Reflexiones en torno a la nostalgia: el tiempo perdido, la comunidad perdida, el cine perdido


Andrés Laguna

Sería un absoluto inepto si tratara de hacer pasar como innovadora la proposición de que todo ejercicio artístico y creativo implica un ejercicio de memoria, de anamnesis –como dirían los griegos-, motivado por una insuperable e invasiva nostalgia. Muy posiblemente, toda reflexión al respecto es redundante, pero en tiempos como estos todo decir, todo escribir, podría asumirse como una redundancia.
2011 ha sido un año especialmente fructífero para el cine. Muchas películas que han ganado los principales festivales, que han sido nominadas a los premios más publicitados y masivos (los Oscar y los Globos de Oro) y, por tanto, que han tenido un importante éxito de taquilla, son verdaderamente relevantes. Buenas noticias para los cinéfilos, este año hemos podido ver grandes obras. Algo ha llamado poderosamente mi atención, buena parte de esas películas hacen evidentes hincapiés en la nostalgia. The Tree of Life de Terrence Malick, Tinker Tailor Soldier Spy de Tomas Alfredson o Hugo de Martin Scorsese, desde territorios muy distintos anhelan algo pasado, algo perdido. Lo reconfortante es que ese anhelo conduce a un genuino acto creativo. Como el enorme Jacques Derrida apuntaba en su texto “Point de folie. Maintenant l’architecture”, la nostalgia es “guardiana por destino”, es “el acto de memoria más vivo”. Para nuestro regocijo se traduce en imágenes en movimiento.
En esa su imprescindible novela titulada El Testigo, el escritor mexicano Juan Villoro apunta: “La nostalgia mejora las alacenas de compotas y los dulces de la infancia”. En las películas mencionadas en este texto eso se hace evidente, pues la nostalgia implica cierta idealización. Suelen seguir el camino opuesto al de la construcción de una utopía. No proyectan un futuro mejor, creen y crecen en el pasado, en el tiempo perdido.
Gaston Bachelard, en su bella obra La poética del espacio, escribe: “La poesía no nos da tanto la nostalgia de la juventud, lo cual sería vulgar, sino la nostalgia de las expresiones de la juventud. Nos ofrece imágenes como las que deberíamos haber imaginado en el ‘impulso inicial’ de la juventud”. El cine, el cine que hace poesía, el cine poético, supongo, hace algo similar. Nos devuelve imágenes, no necesariamente de lo que fue, sino de lo que debería haber sido o de lo que podría haber sido. Nos devuelve imágenes de ese impulso inicial, de un acto de memoria vivo y, ante todo, creativo. En especial, tres cintas estrenadas en 2011 me invitaron a reflexionar sobre estas cuestiones, Le Havre del maestro Aki Kaurismaki, Drive de Nicolas Winding Refn y The Artist de Michel Hazanavicius. Desde territorios distintos, a partir de discursos radicalmente singulares, con preocupaciones que no siempre coinciden, estas obras se nutren de un impulso inicial, de un acto de memoria vivo, de un acto de memoria creativo. Son una anamnesis cinematográfica.
De manera más o menos apresurada y tal vez simplista, podría aventurarme a afirmar que Heidegger prácticamente encuentra en la nostalgia por el ser, el origen de la filosofía. Intuyo que la nostalgia sin objeto es imposible. En las tres cintas que me preocupan con especial atención, probablemente, los objetos son distintos –o no-, pero lo que interesa es que comparten un mismo gesto: sufren de carencias. Y con ellas generan imágenes que piensan y sienten. O lo que es mejor, generan imágenes que nos hacen pensar y sentir.

Drive, desenterrar y refinar
Rousseau afirmaba que en la progresión se contenía cierta degradación y, por tanto, extrañaba, anhelaba e idealizaba lo pasado, lo superado. Estaba en busca de lo que precedía a la degradación. Para recuperar lo perdido, recurría a pequeñas comunidades o a sociedades que todavía no se habían corrompido. Buscaba al buen salvaje. Anhelaba una sociedad que preceda a la sociedad. En Drive de Nicolas Winding Refn, también se hecha de menos al “primitivismo”. Pero, en este caso, a un héroe labrado antes de los cínicos años noventa, que responda a un recio y muy personal código moral, que sea capaz de inmolarse por el bienestar de terceros, pero al que tampoco le tiemble la mano cuando tenga que ejercer de ejecutor. El personaje del título, encarnado soberbiamente por Ryan Gosling, tiene todas esas características. De día es mecánico y doble de escenas de acción, conductor de persecuciones y de accidentes cinematográficos. De noche, es un eficientísimo chofer free-lance de ladrones de banco. Tiene un mentor entrañable, está enamorado de una madre soltera y está terriblemente encariñado con su hijo. Debe protegerlos de una banda de villanos desalmados y graciosos. Fríamente, el argumento se podría ajustar a las cintas que a fines de los ’70 y durante todos los ’80 inundaron las pantallas y que todavía son éxitos de flota. El conductor de la cinta, tiene algo de Harry Callahan, de Paul Kersey, de Marion Cobretti, de Max Rockatansky y, por supuesto, del Mariachi de la saga de Robert Rodríguez (incluso una chamarra con un escorpión en la espalda). Más o menos en el mismo animo que el director de Sin City y de su compinche Quentin Tarantino, Nicolas Winding Refn reivindica un cine de género y de una época vilipendiada. Les da prestigio y los convierte en una pieza de arte. Un ejercicio de pura recuperación y de refinamiento de un cine que amó y disfrutó. Drive es un ejercicio de generosidad. Pero, ante todo, es dejarse invadir por ese impulso inicial que seguramente hizo que el director quiera dedicarle su vida al cine.

