Historia(s) del cine boliviano y el derecho al salvajismo


Leí este texto en la Cinemateca Boliviana, el 31 de agosto, en la segunda presentación en La paz de Una cuestión de Fe. Santiago y yo compartimos testera con Rosángela Conitzer de Echazú, con Mela Márquez y Carlos D. Mesa (que tuvo una participación francamente brillante). Todo salió mucho mejor de lo que esperábamos. No queda más que agradecer a los amigos paceños.



Andrés Laguna

Muy buenas noches. Es un verdadero placer y un honor estar esta noche con ustedes. Quiero comenzar realizando una serie de agradecimientos pertinentes. Una cuestión de fe jamás hubiese sido posible sin el financiamiento y el acompañamiento de la Fundación Herrmann, fundamentales para la concreción de esta investigación. En especial, quiero darle las gracias a la Presidenta de la Comisión de Fomento a la Cultura de la Fundación Herrmann, Rosángela Conitzer de Echazú, que además escribió un generoso texto de presentación del libro, y a la señora Ana María Ríos que cumplió de manera amable y eficiente con todo el trabajo operativo y de intermediación. A Marcelo Paz Soldán de la editorial Nuevo Milenio, gran amigo, su buena disposición y experiencia fueron determinantes para la publicación y la distribución de este texto. A Jesús Pérez, el auténtico genio de la animación en Bolivia, que nos honró de sobremanera con la ilustración de la tapa del libro, a través de sus dibujos supo leer con la mayor lucidez nuestra obra. Quiero darle las gracias el equipo de la Ramona, el suplemento dominical del diario Opinión de Cochabamba, en sus páginas, en su espacio, nos formamos como críticos de cine y crecimos como periodistas culturales. En especial, quiero darle las gracias a Sergio de la Zerda, nuestro coeditor, una persona que a través de las constantes conversaciones, de las experiencias cotidianas, del incansable acompañamiento y de la amistad más profunda, se ha convertido de alguna forma en el coautor anónimo de este libro. A Carlos Mesa por todo el trabajo que ha realizado como historiador, en especial, como historiador del cine, por su atenta y profunda lectura de nuestro libro, su presencia esta noche es una ratificación del compromiso con esa gran aventura en la que depositamos nuestra fe. A Mela Márquez y a toda la gente que trabaja en la Cinemateca, por acogernos y por hacer parte de un espacio, de un símbolo, muy querido por todos nosotros. Por supuesto, quiero darle las gracias especiales a mi familia, a mis amigos, quienes siempre me acompañan, en cada uno de mis gestos, en cada una de mis palabras, en cada una de mis reflexiones. En especial, quiero mencionar a mi mujer que hoy me acompaña a pesar de las dificultades que implicó este viaje, siempre enfrentamos al tiempo y a la vida juntos, acompañándonos, creyendo el uno en el otro. Finalmente, quiero darle las gracias a Santiago Espinoza, el verdadero motor de este trabajo, quien se ha ocupado de las tareas menos gratas en nuestras dos investigaciones, compañero, cómplice, confidente, interlocutor y amigo aprueba de todo.

