In memoriam Antoni Tàpies: Otra realidad más profunda


  
Andrés Laguna

Cuando un artista muere se puede hacer un rastreo de su influencia y su legado en lo que se escribe, en lo que se dice de él. Lo que es más curioso y sorprendente es que también se puede hacer un rastreo de lo que en un tiempo determinado interesa a la sociedad. Los textos de homenaje o de crítica, las semblanzas, los obituarios, los ejercicios de duelo, nos dicen mucho de lo que somos y de lo que nos importa. Lo que recordamos, lo que creemos que es perdurable, en gran medida, nos dice más de nosotros mismos que del sujeto de nuestras palabras. En ese sentido, que los textos que la prensa y los medios especializados le han dedicado al artista Antoni Tàpies se hayan centrado en los premios y reconocimientos que recibió el artista catalán, en su rol político y en la polémica que han despertado sus obras, nos dice mucho más de nuestra sociedad que del arte del maestro. Es decir, vivimos en un tiempo y en un espacio triunfalistas, hambrientos de temas relacionados con la coyuntura, que poco tienen que ver con el gesto creativo y con la experiencia vital que implica. Sorprende más que buena parte de los comentarios de los lectores de dichos textos giren en torno a la supuesta sobrevaloración de las obras de Tàpies y a esa constante queja que reza más o menos que “si el arte es difícil de entender no es más que una impostura”.
Hasta haber sido aplaudido por la academia y la crítica, la obra del pintor y escultor catalán fue duramente maltratada y ridiculizada. No pocas veces he escuchado y leído comentarios del tipo: “Esto podría hacerlo un niño”. Durante toda su vida Tàpies dijo que en nuestra sociedad, en especial en España, hay una muy deficiente educación sensible,  que hace imposible apreciar cierto tipo de arte. Sin duda tiene razón. Pero intuyo que el problema no está en que el común de la gente no tenga educación, está en que tiene una educación autoritaria, encorcetada y violenta, que nos enseña desde niños a buscar significados demasiado obvios, que respondan a una cierta racionalidad básica y a un sistema de símbolos limitado. El problema está en que no nos aproximamos al arte desnudos y limpios, nos aproximamos con una historia y con una formación que nos ha enseñado a negar a todo lo ajeno, a lo diferente, a lo extranjero. Más allá de que algo nos guste o no, todos deberíamos tener la libertad de apreciar una experiencia creativa sin la necesidad de negarla, sin hacer el esfuerzo de comprenderla, de acogerla, de apropiarnos de ella, de hacernos parte de ella. Estoy convencido que un niño, sin la menor formación académica, con poca influencia de un mundo excesivamente codificado por un discurso autoritario, podría disfrutar mucho más que un alumno de bellas artes de las obras de Tàpies. Pues en ellas se encuentra una búsqueda por lo esencial de las cosas, es un lenguaje propio que busca un interlocutor dispuesto a descubrirlo, sin prejuicios, sin el impulso de aniquilar lo que se impone en frente.
Antoni Tàpies nació en Barcelona el 13 de diciembre de 1923, bajo el signo de Sagitario. Su familia era cultivada, catalanista, en ella había libreros apasionados y políticos que influyeron en la vida pública región. Estudió derecho en la Universidad de Barcelona, pero no terminó la carrera. Esa no era su vocación. Luego inició estudios de arte y diseño, pero los tuvo que interrumpir porque se enfermó gravemente. Interno en un sanatorio, se dedicó a leer exhaustivamente a Dostoyevski, Schopenhauer Nietzsche, Thomas Mann, Proust y a los románticos alemanes. Escuchó a Wagner. Vivió el dolor en carne propia. En sus propias palabras: “Tuve una especie de ataque cardiaco que me produjo un shock tremendo. Tenía 18 años. Y pensé que era el final, porque además me iba quedando frío. Es difícil explicarlo, pero lo importante es que es una experiencia personal bastante dramática y que me hizo ver la realidad de forma distinta. Y eso lo fui confirmando leyendo libros de sabiduría. Esto no quiere decir que sea un sabio, porque a estas alturas sigo siendo un aprendiz”. Poco a poco comenzó a buscar su propia voz en la pintura. Su propio trazo.
