Jack White en Barcelona: La claridad del Sr. Blanco

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Andrés Laguna 

En estos tiempos en los que voluntariamente la gente difunde su información personal, que la intimidad casi ya no existe, que las vidas privadas cada vez son menos privadas, es raro que un estrella de rock tenga un halo de misterio, como lo tenían David Bowie o Bob Dylan. Nuestro presente es ese warholiano futuro en el que cualquier pelafustán es famoso por quince minutos y, lo que es peor, estamos dispuestos a hacer lo que sea por esa cuota de celebridad.
En el patético panorama de la sociedad del espectáculo, la figura de Jack White tiene gran encanto. Se ha esmerado en construir su mito sin revelarnos demasiado su historia personal, cuidando su imagen, difundiendo una confusa biografía, rodeándose de artistas tan talentosos como él, siendo el benefactor de músicos menos afortunados, autoproclamándose como el paladín del vinilo, fundando una atípica compañía de discos, recurriendo a excentricidades para promocionar su obra. Lo cierto es que poco se sabe a ciencia cierta de este eximio guitarrista antes de que conquistara al mundo con The White Stripes, pretendiendo hacernos creer que lo más importante de su carrera es su música y su visión artística. Aunque algunas de sus actitudes puedan resultar antipáticas, Jack White es uno de los personajes del rock actual más influyentes, reconocibles, perdurables y fieles a un proyecto creativo. Es uno de los pocos músicos que han firmado un auténtico himno popular, pues es obvio que “Seven Nation Army” ya es patrimonio de la humanidad. Seguramente, muchos de los hinchas que la tararean en los partidos de fútbol desconocen al autor de la canción. White ha logrado crear una obra que lo trasciende, que lo supera, que lo asesina, que no necesita de él.
Lo que también es cierto es que aunque sea exitoso como productor, respetado como compositor, venerado como interprete, que su destreza y su carisma jamás se hayan puesto en duda, con ninguna de sus dos bandas, The Raconteurs y The Dead Weather, logró el éxito creativo y comercial que tuvo con The White Stripes. Los cuatro discos que grabó con estas bandas, tenían destellos de genialidad, pero en general eran bastante decepcionantes. En especial, porque se esperaba muchísimo más de la mente más cautivadora de la escena musical de la última década. Y aunque su genio domina cada uno de los proyectos en los que se embarca, parecía que era incapaz de explotar todas sus potencialidades sin la presencia de su compañera-de-grupo/hermana/exesposa/baterista, Meg White.
En abril de este año, cuando apareció Blunderbuss, su primer disco solista, algunas dudas se despejaron. En esta placa se escucha a White mejor que en mucho tiempo, asumiendo que es el protagonista del show, llegando a rozar por momentos lo logrado con la banda que lo hizo famoso. Compuesto por trece canciones, doce originales y un brillante cover (“I'm Shakin'” compuesta por Rudy Toombs, pero famosa por la versión de Little Willie John), este es un disco que llega después de la disolución aparentemente definitiva de The White Stripes –que implica el alejamiento de Meg-, y de su divorcio de la modelo y cantante Karen Elson, con la que tuvo dos hijos. Blunderbuss se suma a la gran lista de discos de ruptura, todas las canciones tocan temas amorosos, la gran mayoría terminan mal y, aunque las melodías puedan engañar, es un disco lleno de dolor, frustración y desilusión. Por ejemplo, “Hip (Eponymous) Poor Boy” es una hermosa canción que parece estar dedicada a Meg White, que parece ser el agridulce canto a su separación. En el primer single del disco, “Love Interruption”, canta medio quebrado, algo así: “No dejaré/ que el amor me trastorne/ me corrompa o me interrumpa”.
Echando mano de su dominio del blues, el country y el rock and roll, de su capacidad para reinventar los géneros, demostrando que es un músico mucho más maduro, que ya no depende tanto de su erudición como guitarrista, en Bluderbuss Jack White escribe una nueva página de su propia leyenda, casi a la altura de sus mejores proezas. Necesariamente, las presentaciones en vivo son la prueba de fuego de este disco y de la nueva etapa de la carrera solista de White. Pues, se sabe que para el de Detroit, el directo es fundamental, es la reconfiguración de la obra, el espacio en el que se mide la verdadera vitalidad de la obra. El 2 de septiembre Jack White tocó en Barcelona en la sala Razzmatazz. Y dejó claro todo.
En esta gira abren los conciertos una de las numerosas bandas que suele apadrinar, Peggy Sue, un muy solvente trío de rock-indie, que se sostiene en el trabajo armónico de sus dos vocalistas, Rosa Rex y Katy Klaw, y en su versatilidad interpretativa, además de la solidez de su baterista, Olly Joyce.
