Etta James, destino y eternidad
Andrés Laguna
Cuando supimos de la muerte
de Etta James estábamos cerrando el número de la semana pasada, el tiempo y la
planificación que habíamos realizado no nos permitió dedicarle el homenaje que
merecía esta auténtica matriarca del R&B. Difícilmente lo que podamos
escribir pueda ajustarse a la talla de esa extraordinaria interprete. Pero el
silencio, más precisamente, el silencio mal utilizado y/o perpetuo, puede ser
el peor agravio a una voz que nos ha acompañado tanto. Y tan bien.
Etta James nació en enero de
1938, en California. Evidentemente, todavía no usaba su nombre artístico. Su
madre era prácticamente una niña cuando quedó embarazada de ella. Jamás conoció
a su padre –después dijo que tenía motivos para creer que era el célebre
jugador de billar Minnesota Fats (inmortalizado en la piel de Jackie Gleason en
The Hustler)-. Por sus rasgos y por
su color de piel, se podía asumir que su padre biológico era blanco. Etta tuvo
una infancia más o menos errante y problemática, su madre se ocupaba poco o
nada de ella. En una época en la que vivía con sus abuelos, comenzó a
frecuentar una iglesia bautista y, como tantos artistas, como tantos cantantes
afroamericanos, ahí desarrolló su amor por la música y descubrió sus talentos.
Si Dios, la vida o el destino, nunca le dieron una familia estable, ni le
revelaron con seguridad el nombre de su padre, a cambio le dieron un don que
hasta el día de su muerte permaneció intacto: una voz demoledora. Lo que se confirma
en el emocionante y sorprendente álbum publicado hace apenas unos meses llamado
The dreamer.
Supongo que fue el
caprichoso destino el que quiso que apenas tres días antes de la muerte de
Etta, fallezca el hombre que la descubrió, el gran Johnny Otis, el padrino del
R&B, gran interprete, compositor y productor de portentos del género como
Johnny Ace, Little Richard y Big Mama Thornton. Otis la sacó de una vida que
rayaba lo delincuencial y produjo el primer éxito de la cantante, “The
Wallflower (Roll with Me Henry)”. Grabada junto a un conjunto de amigas,
llamado The Peaches, la canción fue un pequeño fenómeno y hoy es un ícono de la
música de los años ’50, muchos la recordarán sonando en ese clásico de los ’80
llamado Back to the future. Recién en
los ’60 la carrera solista de James despegó, cuando conoció a Leonard Chess.
Fue bajo su sello que desarrolló su característico estilo, refinó su forma de
cantar con elementos más jazzísticos y se convirtió en una de las mejores
cantantes de baladas de la historia de la música popular. Paralelamente, su vida
no iba nada bien, su experimentación con las drogas la había convertido en una
adicta a la heroína y, para empeorar las cosas, tuvo un montón de relaciones
tormentosas. Se convirtió en el personaje de las canciones que cantaba. Era una
mujer que como a la de “Only Time Will Tell”, las cenizas de los cigarrillos y un vaso vacío, le
llenaban los ojos de lágrimas. La creadora terminó siendo la creación. Y el
círculo de cerró. Tuvo que cargar con eso. Para rematar, tuvo que aguantar que
se haga una muy floja película sobre ese periodo de su vida, Cadillac Records, en la que la
insoportable Beyoncé la encarnó de manera caricaturesca y arrebatada de
talento.
Durante los’70 tuvo menos
éxito, coqueteó con el rock y llegó a abrir conciertos para los Rolling Stones.
En lo personal las cosas no mejoraron. Etta tocó fondo varias veces. Hasta que
después de varias estadas en clínicas de rehabilitación, pudo ordenar un poco
su vida. Durante las últimas décadas grabó buenos discos, muchos, ganó su
primer Grammy y fue introducida al Salón de la Fama del Rock & Roll. Pero
su leyenda ya había sido labrada mucho tiempo antes, en una iglesia baptista. Se
ganó la eternidad Entonando canciones como “I'd Rather Go Blind”, “Tell Mama” o
“I Won't Cry Anymore”. Cuando “At last” se escucha en películas tan distintas
entre ellas como Rain Man, American Pie o Inland Empire, en momentos que requieren cuestiones totalmente
distintas, se prueba su dimensión. La pieza y, en especial, la interpretación,
siempre son perfectas, siempre resaltan el espíritu del momento, lo hacen
perdurable. Inmensa. No es posible olvidar un instante en el que haya sonado
“At last”. Etta no sólo es eterna, convierte a los momentos y las situaciones
en espacios de eternidad.
El Alzheimer la obligó a
anunciar su retiro de los escenarios. Una leucemia fulminante fue demasiado
para un cuerpo que lo aguantó todo, los abusos de malos amantes, los excesos
con el alcohol y las drogas. Las interminables noches y las canciones devastadoras.
Basta escuchar “Hold Back The Tears” para entender que sólo un cuerpo de
naturaleza privilegiada podría contener toda esa carga emocional.
Etta tuvo una vida volátil y
posiblemente trágica. Su interpretaciones se ajustan a esos mismos
calificativos, además, de su gran versatilidad, enorme belleza y brillo desmedido.
Fue una artista de esas que sólo necesitan de una audiencia para tocar la
perfección. Fue una artista que ajustaba su obra a su vida y que su biografía
le fue fiel a su obra. Su don la devoró y desde su vientre, acurrucada, gestó
la mejor banda sonora para amar, para el despecho, para la desesperación y,
claro, para el regocijo.
Si antes de morir me permiten
bailar por última vez con la mujer que amo, quiero que lo hagamos con “At Last”
sonando. Que cante Etta. Que nunca se calle. Que nos proyecte en su eternidad.

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