Rodrigo Bellott: De dependencias, llamas y perfidias


Andrés Laguna

Casi contra todo pronóstico el estreno nacional más relevante de 2012 hasta ahora es Perfidia, película que se estrenó en festivales internacionales en 2009. Los motivos por los que una cinta retrase su premier pueden ser múltiples y aunque se pueden ensayar diferentes hipótesis, lo relevante es que ya haya llegado a las salas comerciales. Desde su preproducción el tercer largometraje de Rodrigo Bellott despertó interés en el público y la crítica. Se suponía que debía ser el proyecto más personal de un realizador de gran relevancia para el cine boliviano de la última década.
Más allá de toda polémica, de toda posición personal, no se puede negar que la ópera prima del realizador cruceño, Dependencia sexual (2003) fue la gran bisagra de lo que algunos críticos hemos calificado como la era digital del audiovisual nacional. El talento artístico de Bellott está comprobado, pues su gran aporte fue tanto a nivel formal y técnico, como argumental. En su primer largometraje, de manera pionera, nos mostró que la utilización de la tecnología digital no era simplemente una alternativa barata al celuloide. En Dependencia sexual, por primera vez en Bolivia, se intentó buscar un lenguaje propio y característico del digital. Se entendió que no se debía imitar al celuloide, que se contaba con una herramienta totalmente distinta. Aunque muchos creen que lo innovador fueron las pantallas divididas –recurso que se usa en el cine casi desde sus comienzos-, lo innovador estuvo en la texturas, en la paleta de colores, en la forma de iluminar, en los ángulos de la cámara. Esencialmente, esta cinta nos enseñó a sacar provecho de lo que tenemos. Argumentalmente, la gran innovación de la película está en el tratamiento del sexo como motor fundamental de las relaciones sociales y humanas. Nieto periférico de la revolución sexual de los años ’60, Bellott he reflexionado constantemente sobre el tema en casi toda su obra. Desde diferentes perspectivas y tenores, indudablemente, para el realizador cruceño, la identidad sexual, los juegos de seducción y de dominación, la exclusión del diferente y la imposición de códigos morales y de conducta, son determinantes a la hora de entender el mundo. Dependencia sexual todavía es el ejemplo privilegiado y más logrado de la visión del director, pero todos estos tópicos son recurrentes en mayor o menor medida en su obra, como en el segmento que dirigió en Rojo Amarillo Verde (2011) o en los cortometrajes Sexo (2001) y La llegada (2005). Plásticamente, esto también se traduce en un casi obsesivo estudio de la fisonomía humana, los cuerpos desnudos se fotografían con curiosidad y cuidado. La corporeidad es determinante para la estética de su cine.
Otro de los grandes aciertos de Bellott ha sido que, además de cosechar aplausos de la crítica y de los circuitos de cine independiente con su primer largo y sus primeros cortos, también ha logrado conquistar al público masivo en Bolivia. Se sabe, ¿Quién mató a la llamita blanca? es una de las cintas más taquilleras de la historia de nuestro país. Tarea casi imposible, esta obra llevó al público masivo a las salas y nos presentó una versión sofisticada de la comedia estilo café concert que tanto éxito tiene en nuestro medio. Si hay algo que no se le puede reprochar a esta cinta es que supo darle a la gente lo que quería, es el intento de cine comercial más serio y respetable hasta la fecha. Pues si bien cintas como El Pocholo y su marida o la inefable En busca del paraíso también tuvieron buena taquilla, sólo La llamita puede ser considerada cine y dejó satisfecho a buena parte de su público. A la distancia es una de las pocas comedias comerciales que no fue una decepción absoluta.
Bellott también ha destacado produciendo y haciendo casting para otros realizadores, su trabajo en el díptico Che de Steven Soderbergh y en la peruana Contracorriente (2009) de Javier Fuentes-León son los ejemplos más célebres, lo que demuestra que es un tipo inquieto. Ahora en muchos medios del país se comienza a promocionar el salto del director a Hollywood, con una película comercial y de género –de terror-. Hasta donde sabemos, Bellott fungirá de productor y, a menos de que la cinta sea distribuida por gran estudio, seguirá siendo una cinta independiente.  Esa publicidad en torno al “salto hollywoodense” es otro de los signos característicos de la carrera de Bellott, siempre ha sabido venderse muy bien. Justamente, ahí radica su gran debilidad, muchas veces ha pecado de grandilocuente o soberbio, lo que le ha ganado muchos anticuerpos. Muchas veces ha recurrido a un innecesario autobombo, que distrae de los verdaderos objetivos de hacer cine.
Está fuera de duda que es uno de los poquísimos directores bolivianos que han conseguido tener éxito artístico y comercial. Nadie puede refutar que tienen acceso a mercados internacionales y que ha sabido abrir puertas a todo un grupo de realizadores y de actores. Lo que le ha costado caro siempre ha sido tratar de vender el traje nuevo del emperador, por ejemplo, asegurar que una buena comedia ligera era una pieza de vanguardia artística, que su obra es hermética para el espectador común y silvestre, que con un manifiesto haría temblar los cimientos de nuestro cine, entre tantas otras cuestiones. Muchas veces se ha distraído de lo fundamental, de lo importante. Lo que es una lástima.
Rodrigo Bellott ha innovado en el cine boliviano, rompió tabúes, incursionó en géneros (por ejemplo, en su coqueteo con el musical en Verde), es un cineasta versátil y solvente. Aunque su obra a veces pierda profundidad por una preocupación excesiva en la forma, sin duda no debe pasar desapercibida.

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