The lost notebooks of Hank Williams: Letras perdidas, canciones encontradas






Andrés Laguna

Hank Williams es la piedra fundacional de la música country moderna, es el eslabón que une a las raíces más profundas y rurales del género con su popularización y su difuminación en otras manifestaciones de la cultura popular. Hank a firmado e interpretado canciones tan bellas como exitosas, hits indiscutibles y auténticos clásicos del country, como “Lovesick Blues”, “Cold, Cold Heart”, “Howlin' at the moon”, “Honky Tonk Blues”, “Jambalaya”, “I Can't Help It (If I'm Still in Love with You)” o su tremendo último single “I'll never get out of this world alive”. De gran tesitura vocal, Hank cantaba de manera emotiva y sus temas, que coqueteaban con el sentimentalismo, el tradicionalismo y la religión, han sido fuertemente influyentes en la música del pasado siglo, han despertado una devoción descomunal. Basta leer lo que Bob Dylan apuntaba en su bella autobiografía, Crónicas: “Cuando oigo a Hank cantar, cesa todo movimiento; el menor susurro parece un sacrilegio”. Más allá de su valor meramente artístico y musical, Williams tiene todos los elementos para ser una auténtica leyenda. Se cuenta que cuando tenía apenas ocho años su madre le regaló una guitarra. Se dice que su educación musical la recibió de un músico de blues callejero llamado Rufus Payne, también conocido como Tee Tot. Tocó en público desde muy chico y a los veinticinco años ya era una megaestrella, considerando los parámetros de la época. Su vida se fue a pique cuando comenzó a beber demasiado y se puso a consumir calmantes indiscriminadamente (a causa de una lesión de espalda), hasta hacerse adicto a la morfina. Murió en el asiento trasero de su Cadillac, cuando su chofer lo llevaba a un concierto, los opiáceos en la sangre, la botella de whisky que cargaba y los años de excesos fueron demasiado para él. Era 1953, sólo tenía 29 años.
Durante décadas se habló mucho de una serie de cuadernos con letras de Hank que nunca habían sido grabadas. Se sabía que se los habían pasado a Bob Dylan para que musicalizara las mejores. Gracias a uno de los eruditos artículos que el gran Diego A. Manrique escribe para El País, supe que el proyecto se materializó. Con ciertas matices. Bajo el título The Lost Notebooks Of Hank Williams, se grabó un disco en el que el gran Dylan sólo le pone música a una canción, pero que varios otros interpretes tocados por la gracia de Hank hicieron el resto del trabajo. El resultado es una placa de doce canciones que tiene altibajos, pero que indudablemente es uno de los más valiosos homenajes que se le hayan hecho a Williams. Lo interesante es que en el disco se pueden escuchar francos intentos por emular y recuperar el estilo de Hank, así como aproximaciones mucho más libres, más fieles al estilo del encargado de la musicalización. Se tiene el placer de escuchar una importante gama de propuestas musicales, todas detonadas por la combinación del genio del homenajeado y de la singularidad de los invitados.
Abre la placa la figura del country Alan Jackson interpretando “You've Been Lonesome, Too”, ofreciendo el momento de mayor proximidad al estilo de Hank, el espectro de la leyenda está presente y se deja escuchar con fuerza. Más o menos siguen la misma senda Vince Gill & Rodney Crowell con “I Hope You Shed A Million Tears”, Patty Loveless con “You're Through Fooling Me”, Levon Helm con “You'll Never Again Be Mine”, Holly Williams (la nieta de Hank) con “Blue Is My Heart” y Merle Haggard con “The Sermon On The Mount”, pues tienen una lectura que claramente busca recrear la estética y la esencia del sonido del maestro. De estas propuestas más clásicas, destacan la de Gill & Crowell y la de Haggard, los primeros recuperan esa potente forma de recitar de Williams y el último parece adentrarse en los territorios más profundos del imaginario que alimentó a Hank, a veces sonando muy parecido a Johnny Cash, como lo señalaba Manrique.

Los artistas que por lo general no tocan country de corte clásico tal vez son lo más refrescante de la placa, pues intentan aproximarse a una obra, rendir homenaje, desde un espacio más creativo, personal y osado. Norah Jones con “How Many Times Have You Broken My Heart”, amplifica esa faceta llena de dulzura de la obra de Williams, echando mano de las melodías en las que se siente cómoda, de las armonías que nos recuerdan a sus primeros trabajos, consigue una muy bonita pieza lullaby. Jack White con “You Know That I Know”, hace lo que me gusta tanto de él, llevar las cosas hasta que casi exploten, con ese trémolo medio desquiciado en la voz y guitarras fantásticas, urbano y rural a la vez. Lucinda Williams con “I'm So Happy I Found You” también lleva la canción a su territorio más característico, sólo acompañada por una guitarra que suena muy al fondo, su magnífica voz, siempre melancólica, irradia esa curiosa mezcla entre felicidad y tristeza que las grandes canciones folk pueden tener. Uno de los momentos más sorpresivos de la placa es la participación del hijo del gran Bob Dylan, Jakob, músico que aunque perdió la notoriedad hace años, siempre demostró que su méritos no recaían únicamente en papá. Acá vuelve a demostrar que no se lo debe subestimar, con “Oh, Mama, Come Home” es de lo mejor de una placa repleta de estrellas y de canciones interesantes, Jakob Dylan al 100%, con esa voz cálida y suave, siempre manteniéndose fiel al espíritu del disco. También es una sorpresa la presencia Sheryl Crow y, en especial, el resultado. Su interpretación de “Angel Mine” sin dudas tiene el arreglo más interesante del disco y exuda un comprometido trabajo con el material original. Finalmente, “The Love That Faded”, la contribución de Bob Dylan –siempre benevolente con nosotros, los mortales-, es algo así como la bisagra entre los dos espíritus de la placa (el clásico y el “renovador”), pues cantando una balada muy sureña que podría haber hecho parte del Together Through Life, rinde tributo a esa larga tradición de trovadores, de narradores de historias, de juglares, pero con elementos revitalizadores, que no sólo nos hablan de la historia de un género, sino también de la búsqueda artística del verdadero creador. Muchos han dicho que el viejo Dylan es uno de los herederos del gran Hank. Me permito discrepar o, mejor, ser más preciso, es el reinventor de toda esa larga estirpe de la que hizo parte Williams.
Recuperar viejos cuadernos perdidos, rendirles tributo, adorarlos y convertirlos en canciones, tiene mucho de necrofilia, además, hay un negocio flagrante detrás de todo. Pero, si estos son los resultados, jamás dudaré en seguir amando a mis muertos. Y a los muertos de los demás. Si alguien gana un puñado de dólares con eso, es lo que menos importa. 

Texto originalmente publicado en la Ramona de Opinión

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