Blackthorn: Dejarse morir para ser inmortal
Andrés Laguna
Se dice, se sabe, que las leyendas nunca mueren. El bello western del realizador canario Mateo Gil, Blackthorn, asume esa premisa de manera casi literal y la convierte en una admirable película lírica, conmovedora e inolvidable, desgarradora y melancólica. Escrita por Miguel Barros, que llegó al país pretendiendo realizar un documental político y terminó imaginando una historia basada en uno de esos hechos que abundan en la historia de Bolivia, esos en los que hombres muertos se convierten en mitos inmortales, en los que las pruebas de valor y coraje sobran, en los que la majestuosidad de los paisajes sólo es comparable con el tesón y la complejidad de sus protagonistas. Blackthorn narra la historia de un hombre que dejó su país, acompañado por su mejor amigo y la mujer que amaban ambos –que a su vez amaba a ambos-, en busca de un destino mejor, escapando de un mundo que se había transformado en todo lo que odiaba, escapando de un mundo en el que hombres como ellos ya no tenían lugar. Ese hombre, que viajó por el sur del continente, por Argentina y Chile, encontró en tierras bolivianas su destino final. Murió junto a su mejor amigo en un enfrentamiento con nuestro ejercito –ese inexplicable aniquilador de hombres que vencen a la muerte-. Ese hombre se hacía llamar Butch Cassidy. Su compinche era conocido como Sundance Kid. Según lo que se nos cuenta en Blackthorn, Butch escapó a las balas, pero tuvo que enterrarse junto a su compañero de aventuras. Para sobrevivir, para eludir a sus perseguidores, tuvo que renacer, tuvo que asumir un nuevo nombre, una nueva vida. Butch fue enterrado en algún lugar de la cordillera de los Andes junto al Kid. Desde entonces, James Blacktorn cabalgó su caballo. En pocas palabras, la segunda película de Mateo Gil, supone que Cassidy no fue asesinado y que durante más o menos veinte años se dedicó a criar caballos en algún rincón escondido de nuestro país. La noticia de la muerte de la mujer que había amado veinte años antes, de la mujer que había compartido
con el Kid, y el hecho de que ella tenga un hijo de alguno de los dos, lo obligan a replantearse las cosas, es llamado por la paternidad y por recuerdos que con el paso del tiempo se hacen más poderosos. Necesita conocer a ese hombre que su amada cargó en el vientre, a ese hombre que nunca ha visto en persona, pero que, como él mismo lo afirma, podría reconocer hasta en la oscuridad. Necesita recuperar algo del tiempo perdido. La necesidad de conocer a su hijo/sobrino, hará que Blacktorn ocupe el lugar entre los muertos en el que se encontraba escondido Butch. Deberá enterrar a uno, para que el otro pueda volver a casa. Pero para poder tomar el camino de regreso, deberá vender todas sus posesiones y se verá obligado a desprenderse de lo que aprendió a amar: la tranquilidad, la belleza del altiplano y, en especial, una mujer, una campesina llamada Yana (interpretada por la siempre extraordinaria Magaly Solier). Los amores y la nostalgia de Butch deberán reemplazar a las pasiones de Blacktorn. Ya con casi todo listo para partir, se cruza con Eduardo (Eduardo Noriega), un ingeniero de minas español que presuntamente le robó a Simón I. Patiño una pequeña fortuna y que está siendo perseguido por unos matones del multimillonario. El encuentro es accidentado y en él, Blacktorn pierde todo el dinero que tenía para su viaje. Se ve obligado a ayudar al español, a cambio de la mitad del botín. A lo largo de la película los personajes aprenderán a confiar el uno en el otro. Blacktorn, movido por su instinto paternal y por la nostalgia, tratará de encontrar en Eduardo a un Sundance Kid ibérico. Las tragedias, la violencia, se intercalarán con algunas de las escenas más entrañables y emotivas que he visto en muchísimo tiempo. El altiplano boliviano se revela como un espacio que no tiene nada que envidiarle a lejano oeste, sus tabernas son igual de enigmáticas, sus personajes son igual de fascinantes, los paisajes nos acongojan, el peligro y la emoción están a la orden del día.
En gran medida lo notable de Blacktorn radica en la presencia del enorme Sam Shepard, un actor de talento inconmensurable, que además es un brillante escritor y un músico de gran talla. En sus manos Butch es un personaje labrado en piedra, que sólo se funde ante el calor humano. Logra mostrarnos a un bribón que siempre tuvo móviles políticos, que nunca mató a nadie y que sólo robo a las grandes empresas, a los grandes bancos, jamás a la gente común. Cuando Shepard, montado en su caballo, con armas en el cinto, acompañado de un charango, se pone a cantar la célebre canción folk “Sam Hall”, cruzando las montañas, es uno de esos momentos que merecen un lugar privilegiado en la historia del cine universal. Otro gran personaje fundamental es el sabueso contratado por la Agencia Pinkerton, interpretado por el entrañable Stephen Rea, que perseguirá a los forajidos hasta Tupiza. Hombre de ley que jamás quedará satisfecho con la supuesta muerte de los forajidos. El tipo, lleno de patetismo y
frustración, se quedará en Tupiza a purgar con alcohol el no haber podido arrestar a los legendarios bandidos. El personaje de Rea es una suerte de Némesis de Butch, que termina siendo lo único que lo une al tiempo en el que todavía se vivía con un cierto código de honor, a ese tiempo inmortalizado por el western y por el que se siente nostalgia en Blacktorn.
La cinta de Gil es un western crepuscular, es una buddy movie, es una película nostálgica, es un filme moral, puede ser calificada a la ligera como un picante western. Pero trasciende todo eso, toda clasificación, es un gran pieza de género que, como debe ser, se da las libertades necesarias para contarnos una historia que dice mucho de la vida y del cine. Nos habla de la amistad, de los valores éticos, del envejecer, del amar, de la libertad y del vivir consecuentemente. Sin lugar a dudas, es de lo mejor que se ha rodado en nuestras tierras. Deudora de la obra de Sam Peckinpah y del Eastwood de The Unforgiven, esta cinta sólo puede ser opacada por una obra como la True grit de los hermanos Coen.
La presencia de un interesante número de actores bolivianos (entre ellos, Luis Bredow, Raúl Beltrán, Erika Andia y Christian Mercado) debería ser un aliciente para que la gente vaya a verla. También sorprende el impecable trabajo de los técnicos nacionales, que no tiene nada que envidiar a un equipo internacional. En papel, esta debería ser una de las películas más taquilleras del año, pero el público local siempre es incomprensible. Mejor, siempre toma decisiones injustificables. Sin dudas, Blacktorn es lo mejor que está en cartelera y es uno de los pocos estrenos del año que no merece el olvido. 
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