Jorge Sanjinés y el renacer del pueblo


Andrés Laguna

Pocas cosas pueden resultar más complejas y desafiantes para un crítico de cine boliviano serio que escribir sobre la obra de Jorge Sanjinés. Bien sabido es que es nuestro director más conocido, uno de los más premiados y durante muchísimos años nuestra más prestigiosa carta de presentación. Se han dedicado innumerables textos a su obra, existen libros especializados, tesis académicas, reseñas y críticas, en varios idiomas, en diferentes soportes y distintos tenores. En gran medida, sus películas han servido para leer a la historia del cine nacional, así como a la historia del país. Es decir, es imposible hacer referencia al indigenismo como corriente de pensamiento continental sin citarlo. No existe un tratado sobre el cine político y de denuncia en Latinoamérica que lo ignoré. Junto con Alcides Arguedas, Franz Tamayo, Ricardo Jaimes Freire y Jorge Ruiz, es el único creador boliviano que es un referente mundial, que es esencial para la historia del arte. Es una de nuestras raras figuras imprescindibles. La cinematografía de Jorge Sanjinés es nuestro gran portento, nuestra enorme contribución creativa al mundo. Ningún artista boliviano ha sido más influyente y ha tenido un proyecto más ambicioso. En su obra hay teoría del arte, discurso político, una reflexión estética y un compromiso humano, que lo ha llevado a poner en riesgo su vida. A esta altura, todo lo apuntado no suena más que a lugar común. Pues, en realidad, escribir sobre Sanjinés no es tan difícil. Tanto los que lo admiramos casi religiosamente, como sus furiosos detractores, tenemos una serie de ideas instauradas, de apreciaciones casi rígidas, un sinnúmero de prejuicios, en torno a este realizador nacional, al único boliviano que tiene absolutamente todas las credenciales para ser considerado un autor. Incluso los que no han visto sus películas tienen una opinión sobre su obra. Por tanto, lo que realmente es complicado, lo que se nos pone cuesta arriba, es proponer algo nuevo, es iluminar aspectos de su obra sin caer en lo trillado, en lo obvio o en el refrito. Decir que Ukamau (1966) es fundacional, que Yawar Mallku (1969) y El Coraje del pueblo (1971) fueron obras de una valentía admirable, que La nación clandestina (1989) es la obra suprema del cine nacional, sería de una trivialidad y de un facilismo ofensivo. ¿Qué más queda por decir del cine de Jorge Sanjinés?
Aunque haya insistido en que sus películas sean proyectadas, que se haya resistido a las ediciones en DVD, que haya sido un acérrimo enemigo de la piratería y un defensor de la experiencia espectatorial colectiva, en gran medida, la perdurabilidad y verdadera potencia de la obra de Sanjinés radica en la experiencia personal, en lo que nos hace a los individuos ver sus películas, en las transformaciones internas. Aunque suene a budismo postmoderno fuera de lugar, la iluminación siempre nos llega de manera individual. Lo que no quiere decir que la experiencia colectiva, el debate post-película, las condiciones de visionado, entre otras cuestiones, no completen nuestra relación con el filme. Pero, a lo primero que contamina, afecta e influye el cine, es al individuo, al sujeto. Que, aunque este acompañado, gracias a la sala oscura, también está solo. En ese sentido, siempre se podrá escribir sobre Sanjinés, y sobre lo que sea, gracias a las relaciones particulares.
Durante los últimos años mi lectura ha intentado buscar puntos comunes y elementos que se puedan encontrar en el todo el corpus de su obra y que, evidentemente, vayan más allá de la presencia del mundo indígena, de la cultura andina, de la denuncia y de los elementos teórico/técnicos más conocidos, como el siempre deslumbrante plano secuencia integral. He intentado encontrar otro tipo de línea discursiva en el cine de Sanjinés. En esa búsqueda, me animo a decir que creo que su obra más importante, desde lo estético y lo ético, es Revolución (1963), ese bello cortometraje, anterior a todas sus obras maestras, que por momentos recuerda al mejor Sergei M. Eisenstein y a Dziga Vertov, que contiene buena parte de las obsesiones del autor. Es el registro de un pueblo que sobrevive a la miseria, que tiene la capacidad de reivindicarse, una riqueza cultural apabullante y una fuerza vital inextinguible. Montado de manera mucho más dinámica que sus largometrajes, con pocos planos largos, esta invaluable cinta ya anuncia el registro que preferirá Sanjinés a lo largo de su obra, estar a medio camino del documental y de la ficción. Algo que en mayor o menor medida ha marcado a su obra, pues hasta en Las banderas del amanecer (1982) se intuye la construcción de un relato que no es puramente observacional y hay un espectro ficcional.
Sin duda, Revolución es una pieza que de alguna forma celebra lo conseguido en el ’52, pero a la vez es muy crítica con el proceso y devela que poco o nada ha cambiado en la situación real del pueblo, de esa nación que permanecía clandestina. Su carácter reivindicatorio es evidente. Y, seguramente, esa es la gran constante de cada una de sus películas, aunque es un concepto que ha evolucionado a través del tiempo. Cintas como Ukamau, Yawar Mallku, El coraje del pueblo y Las banderas del amanecer, hacen un llamado abierto a tomar las armas, a la organización social para la conquista del poder a través la fuerza. Incluso, en las dos primeras, la venganza se convierte en la gran alegoría de la emancipación. El Sanjinés anterior al exilio está lleno de rabia, no sin motivo, hacia una sociedad que sistemáticamente ha violado, asesinado, torturado y explotado a los más débiles, a los más pobres, al indio, al obrero, a las clases populares. Hay una transformación en Para recibir el canto de los pájaros (1995), que aunque sea una de las cintas más vilipendiadas de su filmografía, tiene gran importancia, pues es la primera que tiene por protagonistas centrales a los mestizos. El meollo del asuntó gira en torno a la toma de conciencia de estos, al develamiento de sus taras y de sus prejuicios. Lo que no quiere decir que se haya desplazado a lo andino. Pero, al igual que en Los hijos del último jardín (2002), la reflexión se desarrolla en torno a lo que germina a partir del descubrimiento real del indígena y de lo incómoda que puede resultar su presencia para el mestizo. Como el mismo Sanjinés lo reconoció en una entrevista para la televisión cubana, las izquierdas bolivianas no han estado a la altura de las masas, porque más allá de sus buenas intenciones son “señoriales”, paternalistas y racistas. Esa es la gran reivindicación de su obra más reciente, el indio ya está listo para emanciparse y para construir una nueva Bolivia. En cambio, los mestizos son incapaces de superar un pasado colonial, tienen inseguridades y complejos. Es más, en Los hijos del último jardín el mundo indígena es tratado de manera casi mística, se los representa estando más allá de los dilemas morales y banales de los mestizos.
Si La nación clandestina sirve como la gran bisagra de la obra de Sanjinés y del pensamiento boliviano, es justamente porque se encuentra en medio de este discurso. Por su historia singular, Sebastián Mamani, Sebastián Maizman, es el sujeto que está en medio de dos universos. Por un lado, el indígena que busca reivindicarse y ocupar el lugar que le corresponde en el país, siendo muy conciente de la solidez y del valor de su cultura, de su código de conducta, de sus responsabilidades y de su identidad. Y por otro, el universo mestizo que detiene el poder de un país al que no quiere pertenecer, que debe lidiar con profundos problemas identitarios y que está condenado a vivir en una suerte de desarraigo. La vida y muerte de Sebastián Mamani, de Sebastián Maizman, es la más bella y diáfana alegoría del ser boliviano. Lo que me parece más interesante, es que también es la gran biografía alternativa de cualquier boliviano que en algún momento ha intentado lidiar con su propia identidad y con los fantasmas de su metahistoria. Morir para renacer plenos, para llegar a ser lo que uno es.
En Revolución está presente un elemento muy recurrente de la obra de Sanjinés, que se me ha revelado en mis más recientes experiencias con su obra y en varias discusiones con mi mujer. Se me ha abierto un nuevo universo interpretativo de la filmografía del grupo Ukamau: la importancia de la infancia, de los niños, en su universo metafórico. En el cortometraje, una serie de primeros planos de rostros, llenos de alegría, de esperanza, de ternura, son la promesa de un país que puede y necesita salir de la clandestinidad. Pero también hay escenas que nos devuelven a la más dura realidad: escenas de ataúdes pequeños. Sin diálogos, sin recurrir a ningún otro lenguaje más que el de la imagen, Sanjinés nos recuerda que nuestros niños, esos a los que más deberíamos proteger, mueren por cuestiones que podrían ser resueltas con relativa facilidad. En una secuencia terrible, dos niños chiquitos, cargan el ataúd de un bebé. Condenamos a nuestra promesa de una país mejor. En El coraje del pueblo, uno de los datos más elocuentes que ofrece la película, para entender la condición de miseria del centro minero Siglo XX, es que el 50% de los niños nacidos ahí fallecían. Probablemente, el momento más emotivo de esa cruda crónica de la tragedia de la noche de San Juan, es cuando en la fiesta se pone a cantar una pequeña niña. Todos la atienden, todos están encantados por su voz y por su frágil imagen, todos ven en ella a la Bolivia que quieren construir. Pero, pronto la balas comienzan a silbar. Después de la barbarie, vemos entre los cadáveres de los adultos, los cuerpecitos inertes de un país al que no se deja germinar.
No se debe olvidar que, En la nación clandestina, en la etapa inmediatamente anterior a que Sebastián Maizman decida volver a su pueblo y someterse al Jacha Tata Danzante, después de haber sido represor, después de haber fallado a la confianza de su gente, se dedica a construir ataúdes para niños. Sebastián Maizman, antes de volver a ser Mamani, construía lechos fúnebres para esos cuerpecitos que no aguantaron la desnutrición, la bronquitis o la diarrea. Cuerpecitos que no aguantaron la pobreza, que no aguantaron la clandestinidad.
La última vez que tuve la oportunidad de entrevistar a Sanjinés, junto a Sergio de la Zerda y Santiago Espinoza, hace poco más de tres años, me sorprendió lo contento que estaba con el proceso de cambio, con lo pacíficas que habían sido las reivindicaciones, que podrían haber sido muchísimo más sangrientas. Por esos días, no tenía ningún proyecto cinematográfico o, al menos, eso nos dijo. Nos confesó que sentía que ya había hecho demasiado cine, que prefería hacer otra cosa, como publicar la novela que sirvió de material base de La nación clandestina. Supuse que ya no sentía la urgencia de decir, de reivindicar, de ser la voz, las imágenes en movimiento, de un pueblo. Casi cincuenta años después de llamar a su Revolución, Sanjinés decidió celebrar a los insurgentes. Celebrar nuestra más gloriosa y enorgullecedora insurgencia. De cierta forma, toda su obra ha sido eso: un constante canto, una constante danza, dedicada al infatigable renacer del pueblo.

* Una versión de este texto se publicó el 17 de agosto de 2012 en la edición Nº 35 de la revista Cinemas Cine. El 12 de agosto de 2012, una versión un poco más corta se publicó en la Ramona de Opinión, junto a un notable texto de Santiago Espinoza.

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