The Artist, la declaración de amor
Como Derrida afirmaba en alguna entrevista, toda nostalgia implica inevitablemente, estar inadaptado. Eso no quiere decir que uno rechace del todo al presente. Nos hace falta lo pasado, nos sentimos incómodos sin lo perdido. La nostalgia es inevitable, como Derrida decía, trabajamos para ella y también nos hace trabajar.
Cuando a Michel Hazanavicius se le ocurrió realizar una cinta muda en el siglo XXI, en un tiempo en el que un sinnúmero de zopencos vitorean el triunfo indiscutible del 3-D, era un absoluto inadaptado. Y si dios existe, ojala que lo bendiga. The Artist es una cinta que recuerda con fuerza al F.W. Murnau de, por ejemplo, City girl. Muda, llena de guiños, de romance, de desencuentros, es toda una declaración de principios. La cinta está ambientada en el mismo momento del que se ocupa Singin' in the Rain, la llegada del cine sonoro, pero lo hace desde otro lugar, desde el cine mismo. El protagonista de la cinta George Valentin (un Jean Dujardin encantador) es una estrella de cine mudo incapaz de adaptarse a los nuevos tiempo. En medio, se enamora de Peppy Miller (Bérénice Bejo) la estrella más brillante de la nueva camada de actores sonoros. La cinta constantemente nos sugiere que el mundo real es el cine, que la incapacidad de superar al pasado sólo es llevadera gracias a un amor mayor y a la transformación de lo vital, jamás a su pérdida absoluta.
Lejos de ser una mera experimentación formal, la cinta de Hazanavicius nos recuerda que el cine es muchísimo más que un montón de innovaciones técnicas. Es un detonador de sensaciones e ideas. Es una herramienta para enfrentarnos a nuestra propia historia, para recuperar lo que somos y lo que nos ha configurado. El cine es un gesto de amor.

Le Havre, nosotros que amamos tanto a la revolución
Para muchos el filme mayor de la filmografía del extraordinario directo finlandés Aki Kaurismaki, sin duda, es un auténtico rayo de luz, una experiencia que cambia la vida. Esta especie de fabula fantástica, recupera y retoca al personaje de la inolvidable La vida de bohemia, de París lo traslada a la ciudad portuaria Le Havre, lo jubila como escritor y lo convierte en un honrado limpiabotas. Marcel Marx (interpretado por uno de los favoritos de Karismaki, André Wilms) tiene una feliz y modesta vida, todos los días trabaja duro, toma un par de copas en el bar y cena con su esposa, Arletty (Kati Outinen, la actriz fetiche del realizador). La rutina se rompe gracias a dos eventos, su mujer cae gravemente enferma y se encuentran con un pequeño migrante africano, Idrissa (Blondin Miguel). Marcel debe internar a su amada y cuidar de ella. Paralelamente, debe esconder al niño de la policía y ayudarlo a llegar a Inglaterra, donde lo espera su madre. Marx se enfrenta al poder autoritario, sin recurrir a la violencia, pues de su lado tiene a su ingenio y a la solidaridad del pueblo, de sus amigos, de sus vecinos, de sus conocidos, de los proletarios.
La humanidad siempre ha sido nostálgica. Añoramos el paraíso, el mundo de las ideas o a nuestro Padre, entre otras cosas. Incluso las utopías del materialismo histórico parecen tener un origen nostálgico. Pues quienes luchan por el comunismo, recuerdan al comunismo primitivo. En la cinta de Kaurismaki, se hecha de menos a ese pueblo solidario, que se une ante el opresor para reivindicar al oprimido. Se hecha de menos a ese tiempo en el que amamos tanto a la revolución. Se extraña a las virtudes, a la virtud. En Le Havre se recupera a una comunidad perdida, a los personajes clásicos, a las historias clásicas. Y perfectas. Se recupera a un pueblo que está perdido. El director finlandés una vez más hace un cine como el que se hacia antes. Como el que se debería haber hecho antes. Y siempre. Nos da una lección de actualidad, de vitalidad y de creatividad. Al recordar las virtudes del cine viejo, Kaurismaki recuperar la humanidad del pueblo. Recupera el arte del arte. La memoria del cine. Convierte a la nostalgia en una creatura perfecta. 

* Publicado originalmente en la revista Cinemas Cine

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