A 70 años del estreno del clásico de Michael Curtiz: Siempre tendremos Casablanca

Andrés Laguna


A poco más de 70 años de su premiere en Nueva York, algunos homenajes, ediciones especiales y reestrenos en diferentes rincones del mundo, nos recuerdan lo mucho que amamos la película de Michael Curtiz, Casablanca. Aunque su condición de obra de culto haya llegado a la frivolidad máxima, por ejemplo, el piano en el que se inmortalizó la inolvidable “As time goes by” acaba de ser subastado por un millón de dólares, la cinta sigue siendo una de las grandes muestras del irrefutable poder del cine.
Casablanca sigue siendo la gran historia de amor y pasión, llena de exotismo y heroísmo, que nos transporta a otros espacios y tiempos, que proyecta nuestros más altos anhelos, que nos conecta con nuestros más básicos y puros ideales. Con simpleza, imperfección, clichés y poca sofisticación intelectual, Casablanca es la gran muestra de lo que el cine es en su manifestación más primitiva, más esencial. Derrida decía que el cine era para él: “una droga, el entretenimiento por excelencia, la evasión inculta, el derecho al salvajismo”. Justamente, eso mismo, es Casablanca. Pues, más allá de que tenga errores históricos y de continuidad, que pasajes no tengan mucha lógica, que en muchos momentos raye el sentimentalismo y la cursilería, que algunos de sus parlamentos suenen a trillado, infaliblemente produce el placer más destilado. Lejos de ser una historia original, por ejemplo, tiene demasiadas coincidencias argumentales con Algiers (1938) de John Cromwell (que, de hecho es un remake de la muy superior y bella Pepé le Moko, 1937, de  Julien Duvivier) o que una de sus escenas más celebradas, recordadas y conmovedoras –siempre que la veo se me llenan los ojos de lágrimas y erizan los pelos- es una copia de una escena de La grande illusion de Jean Renoir, Casablanca es esa pieza de artesanía que por la grandeza de su legado, por la grandeza de sus raíces, por la grandeza de todo lo que representa, se ha transformado en una suprema obra maestra, capaz de conquistar tanto al publico masivo, así como a los críticos más sesudos. Por un cúmulo de coincidencias, esta es una gigantesca obra de arte, capaz de conmover una y otra vez, con la misma intensidad. Como toda gran obra, cada vez que la revisitamos crece. Así como crecían esas historias que nos contaban nuestras madres antes de dormir. Esos cuentos que crecen dentro nuestro y que se hacen parte de lo que somos. Que nos hacen lo que somos.
La historia es tan conocida que parece banal volverla a contar. En el Marruecos colonizado por los franceses, en los tiempos en los que Francia estaba ocupada por los Nazis, un estadounidense sobrevive administrando su popular café americain. Cínico, manteniéndose al margen de las luchas ideológicas de su tiempo, conviviendo con la corrupción y la violencia, deja pasar los días, fumando, bebiendo y jugando ajedrez consigo mismo. Rick, interpretado por el gran Humphrey Bogart, tiene una ética personal que le permite lidiar con las miserias que lo rodean, parece ser inmune a cualquier amenaza, pero su mirada deja ver un corazón hecho pedazos. Hasta que una noche, de todos los bares del mundo, de todas las ciudades del mundo, elige entrar en el café de Rick una persona: Ilsa Lund (Ingrid Bergman). Le bellísima mujer acompaña a su marido, Victor Laszlo (Paul Henreid), el líder de la resistencia. Aparentemente, Ilsa es la responsable de la miseria del personaje de Bogart, es la mujer que amó años antes, en una París libre, que lo dejó y lo convirtió en el ser miserable y desesperanzado que es. Hasta ese momento la película no promete ser más que una historia sobre un triángulo amoroso. Y lo es. Pero también es mucho más que eso.
Casablanca es una historia de amor de pareja con final agridulce. Pero, ante todo, es una efervescente declaración de amor a la humanidad, al bien común. Es la renuncia del yo en beneficio del nosotros. Sin ambigüedades, sin mucha profundidad, esta cinta nos propone que el verdadero heroísmo radica en la renuncia del egoísmo, en la apuesta por objetivos que nos superan. El destino de tres pequeños seres jamás podría imponerse al del género humano. La posibilidad de redención está en la renuncia del ego. Sacrificarse por los semejantes, sin considerar las debilidades, las flaquezas, que con frecuenta guían a los seres humanos.
Casablanca es una historia compuesta por ideales, mejor, por arquetipos. Por eso es tan fácil amarla, se comunica con esa parte de nuestro ser que responde a impulsos simples y básicos, que quiere creer en lo bueno y en lo malo, que sólo distingue las luces de las sombras, que es dual. Sin términos medios, sin tibiezas. Eso suele ser universal. La historia de esta película es la que se nos ha contado desde los tiempos en los que nos sentábamos en la caverna, alrededor de la hoguera. Esas historias, casi infantiles, son las que todavía le dan sentido al ser del ser humano.
Esa capacidad de echar mano de los lugares comunes, de nuestros relatos míticos y heroicos, hacen a una obra perdurable, es la condición de lo clásico. Ese relato sobre la lucha entre el bien y el mal, sobre la inmortalidad del amor, sobre el sacrificio por el bien común, ha sido protagonizado por innumerables rostros que han tenido innumerables nombres. Muchos nos hemos apropiado de la versión del gran relato mítico ambientada en la lejana y exótica Casablanca. Esa es nuestra configuradora historia primitiva y primigenia. Muchos queremos que las notas de La Marsellesa se impongan a las de un himno alemán. Muchos queremos jurarle amor eterno al rostro de Ingrid Bergman. Muchos queremos tener a París. Muchos queremos que Sam toque “As time goes by”. Seguro, todos esos que gracias a la magia del DVD, por primera vez, podrán viajar a ese espacio y tiempo en el que los grandes temas son los motivos fundamentales para vivir y morir, se sumaran a nosotros. Y juntos comenzaremos una bella amistad.
Antes de escribir este texto volví a ver Casablanca y creo firmemente que sigue siendo una película urgente, rudimentariamente poética y romántica, comprometida con una humanidad con la que nadie quiere comprometerse. Y sigue siendo tan entretenida. Uno beso sigue siendo un beso. Un suspiro sigue siendo un suspiro. Casablanca sigue siendo Casablanca. Las cosas fundamentales siempre permanecerán. Todavía queremos que nos cuenten historias simples sobre lo grandiosos que podemos llegar a ser, sobre amores inmortales, sobre luchas justas, sobre la capacidad de sacrificarse por un mundo mejor. Eso jamás nos abandonará. Aunque el tiempo pase. 
 * Una versión de este texto fue publicado el 2 de noviembre de 2012 en la Ramona de Opinión.

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