Editó varias revista, entabló amistad con varios artistas, entre ellos el fundamental Joan Miró, asimiló influencias. Y no dejó de pintar. En medio de ese proceso, estalló el evento más traumático de la historia española contemporánea, eso marcó su arte y su forma de pensar. Así, su primera obra está marcada por el desenlace de la Guerra Civil española que inició la horrorosa dictadura de Franco, por el existencialismo de Sartre y por el surrealismo.
En 1950 obtuvo una beca de estudios en París, allí tomó mayor contacto con la gente y las ideas socialistas. Ese mismo año realizó su primera exposición individual. A partir de 1951 inició una búsqueda solitaria, optando por una línea informalista, abstracta, basada en la predominancia de la materia sobre la forma. De ahí que su obra sea impulsora de la corriente matérica informalista, en la que el objetivo final es una pintura de relieves, de texturas rugosas, porosas, arenosas. En una etapa posterior integró cuerdas, platos, paja, telas y objetos. Su gama cromática ha oscilado entre el monocromatismo y el colorido neutro con predominio de grises, negros, blancos y ocres, la inclusión moderada y concentrada de algún colorido más vivo con rojos, amarillos y azules. En su obra se repiten los signos y las formas primordiales que son parte del universo interior del artista inspirado por las tradiciones china y japonesa. Según lo confiesa en varia entrevistas y textos, su proximidad a la cultura oriental fue casi casual, pero luego se dedicó a estudiarla, a apropiarse de ella. Después de haber estado sumergido en una cultura que hace mucho y piensa poco, que destruye demasiado y jamás reflexiona en las consecuencias, se aproximó a Oriente, a la cultura de la meditación. Tàpies aseguró en una entrevista: “Hay un momento en el que tú contemplas una montaña o un río y sabes que aquello no es ni montaña ni río. Que es un conjunto de partículas del cosmos que se están moviendo. Pero después tienes que poner el pie en el suelo y comprender que esto no hace desaparecer las montañas y los ríos, sino que los hace ver con otra mentalidad”. La meditación, la comprensión singular del mundo, es el quid de su pintura, en palabra del mismo Tàpies: “(…) lo que me interesa es que detrás de la realidad formal hay otra realidad más profunda; que eso no lo inventamos los artistas, sino que lo dicen los hombres de ciencia. Y cada vez acabas haciéndote más amigo de esa idea”. El compromiso con esa idea se traduce en la búsqueda de un lenguaje propio, que muchos apresuradamente han querido tachar de repetitivo y poco serio. Ante eso el artista responde: “(…) a medida que vas haciéndote un lenguaje, lo que te gusta es usar este lenguaje. Y yo, si hago cosas que se repiten mucho, lo que hay gente que me reprocha, como las cruces o las materias, pues en el fondo es porque ése es mi lenguaje, el que me he construido. Y pienso que una cruz se puede hacer de infinitas formas, no se acaba nunca”. Para este gran maestro del pensamiento y del arte de nuestro tiempo: “Lo que nombramos realidad en la pintura no es más que un signo”.
Durante casi toda la última década Tàpies estuvo muy enfermo, casi sordo y casi ciego, con el cuerpo muy deteriorado. Pero hasta hace relativamente poco seguía pintando, escribiendo y pensando, formulando frases de una lucidez sorprendente, como la siguiente: “El arte es una fuente de conocimiento, como la ciencia, la filosofía. Si las formas no son capaces de herir a la sociedad que las recibe, de irritarla, de inclinarla a la meditación, si no son un revulsivo, no son una obra de arte”.
El dolor marcó la vida y la obra de Tàpies. Pero esa fuerza, que en un principio era destructiva, le sirvió para crear y formular un discurso creativo. La enfermedad lo ayudó a hacerse artista, la guerra lo hizo encontrar un lugar en este mundo y la estupidez de occidente lo hizo encontrar un aliento trascendental en su obra. Muchos recordarán a este gigante por haber sido el catalán que más veces a expuesto en el MoMA, por haber pintado cuadros dedicados al Barça, porque fue nombrado Márquez, porque fue uno de los símbolos del arte catalanista de la transición, entre tantas otras banalidades. Nada se puede hacer. Los que puedan limpiar sus canales de la percepción, los que se atrevan a ver a través de sus ventanas, los que se pongan enfrente de sus muros, los que se dejen crucificar en sus trazos, los que se sumerjan en la profundidad de sus colores, se habrán liberado. Y de ellos será el reino de los cielos.
 

* Publicado originalmente en la Ramona de Opinión

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