda de su legendario protagonista: John Wayne.
Evidentemente, el argumento de ambas cintas es prácticamente el mismo, la pequeña Mattie Ross, una niña de carácter fuerte y auténtico genio persuasivo, quiere vengar la muerte de su padre, asesinado por el bandolero Tom Chaney. Para hacerlo contrata al marshall Reuben “Rooster” Cogburn, un hombre de ley veterano, con fama de tener gran temple y tesón, que siempre hace lo imposible por cumplir con su tarea. Se unirá a la cacería el Texas ranger LaBoeuf, que también está detrás de las huellas de Chaney. Los tres seguirán el rastro del peligroso forajido, que se ha unido a una banda de sujetos igual de amenazadores que él, en especial el líder de la pandilla, Lucky Ned Pepper, un viejo adversario de Rooster. Los protagonistas se adentrarán en un hostil y desértico territorio indio, que representará una doble dificultad para la tarea.
Los hechos fríos son los mismos, salvo al principio y al final. En la versión de Hathaway hay una larga introducción que los Coen se ahorran, logrando que un aura misteriosa envuelva al crimen que justifica la historia y al villano responsable. En cuanto a los finales, sin entrar en detalles que puedan estropear el visionado de las películas, se puede apuntar que Hathaway prefiere un final feliz más clásico, en cambio, los Coen optan por hacer un agridulce y lírico homenaje a un tiempo, a unos héroes, que se extinguieron en medio de la autoparodia, a pesar de haber forjado el espíritu de una nación. Muchos parlamentos son idénticos, pero lo que realmente distingue a las dos películas es el tono. La de 1969 es, a pesar de todo, heroica y caballeresca. La de 2010 es más cínica y pesimista. 
Lo que llama la atención y que tal vez pueda resumir los espíritus de las películas es la utilización de la luz. En la versión de Hathaway prácticamente ninguna de las escenas fundamentales suceden de noche y en exteriores, salvo por un dialogo entre Rooster y Mattie –poco antes del primer enfrentamiento con la banda de Pepper-. Todas las escenas fueron rodadas muy al estilo de los ’50, haciendo uso de teleobjetivos, que nos permiten ver la inmensidad y la belleza de una naturaleza casi virgen, frente a la pequeñez de nuestros héroes –que se enfrentan a grandes riesgos y que salen airosos gracias a su temple, a su tesón-. En esta versión, los paisajes son formidables, fértiles, de una gran belleza, más intimidantes por su perfección, que por su hostilidad, jamás tenemos la sensación de que la presencia del sol es penetrante y que su ausencia es acongojante. En cambio, en la versión de los Coen muchísimas escenas fueron rodadas después del anochecer, al aire libre, varias escenas simplemente parecen haber sido iluminadas por el flameante resplandor del fuego o por la pálida luz de la luna. La versión de 2010, es mucho más oscura y opresiva que la de 1969. Más precisamente, hace uso de una suerte de “chiaroscuros” con gran maestría. Recurre a ciertos contrastes que hacen que la aridez del desierto aparente ser infernal cuando el sol está sobre las cabezas de los personajes y, por otro lado, en las escenas nocturnas, parece que la oscuridad de la noche estuviese acechando silenciosamente para devorar a los héroes en el momento apropiado. Lo que logra el venerable Roger Deakins, el director de fotografía habitual de los Coen, es que visualmente la cinta tenga la majestuosidad de todo western que se respete, pero que además contenga la complejidad del discurso de la película.
La True grit de Hathaway es importante por muchas cuestiones, una de ellas, tal vez la más significativa, es que con un argumento y personajes que podrían haberse ajustado a la ambigüedad que reinaba por esos años en la industria cinematográfica estadounidense, se las ingenió para realizar uno de los últimos westerns con los patrones de las obras maestras de los años ’40 y ’50. Es una película con toda la magia de la edad de oro. Terminó siendo una declaración de principios frente al nuevo Hollywood, ése al que le debemos tanto, tanto, que proclamaba valores morales flexibles y una narración más realista y/o impresionista, más “sucia”. La True grit de Hathaway fue una alternativa, una obra en la que los héroes eran imbatibles, a pesar de ser imperfectos, y en la que los códigos morales eran de hierro, incuestionables. A su estilo, la película de los Coen hace algo parecido, ante las futilidades de muchos realizadores contemporáneos, retoman el relato clásico de manera explícita y lo reinventan –creo que siempre hicieron eso, aunque con la habilidad suficiente para no hacerlo notar a primera vista-.
Finalmente, la comparación evidente es la del elenco, que puede ser muy ociosa e inacabable. El gran crítico de cine Roger Ebert, escribió sobre John Wayne: “Hoy no hay un actor de cine que sea más arquetípico”. Lo que es indudable. No hay un rostro que rígidamente represente tanto a un género como el de The Duke. El hombre es la encarnación del western, con sus valores trogloditas, con su conservadurismo, con su estilo rudo, que se repite una y otra vez, pero que es tan entretenido y que nunca cansa. Wayne no era un gran actor, era una gran presencia, que se imponía, incapaz de personificar personajes, terminó siendo el personaje. Aunque muchos críticos quieran ver algo más, su interpretación en True grit es más de lo mismo, salvo que enriquecida por el peso de los años, por el favorable añejamiento. Lo que de ninguna manera es algo malo, el Rooster de Wayne es invaluable. Por su lado, lo que logra Jeff Bridges en la cinta de los Coen es todo lo contrario, crea un personaje, complejo, lleno de miserias, desaliñado, sucio, patético, que vive al margen de la ley y del mundo, un borracho empedernido, que tiene temple, que tiene tesón, pero poco más. Lo humaniza, tal vez lo hace más verosímil, pero lo que es más trascendente es que le da vida propia, una historia más allá del metraje, lo convierte en un ser que trasciende la obra que protagonista, no es un mera pieza útil a la narración.
Por su lado, las heroínas son incomparables, en la versión de Hathaway, Mattie Ross es encarnada Kim Darby, que además de tener nueve años más de los que debería tener –lo que se nota de sobra-, es desde mi punto de vista poco creíble e insoportable, de un rango actoral tan reducido que exaspera. En la versión de los Coen, el protagónico femenino está a cargo de Hailee Steinfeld, que es francamente maravillosa y compleja, la auténtica estrella de la obra, que brilla, intimida y, por tanto, cumple de sobremanera con lo que el papel exigía.
Comparar dos grandes películas, basadas en un mismo material literario, quizá sea un ejercicio de poca relevancia. Al fin y al cabo, son obras independientes, singulares. Pero esta lectura creo que nos lleva comprobar que la creatividad del ser humano es inagotable, que toda lectura es subjetiva y que toda reescritura es particular y que puede tener proporciones extraordinarias. Si me lo preguntan, volvería a ver tanto la versión de Hathaway como la de los Coen con el mismo entusiasmo de la primera vez.
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