Vuelve Jorge Ruiz
Andrés Laguna
La importancia de la obra de
Jorge Ruiz para el cine boliviano sólo es comparable con la de Robert J.
Flaherty para la historia del cine mundial. Padre del documental y de la
docuficción, auténtico aventurero, perseverante explorador, un auténtico
trabajador de la imagen. Asegurar que fue un pionero, uno de los cimientos de
la historia del séptimo arte de nuestro país, es una obviedad absoluta, algo
innecesario.
Lejos de pretender esbozar
una semblanza, un obituario o algo similar, este texto simplemente quiere
recordar su obra más vista y admirada, Vuelve
Sebastina (1953), su filme más representativo y posiblemente el más
personal. Considerada una obra maestra del cine etnológico, la cinta retrata a
los Chipaya y se convierte en el gran registro contemporáneo de este pueblo.
Evidentemente, la película muestra algunos de sus ritos y su cotidianidad, se
muestra la importancia de la hoja de coca, la construcción de sus casas (esos
bellos edificios circulares), la múltiple utilización de la paja, su forma de
cultivar, sus problemas por la sequía y su auténtico desamparo –que sólo se
hace soportable por la enorme fortaleza cultural-. Como documento histórico y
etnográfico, esta obra es fundamental, además de tener una belleza casi
pictórica. Pero este cortometraje, de menos de media hora, es mucho más, es
auténtico cine. A través del registro documental, Ruiz y Augusto Roca, a partir
de un guión de Luis Ramiro Beltrán, arman una historia, una gran narración, una
ficción, que trasciende lo meramente cultural y se comunica con lo
esencialmente humano.
La protagonista, la niña
chipaya (Sebastiana Kespi), decide salir de su pueblo, en busca de hierba más
verde para su pequeño ganado y de emocionantes experiencias. En el camino,
conoce a un pequeño aymara. Por un fugaz instante siente temor. Hasta que
entiende que no es más que un semejante, un joven pastorcito como ella. Cuando
llega el momento de comer, Sebastiana saca el puñado de quinoa que tiene, lo
poco que sobrevivió a la sequía. En cambio, su nuevo amiguito, saca papa, carne
y pan. Encantada por la abundancia y por la riqueza, por una silenciosa promesa
de una vida mejor, decide acompañarlo a su pueblo. Los aymaras son mucho más
prósperos, su pueblo es más grande y tienen más variedad de productos.
Sebastiana queda fascinada. Mientras tanto, en su pueblo todos comienzan a
buscarla. Su abuelo la encuentra y para convencerla de que regrese le habla de
su cultura, de la importancia de ser Chipaya. Su historia antigua, a través de
las palabras de su abuelo, la convencen y deciden emprender el viaje de
regreso. Pero el trayecto resulta siendo un esfuerzo supremo e insuperable para
el abuelo. No lo sobrevive.
El viaje de Sebastiana no
sólo la conecta con el mundo externo, termina conduciéndola a su origen, a sus
raíces más profundas y milenarias. El viaje de Sebastiana comienza siendo un
viaje hacia territorios desconocidos, hacia el corazón de otra cultura, es un
viaje hacia lo desconocido, hacia lo exótico y lo seductor. Pero, después de
enfrentarse a la violencia del mundo externo, Sebastiana termina realizando un
desplazamiento hacia el corazón de sus tradiciones, hacia lo que realmente es.
La negación de sí misma, el olvido de su lugar de origen, de manera radical y
traumática, después de un accidentado camino, termina siendo la gran afirmación
de sí misma. Aunque la aventura se haya pagado con el sacrificio del abuelo,
también representa el renacimiento de Sebastiana, su toma de conciencia, la
hace asumir un compromiso con su identidad. Algo similar le pasará más de
treinta años más tarde, después de un viaje más largo y más duro, a otro
personaje imprescindible del cine boliviano: Sebastián Mamani en La nación clandestina (1989).
Algo que es fundamental en
la película es que, si bien se llora al abuelo, también se lo festeja. Pues su
muerte implica su retorno a la madre tierra, al origen del origen, donde se
reunirá con sus ancestros. El viaje de Sebastiana representa un retorno a su
cultura, es un movimiento que se traduce en el salir para volver. Lo mismo le
sucede a su abuelo, sale en busca de ella, la trae, pero además, retorna a su
origen esencial.
Casi siguiendo la estela de
sus personajes, después de una inmensa aventura, en la que realizó más de un
centenar de películas, Jorge Ruiz se nos va. Pero para realizar un viaje de
retorno, que lo conduce a hacer parte de todos esos nuestros espíritus
tutelares. A ser eterno. Eternamente agradecidos, maestro. Paz en su tumba.
* Texto publicado originalmente el 29 de julio de 2012 en la Ramona de Opinión
* Texto publicado originalmente el 29 de julio de 2012 en la Ramona de Opinión

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