A propósito de las presentaciones de Una cuestión de fe en La Paz –en el cuadro de la Feria del Libro- y en Cochabamba, escribí un par de textos reflexionando sobre el ejercicio crítico, sobre el hecho de convertirse en “espectadores profesionales y patológicos” y, siguiendo con lo que dice el crítico y cineasta francés Jean Douchet, sobre la comprensión de la crítica de cine como el genuino “arte de amar”. De pronto, casi sin quererlo, nuestro trabajo ha terminando siendo una reivindicación, una justificación, un extenso alegato a favor de la crítica de cine en Bolivia. Lo que está bien. Por otro lado, muchos colegas periodistas nos han cuestionado sobre la importancia de nuestro libro, sin duda, la respuesta es más o menos simple y radica en una cuestión fundamental, Una cuestión de fe se suma a la corta lista de libros sobre cine boliviano y pretende enriquecer la bibliografía sobre un tema que consideramos fundamental. Es decir, contribuye al estudio académico, histórico y teórico del cine nacional. Lo que también está bien. Pero, en el fondo de la cuestión, intuyo que esos no son más que objetivos secundarios. Pues el principal, evidentemente, es contribuir a que nuestro cine deje de ser desconocido, que –parafraseando a Santiago Espinoza– deje de ser un objeto más o menos volador y no identificado. Lo que más nos interesa es seducir a los espectadores para que se aproximen a ese arte que, de diferentes maneras, ha sabido registrar nuestra historia, nuestro presente y nuestras aspiraciones. Jean-Luc Godard varias veces ha asegurado que el cine es el arte de nuestro tiempo por excelencia y en esa su monumental obra maestra titulada Histoire(s) du cinema, nos ha demostrado que su importancia no sólo radica en que registra a la Historia, esa que se escribe con H mayúscula, esa que se ocupa de los “grandes hechos”, de las efemérides y de las personalidades monumentales. Principalmente, el cine se (pre)ocupa de las historias, de esas que se escriben con h minúscula y en plural, de esas que pueden ser leídas e interpretadas de múltiples formas, que de manera más o menos general tienen dos sentidos. El primero gira en torno a las historias cotidianas y ordinarias, que gracias a su registro y a la visión artística se convierten en experiencias extraordinarias. El segundo está relacionado con el uso que también le damos a la palabra en nuestra lengua, son esas historias que son rumores, narraciones, cháchara, cuentos, historias que son simplemente “historias”. En ese sentido, el cine registra, y registra en nosotros, por lo menos tres tipos de historias. Como afirmaba el gran Jacques Derrida: “En cuanto a lo que se imprimió en mí del cine, subrayaría igualmente un aspecto más sociológico o histórico: para un pequeño argelino sedentario como yo, el cine era el don de un viaje extraordinario”. Me atreveré, con la cabeza baja y sonrojado, a ir un poco más lejos que el maestro argelino francés, para un pequeño niño boliviano como yo, enfermizo y frágil, el cine no era un don. Pues un don implica total gratuidad y, se sabe, ver muchas películas tiene un precio, que puede llegar a ser muy alto. Pero era la franca y la más vital posibilidad de transportarse a otros espacios y, tal vez lo más sorprendente, a otros tiempos. Gracias a todas esas películas que vimos de niños, gracias a todas esas historias –escritas con h minúscula-, pudimos construir nuestra propia historia y escribimos internamente nuestra particular Historia –la con H mayúscula-, que es el gran relato, nuestra gran lectura singular del mundo. Derrida afirmó: “Los libros no me aportaron lo mismo: ese transporte directo a una Francia que me era desconocida. Ir al cine era la organización inmediata de un viaje”. Si bien los críticos, los historiadores, los teóricos, los realizadores y, en algunos pocos casos, los actores, hemos aprendido a tener una relación cultivada y refinada, cuidadosa y sistemática, disciplinada y ordenada, con el cine, la mayor parte de la gente no la tiene. No se debe olvidar, que en un primer gesto, como afirma Derrida, el cine no es más que: “una droga, el entretenimiento por excelencia, la evasión inculta, el derecho al salvajismo”. A diferencia de lo que sucede con otras artes, como la literatura, la pintura o la música erudita, el cine no necesita de ningún tipo de formación previa, del aprendizaje de ciertos lenguajes o de códigos para su disfrute pleno. En gran medida esa es su ilusión. Como buen salvaje, como buen ser incivilizado, uno quiere creer en lo que se manifiesta en la pantalla, en ese fantasma, en el espectro que se proyecta. Cuando el filme logra hacernos creer en él, es cuando la obra tiene éxito. Su éxito radica en volvernos a hacer creer en la magia, en seres y situaciones que al mismo tiempo están y no están. Es un acto de entrega, de confianza, es un acto de fe y de salvajismo. Gracias a unas imágenes en movimiento proyectadas en un écran, recuperamos nuestra naturaleza silvestre y nuestra libertad para creer sin reparos, para dejarnos encantar sin la menor reticencia. Ese gesto a su vez es la recuperación de la infancia, pues ¿quién más salvaje que un niño que no ha sido sometido a ningún tipo educación o de instrucción? El espectador consumado y patológico se permite, en palabras de Derrida: “(…) [el] gran goce oculto, secreto, ávido, insaciable, por tanto infantil”. Santiago Espinoza perdió la inocencia gracias a La nación clandestina, creyó en lo que tenía frente a sus ojos, creyó en ese Sebastián Mamani/Maizman que bailaba hasta morir, para después renacer. Yo recuperé la inocencia con Cuestión de fe, creí en que la unión y las aventuras de tres compadres eran mucho más relevantes que cualquier destino final. Juntos fuimos interpelados por Zona sur, creímos que a través de la vida íntima de una familia paceña acomodada redescubriríamos al país. Juntos también fuimos enamorados por Los viejos, creímos en una narración sutil, creímos que los sonidos y las imágenes dicen más que las palabras violentas o que las palabras de amor. Más allá de nuestra formación, de todo lo leído y aprendido, de la educación y de la instrucción, volvemos a ser niños (y) salvajes cada vez que nos enfrentamos a una verdadera obra cinematográfica. Lo que en última instancia pretendemos con Una cuestión de fe es que los espectadores vuelvan a las salas, que encaren las historias que se están narrando en su país, historias que de una u otra forma son próximas y que también son un viaje. Pretendemos que, si la obra lo amerita, se dejen encandilar, embrujar, que crean en lo que tienen frente a los ojos. Y que, casi sin darse cuenta, vuelvan a ser, con total libertad, niños salvajes. Muchas gracias.

Comentarios

Luis Guerra Montero ha dicho que…
Andres, vaya la sinsera felicitacion de un lector de tus textos en este tu blog y la ramona en general. Dos libros de critica de cine y ser nombrado jurado en el festival iinternacional de huesca (es a no mentir un gran cosa)adelante con los extitos y textos...

Luis Guerra Montero
Psdta un saludo especial a tu madre, recuerdo con nostalgia los talleres que impartio en el Simon I Patiño
Andrés Laguna ha dicho que…
Querido Luis,

Muchísimas gracias por tus palabras y por leernos. Ha sido un buen año. Seguiremos adelante, ya preparando nuevas cositas.
Le daré los saludos a mi mamá.

Un gran abrazo para tí.

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