Breves reflexiones en torno al arte de amar
Andrés Laguna
Este es el texto que leí en la presentación de Una cuestión de fe en Cocha, el acto se llevó a cabo el día jueves 25 de agosto, a las 19:30 Hrs., en el Gran Hotel Cochabamba. Santiago, Alba Balderrama y Sergio de la Zerda leyeron tres textos extraordinarios. Una noche inolvidable.
Muy buenas noches. Evidentemente, esta es una noche muy especial para mí, aunque no esperaba que sea tan emotiva. Tengo el placer de estar en cuerpo y alma en la presentación de Una cuestión de fe, y no sólo en voz y alma como la anterior vez. Tengo el placer de compartir un espacio y un puñado de sentimientos con gente a la que aprecio enormemente. Antes de comenzar con las reflexiones que quiero compartir con ustedes este noche, quiero darle las gracias a la gente que ha hecho posible este libro. Sin lugar a dudas, el financiamiento y la paciencia de la Fundación Herrmann han sido fundamentales para esta empresa. En especial, debemos dar las gracias a la Presidenta de la Comisión de Fomento a la Cultura de la Fundación Herrmann, Rosángela Conitzer de Echazú. A Marcelo Paz Soldán, cabeza y corazón de la editorial Nuevo Milenio, cuya amistad y experiencia fueron determinantes para la publicación y la distribución de este libro, y claro para la organización de esta presentación. A Jesús Pérez que nos honró con el dibujo de la tapa del libro, es invaluable que un artista de sus proporciones le haya prestado tanta atención y cariño a nuestra obra. Quiero dar las gracias el equipo de la Ramona, en especial, a Sergio de la Zerda, una persona que siempre deposita su fe en nosotros, que nos enseña los diferentes rostros de la lealtad, que hoy nos acompaña, como siempre y, además, nos honra comentando el libro. A Alba Balderrana que, siempre con generosidad y lucidez, se ha convertido en una de las personalidades determinantes del cine boliviano actual y es una de nuestras más comprometidas interlocutoras, siempre ofreciéndonos palabras iluminadoras. Por supuesto, quiero darle las gracias especiales a mi familia, a mis amigos y a mi mujer, quienes me acompañan en cada movimiento, quienes están atentos a cada uno de mis gestos, quienes están en cada una de las palabras que escribo, en cada una de las reflexiones que tengo, quienes nutren mi propio y personal arte de amar. Finalmente, quiero darle las gracias a Santiago Espinoza, compañero de armas, de letras, de vida, de amores.
En las consideraciones finales del libro que presentamos hoy, citamos una frase que el enorme Jean-Luc Godard disparó en una entrevista que le concedió a Cahiers du Cinema hace más o menos una década: “El cine es como el fútbol: nadie duda en dar su opinión, en decir que es formidable o asqueroso. El cine es un arte mutante, que viene al final de algo, que es un signo de algo”. Muchas veces he escuchado eso de que el fútbol es una pasión. Algunas otras eso de que el fútbol es veintidós imbéciles/millonarios corriendo detrás de una pelota. Para el escritor español Javier Marías el fútbol es “la recuperación semanal de la infancia”. Como el fútbol, el cine lo aguanta todo. Sí, es un pasión. Estoy seguro de que es una suerte de recuperación de la infancia. Y, sí, si se lo propone también puede ser veintidós imbéciles/millonarios corriendo detrás de una pelota. Supongo que más por cuestiones pasionales y emotivas, creemos que tanto el fútbol, como el cine, son lenguajes descodificados. Por tanto, ambos son ligeramente opinables. Pero, por lo general, se olvida prestarle atención a lo que también señala Godard, ambos artes siempre vienen al final de algo, son signo de algo. Hoy día, presentamos un libro de críticas de buena parte de las películas más representativas del cine boliviano de los últimos treinta años. A través de ellas, hacemos el intento de construir una historia crítica del séptimo arte en nuestro país. A partir de comentarios y reflexiones, de las transcripciones de ciertas percepciones, intuiciones y emociones, intentamos configurar un gran relato, un extenso tejido, un enorme texto, que ensaye develar qué es el cine boliviano de las últimas décadas. Pero, además de ciertos recursos metodológicos, analíticos, teóricos y/o estratégicos, nuestro