George Harrison: Living in the material World. El camino del hombre místico


Andrés Laguna

Casi desde que George Harrison murió se anunció la posibilidad de la realización de un documental dedicado a su vida y obra. Lejos de ser una novedad, se intuía que esa inacabable mina de oro llamada The Beatles produciría uno más de eso apetitosos productos dedicados a los insaciables fans de su legado. Las expectativas cambiaron cuando se supo que el encargado de dirigir el proyecto sería Martin Scorsese. Las razones para alegrarse con la noticia no eran pocas, pues se sabe que el realizador de Raging Bull, además de ser uno de los mejores directores de cine de la historia, es un melómano acabado, un maestro del documental y el responsable de algunos de los mejores proyectos cinematográficos dedicados a la música, basta mencionar The Last Waltz, la serie The Blues y No Direction Home: Bob Dylan.
George Harrison: Living in the material World es una obra que mínimamente puede ser descrita como monumental. Dividida en dos partes, en total la película dura poco más de 208 minutos, ¡más de tres horas y media! Se debe agradecer a la audacia de HBO, pues en otros tiempos y medios un proyecto de esta envergadura hubiese sido imposible de distribuir. A diferencia de lo que hizo con el documental dedicado a Bob Dylan que se centró en la primera parte de la carrera del genio de Duluth, Scorsese se aventura a montar una película que abarca toda la vida de Harrison, auque no se detiene demasiado en los pasajes meramente biográficos. Lo que puede incomodar a todos los ilusos que esperan y creen que es posible que se les cuente hasta el último detalle de una vida en una película. Pero, a no dudarlo, ya sea echando mano de material de archivo o las entrevistas realizadas especialmente para este metraje, desfilan por la pantalla, su hijo Dhani, Ringo, John y Paul, Yoko Ono, Eric Idle, Terry Gilliam, Eric Clapton, Jackie Stewart, su primera esposa Pattie Boyd, su segunda esposa Olivia Harrison, Mukunda Goswami, Tom Petty, Klaus Voormann, George Martin, Ravi Shankar, entre muchos otros. Casi todos los que estuvieron cerca Harrison en los momentos importantes de su vida están presentes.  Si bien buena parte del material que nos muestra Scorsese ya lo vimos en The Beatles Anthology, ha hecho un trabajo arqueológico extraordinario al encontrar fotos y filmaciones casi desconocidas de los extremadamente documentados Fab Four y de la vida “solista” de Harrison. De por sí el material presentado es conmovedor, sus orígenes humildes, su inicio con la banda, su descubrimiento de la sofisticación en Alemania, la fama, los excesos, el encuentro con lo espiritual, su devoción por Krishna, sus coqueteos con la música india, sus líos amorosos, entre tantas, tantas, otras anécdotas. No está todo, por ejemplo, se obvia tocar el desagradable problema legal que tuvo con “My Sweet Lord” (The Chiffons demandaron a Harrison por plagio –y le ganaron- porque el hit se parece demasiado a la canción “He’s So Fine”) o su pequeño boom como solista a fines de los ’80 con el disco Cloud Nine (que incluía el éxito “Got My Mind Set on You”). No todo puede estar y lo que está, evidentemente, es lo que el director nos quiere mostrar.
Los grandes conocedores de la obra y de la biografía de The Beatles no encontraran muchas anécdotas nuevas, ni detalles frívolos desconocidos. Lo que se devela en este documental es la lectura que hace Scrosese de Harrison, de su vida y de su obra, del camino existencial por el que optó. Este es un trabajo monumental, no sólo de edición, sino también de descubrimiento ontológico. El Harrison que nos presenta el autor de Good Fellas, es un hombre que tuvo que vivir en un mundo material, banal y lleno de claroscuros, es un hombre que tuvo que combatir contra su humanidad, con las tentaciones de lo terrenal, que siempre hizo el esfuerzo por ser un iluminado, por diluirse en lo trascendental, en lo genuinamente divino, en la gracia de ese Dios que es el amor pleno y la paz eterna.
Harrison fue el niño prodigio, el miembro más joven de The Beatles, el tipo que tenía que equilibrar las fuerzas creativas e inestables de McCartney y Lennon, el que tenía que hacer lo correcto para que los otros brillen. Le costó años que reconozcan su talento y sus posibilidades, le costó muchísimo que dos egos gigantescos le permitan tener un “yo” que contribuya creativamente a ese complejo “nosotros” compuesto por cuatro partes enormes. Pero, según lo que nos muestra Scorsese, siempre estuvo atento, observando, buscando lo que está más allá de lo obvio y evidente. Justamente, ahí radicó su mayor grandeza artística y humana. Harrison fue generoso, incluso cuando su propia luz opacó a la de los otros. Aunque Lennon era el que tenía la conciencia social y McCartney era el músico ejemplar, Harrison era más lúcido que ellos al ser conciente que todo lo que estaban haciendo, a fin de cuentas, era efímero. A pesar de haber tenido graves problemas con las drogas y una gran debilidad por los amoríos pasajeros, siempre estuvo seguro de que nada de lo que podía ofrecerle el mundo material valía realmente la pena. Es iluminador un pasaje del metraje en el que Harrison asegura que cuando se preguntó sobre los razones para vivir en este mundo, la única que se le venía a la cabeza era que tenía un hijo que necesitaba un padre. Nada más. Sólo eso ya refleja una sabiduría de la que carecían Paul y John. Juntos. Scorsese claramente narra el camino de un hombre místico.
Muchos aseguran que las canciones de amor compuestas por Harrison en realidad fueron dedicadas a Dios. “Something” incluida, Mr. Sinatra. La reflexión parece estéril pues, según da cuenta la película de Scorsese, en cada palabra de amor, en cada nota de amor, Harrison tocaba y cantaba para el Dios en el que creía. Está demás sugerirlo, para él, Dios y el amor eran cuestiones inseparables, eran una misma cosa. George Harrison: Living in the material World nos sugiere que la genialidad, la generosidad y la brillantez del músico de Liverpool radicó en su búsqueda mística.
Uno de los momentos más emotivos del metraje llega casi al final. El siempre entrañable Ringo Starr cuenta que su último encuentro con ese compañero de tantas batallas fue en Suiza. George ya estaba muy enfermo, desahuciado, con el cáncer que terminaría matándolo. El baterista narra que le dijo que debía ir a Boston a ver a su hija a la que le habían diagnosticado un tumor cerebral. Starr cuenta que lo último que le dijo Harrison fue: “¿Quieres que te acompañe?”. El siempre gracioso Ringo se quiebra y nos asegura que eso, eso mismo, era George Harrison, la compañía incondicional, el no resignarse a las limitaciones del mundo material.
Después de todo lo vivido, lo que consuela es que el camino del hombre místico, tarde o temprano, siempre conduce a la santidad.

Una versión de este texto fue publicada en el homenaje que la Ramona de Opinión le dedicó a George Harrison, a diez años de su muerte. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Antología de la gastronomía boliviana: Comer para contarla

Discurso de los 40 años del Diario Opinión: El periodismo es una forma de humanismo