No sabíamos que banda acompañaría a Jack White, pues para la gira del Bluderbuss, cuenta con dos alineaciones de soporte, un quinteto compuesto por hombres, The Buzzards, y otro por mujeres, The Peacocks. Se supone que de acuerdo a su estado de animo, en el desayuno, elige cual de los dos lo acompañarán. En sus conciertos en Portugal (el que abrió las fechas europeas) y en Madrid (una noche antes), lo acompañaron los chicos. En Barcelona lo hicieron las chicas. Aunque la mayor parte de la gente que ha visto a ambas bandas tocando en vivo asegura que son igual de buenas, The Peacocks tiene algunos puntos a favor, casi todas sus integrantes participaron en la grabación del Blunderbuss y, lo que no es poca cosa, se sabe que la presencia femenina en el escenario hace maravillas en White. En alguna entrevista reconoció que las mujeres sacan lo mejor de un chico. Y tiene toda la razón.
Aunque comenzó con más de media hora de retrazo (lo que en Bolivia no implicaría el menor problema) y el público comenzaba a impacientarse, la noche fue casi perfecta: un espacio relativamente íntimo, un sonido al que sólo se le podía reprochar un volumen algo excesivo, un grupo de músicas excepcional y un frontman que pretende tener el  cinismo y el look de un gangster cinematográfico de los años ’50, el cabello y la palidez de Edward Sissorhands, el histrionismo de Mick Jagger y la solvencia musical de un clásico bluesman.
La primera canción que tocaron fue una viva muestra del espíritu de esta gira, Jack no se está limitando a su repertorio solista. Al abrir con “Dead Leaves and the Dirty Ground”, una de las obras maestras de The White Stripes, nos anunció que durante la próxima hora y media, además de sus nuevas composiciones, escucharíamos sus clásicos reinventados, tocados por una banda que al mismo tiempo los hace sonar más ruidosos y saturados, así como los conecta con las raíces más bluseras que tiene toda su obra.
Sin un setlist predeterminado, en las últimas notas de cada canción White se acercaba a su impresionante baterista, Carla Azar, y a su magnífica tecladista, Brooke Waggoner, para decirles al oído la canción que seguiría. Algo que hace siempre, que le da una tremenda espontaneidad a sus presentaciones y que pone aprueba a las virtuosas que lo acompañan. Apenas dejó fuera tres canciones de la última placa, curiosamente, una de ellas fue “Sixteen Saltines”, segundo single y una de las constantes de sus conciertos. Las versiones de “Missing Pieces”, “Love Interruption” (en la que el dueto vocal que hace con su corista, Ruby Amanfu, es estremecedor), “Weep Themselves to Sleep”, “I Guess I Should Go to Sleep”, “Hypocritical Kiss”, “Blunderbuss” y “Freedom At 21”, suenan magníficamente en vivo. Los clásicos de The White Stripes, “Hotel Yorba”, “We're Going to Be Friends”, “Ball and Biscuit”, “My Doorbell”, “Cannon/John the Revelator”, “Catch Hell Blues”, evidentemente, tienen más fuerza y solidez, pero se extraña el caos y la impureza que les imprimía Meg. Las canciones de The Dead Weather (“Blue Blood Blues”) y de The Raconteurs (“Top Yourself” y “Broken Boy Soldier”) se escuchan mucho más desenfadadas y potentes que en sus versiones originales.
Sin hacer más pausas que la que precedió al encore, hablando lo mínimo, alternando sus guitarras con el piano, sin dejar de moverse, demostrando que cada vez es un guitarrista más elegante y un cantante más prodigioso, Jack White levantó a un público que suele ser apático, sedujo a todas las mujeres de la sala (incluidas sus músicas), despejó todas las dudas que se puedan tener de su calidad como artista.
En su reseña para Pitchfork del Blunderbuss, Ryan Dombal apuntaba que Jack White está lleno de contradicciones. Sus letras son auténticas pero su biografía está ficcionalizada, su música es blues genuino pero está llena de artificios sofisticados, su último disco está dedicado a los desamores con las mujeres pero no puede vivir sin presencias femeninas, es un tipo pagado de sí mismo pero expresa una enorme fragilidad, es un erudito pero muchas veces sus canciones son simples, quiere que se le preste exclusiva atención a su música pero se preocupa demasiado por lo extramusical. Supongamos, que ahí está su gracia, su genio y su encanto. Lo fundamental es que su música diluye las contradicciones, las funde en un obra contaminada y dinámica, tan blanca y tan negra, tan pura y tan sucia. Tan potente.

* Una versión de este texto fue publicada en la Ramona de Opinión el  09/09/2012

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