trabajo se distancia de ser una mera opinión, pues como lo señala el crítico y cineasta francés Jean Douchet la crítica de cine es, fundamentalmente, “el arte de amar”. El ejercicio crítico al que nos aferramos poco tiene que ver con las raíces etimológicas del término, es decir, poco tiene que ver con el juzgar, con el separar, con el decidir, con el reglamentar. En este libro están publicadas un número limitado de lecturas de las películas que en su conjunto se suelen denominar como “Cine boliviano”, su objetivo es desatar innumerables y nuevas lecturas. Pero, también queremos confirmar algo que ya hicimos en El cine de la nación clandestina, declarar nuestro amor por el cine, en especial, por el cine boliviano. Eso es algo que hemos asegurado muchas veces. Por tanto, creo que vale la pena aclararlo. Al menos, hacer el intento de aclararlo. Por mi formación y por mi historia singular, espero que me disculpen, se me hace difícil pensar en el amor sin recurrir a ese texto conocido en nuestra lengua bajo el título de El banquete. Por diferentes razones, cuando se hace referencia a este diálogo platónico se recuerda con mayor intensidad la intervención de Aristófanes. No haré referencia el bello mito narrado por el celebérrimo cómico ateniense, más bien me concentraré en la intervención del primigenio crítico/personaje/dialogante, Sócrates. En su intervención, el maestro de Platón, hace referencia a un diálogo que tuvo con Diotima de Mantinea, una sabia mujer que, según lo reconoce, le enseñó todo lo que sabía del amor. Básicamente, de manera resumida y simplificada, Sócrates afirma que siempre se ama a algo, a lo que no se tiene. El amor en sí mismo no es bello, ni bueno, ni inmortal. El amor no es más que uno de los intermediarios entre los hombres y todo eso que no es. El amor es uno de los intermediarios entre los hombres y lo divino. El amor es un dáimon. Diotima, a través de Sócrates, y, a su vez, Sócrates a través de Platón, afirma que el amor es hijo de Poro, el “Expediente”, y Penia, la “Pobreza”, que: “Por una parte siempre es pobre, y lejos de ser bello y delicado, como se cree generalmente, es flaco, desaseado, descalzo, sin domicilio, sin más lecho que la tierra, no tiene con qué cubrirse, duerme a la luz de luna, junto a las puertas o en las calles; en fin, igual que su madre, siempre está peleando con la miseria. Pero, por otra parte, según el natural de su padre, siempre está a la pista de lo que es bello y bueno, es varonil, atrevido, perseverante, cazador hábil; ansioso de saber, siempre maquinando algún artificio, aprendiendo con facilidad, filosofando sin cesar; encantador, mágico, sofista. Por naturaleza no es ni mortal ni inmortal, pero en un mismo día aparece floreciente y lleno de vida, mientras está, en la abundancia, y después se extingue para volver a revivir, a causa de la naturaleza paterna. Todo lo que adquiere lo disipa sin cesar, de suerte que nunca es rico ni pobre”. En ese sentido, nuestro arte de amar, nuestro ejercicio crítico, no es bello, ni bueno en sí mismo. Pero busca lo bello y lo bueno en sentido amplio y general, es decir, busca lo estético y lo ético. Está lejos de ser una mera opinión, es un acto de fe, una promesa, una(s) palabra(s) dada(s), un compromiso con eso que amamos. En esa dinámica siempre buscamos lo trascendente, lo esencial, lo relevante. Cuando no lo encontramos, nuestras emociones, nuestro entusiasmo, nuestra militancia, nuestra patología, menguan. Pero, justamente, lo que nos hace cultivadores del “arte de amar” –del hacer crítica de cine-, es que ese daimon, ese achachila, que intermedia entre nosotros y los dioses, siempre renace. En pocas palabras, amar al cine boliviano de ninguna manera es amar a lo bello y a lo bueno, a lo estético y a lo ético. Simplemente es el gesto de buscar, de exigir lo bello y lo bueno, lo estético y lo ético. Es amar al arte que nos impulsa a ser atrevidos, perseverantes, cazadores hábiles. Es amar al arte que nos impulsa a estar ansiosos de saber, siempre maquinando algún artificio, aprendiendo con facilidad, filosofando sin cesar. Es amar al arte que nos impulsa a ser encantadores, mágicos, sofistas.
Muchas gracias.
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