Leonard Cohen en Barcelona: De rodillas
Andrés Laguna
Basta con leer las noticias
cada mañana, basta con lidiar con los problemas cotidianos, con nuestra
historia personal e íntima, con el mundo en el que vivimos, para perder toda la
fe en la humanidad, para sumirse en el pesimismo más militante. El día a día
parece indicarnos que no hay la menor redención posible. Terminamos añorando
que una lluvia de meteoritos acabe con todo, con todos y con todas. Hasta que
tenemos la suerte de experimentar momentos que trascienden el caos y la
violencia que mueven al mundo contemporáneo. Momentos que le dan sentido al
quehacer de los hombres en esta tierra, protagonizados por una suerte de
profetas de la humanidad del ser humano, de la inmortalidad de los mortales.
Cuando la tierra parecía no
tener ninguna forma, cuando todo parecía ser un mar profundo cubierto de
oscuridad, un hombre canta y llama a la luz. Y se hace la luz. Nombra al día y
a la noche. Y se hacen el día y la noche. Reconfigura el cielo y la tierra. Y
el cielo y la tierra se reconfiguran. Su nombre es Leonard Cohen y sólo unos días
después de haber cumplido 78 años, el 3 de octubre en el Palau Sant Jordi de
Barcelona, durante más o menos tres horas y media de concierto, frente a unos
12 mil espectadores, me convenció de que es posible salvar al género humano. Si
nos unimos a sus himnos, un futuro con futuro se nos promete.
Tres años después de su
último recital en la ciudad, a varios años de su retiro en un monasterio budista,
recuperado de la estafa de su exasesora financiera, con un nuevo y brillante
disco bajo el brazo, perfectamente ataviado –como siempre-, sin prometernos un
encuentro futuro, pero asegurándonos que nos daría todo lo que tenía, el autor
canadiense nos ofreció sus canciones, esas que son a la vez plegarías y
recompensas, deseo y satisfacción, hundimiento y redención, promesa de amor y
lamento de desamor, banda sonora perfecta para la desaparición y para la
ascensión.
Acompañado de su habitual y
virtuosa banda, en la que destacan el impresionante guitarrista aragonés Javier
Mas y sus coristas, las hermanas Webb, Cohen cantó, recitó y habló con esa voz
que cada vez es más baja y profunda, pero que a su vez es más limpia y diáfana.
Como si hubiese sido lavada por gotas de agua bendecida. Aparentemente, en este
quinquenio, que representa su vuelta a los escenarios después de ese largo
retiro, se ha forjado como un extraordinario maestro del directo, su voz jamás
se reciente, nunca desafina, falla o da muestras de cansancio. Además, ha
diseñado un magnífico repertorio, lleno de sus hitos, representativo de toda su
carrera, que se reinventa bajo el código de la alineación de músicos que lo
acompañan, es decir, con ecos de la amplia tradición musical europea, con
sonidos gitanos y mediterráneos, así como con elementos del jazz y del blues.
A finales de enero, a ocho
años del Dear Heather (2004) y después de una serie de impecables discos
en vivo, Leonard Cohen publicó uno nuevo de estudio, Old ideas, con el que se ganó los aplausos de la crítica y le cerró
la boca a los que dudaban de su capacidad inventiva. De ese material se nutre
esta gira, pues en sus presentaciones repletas de esos grandes éxitos que
corean sus incondicionales, al menos toca cuatro o cinco piezas de su disco más
nuevo, que encajan perfectamente con ese tenor entre melancólico y de
celebración que caracterizan sus presentaciones en vivo. Dando saltitos que podrían
recordar a algún dios de la música y la poesía, Cohen entró y salió del escenario
un puñado de veces. Varias veces se arrodilló, suplicante, ante un público que
le pertenecía, ante un publico que no podía pedir nada más, que estaba rendido,
entregado, encantado.
El primer set comenzó con “Dance
Me to the End of Love”, esa invitación final e imposible de rechazar. Pues si
bien Cohen, indudablemente, es un hombre religioso, también es un gran
seductor. Hizo un importante recorrido de su carrera, desde el Songs of Leonard Cohen hasta el Old ideas, echando mano de casi todos
sus discos. Es absolutamente subjetivo determinar cuales fueron los momentos
claves, pero no pude contener las lágrimas cuando escuché “Bird on the Wire”,
“Sisters of Mercy”, “Amen” y, en especial, la canción que abre su último disco,
“Going Home”, ese místico diálogo consigo mismo. Cerró con “Anthem”, esa suerte
de “Hallelujah” crepuscular. Los músicos salieron del escenario, el público
aplaudía de pie, se prendieron las luces y no fueron pocos los que creyeron que
era el fin del concierto. Nadie se hubiese quejado, era un repertorio muy
redondo e íntimo, con pocos hits, pero en el que se escuchaba a Cohen cantando
canciones que están a la medida de su estatura artística actual, que se
acomodan a su potencia. Luego se nos advirtió que sólo era un receso de 15
minutos.
La segunda parte, compuesta
por las canciones que son infaltables en cualquiera de sus discos en vivo más
recientes, fue clásica. Cada canción era una obra maestra, himnos de los que se
apropiaron por lo menos tres generaciones. En “Suzanne” muchos sacaron sus
encendedores y/o prendieron las pantallas de sus celulares, en “The Gypsy's
Wife” las parejas se besaron, en “The Partisan” no era posible dejar de
estremecerse. El final del set fue extenuante a nivel emocional, compuesto por
“I'm Your Man”, “Hallelujah” y la bella pieza lorquiana “Take This Waltz”. Era
mucho. Era demasiado. Era más de lo que podíamos pedir. Era más de lo que
merecíamos. Pero Cohen, que con
los años ha aprendido a ser un performer desprendido y ejemplar, volvió al
escenario dos veces más, dos encores, primero tocando “So Long, Marianne” y “First
We Take Manhattan”, luego “Famous Blue Raincoat” “Save the Last Dance”. Él
mismo lo reconoció, tenía mucho más por decirnos, pero la noche debía cerrarse.
Un puñado de veces, Cohen se sacó el sombrero para agradecer a sus músicos y a
los espectadores. Se arrodilló una y otra vez ante un publico que, en éxtasis,
recibió de su voz, de su presencia, de su genio, su singular comunión: La
posibilidad de redención a través de la palabra precisa y limpia.

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