La urgencia de un oficio amado y difícil
Vivimos tiempos en los que
la información parece estar a la orden del día. Nos llegan noticias de todos
los rincones del mundo de forma inmediata y por diferentes medios. Internet ha
transformado a la sociedad. Esa es un enorme obviedad. La primera campaña de
Obama y la “Primavera” árabe nos han enseñado que ya no se puede hacer
política, ni difundir información de manera efectiva sin hacer uso de las
herramientas tecnológicas a las que tenemos acceso hoy día.
Por otro lado, sabemos que
los grupos empresariales propietarios de los grandes medios de comunicación
responden a intereses específicos, muy alejados de los de las grandes mayorías,
manipulan a su antojo a la información y no responden a ninguna ética que no
sea la del mercado. Hoy día ninguna persona con cierta conciencia crítica
confía ciegamente en los medios de comunicación canónicos. Con enorme pena, durante
los últimos años, muchas veces he escuchado frases del estilo: “Ya no leo periódicos,
ni veo informativos. Me entero de todo en Facebook y Twitter”. Incluso algunos
colegas periodistas me han dicho cosas parecidas (!!!), casi siempre en tono de
broma, pero dejando ver que de alguna forma creen en esas tristes afirmaciones.
Por eso, no me extraña que muchos hayan optado por esos nuevos canales “alternativos”
, que se hacen llamar “redes sociales”, ya sea para consumir o para producir
información. Muchos se han refugiado en esa disciplina tan vaga que han
denominado como “periodismo ciudadano”. Aparentemente, cuando no hay otra
alternativa, cuando un estado autoritario y/o una élite económica controlan los
medios de comunicación, el ciudadano independiente debe asumir la
responsabilidad de difundir lo que los poderosos quieren esconder. Pero el
periodismo ciudadano tiene importantes riesgos y limitaciones. Como toda
actividad amateur, no suele tener rigor profesional. No suele comprobar sus
fuentes, muchas veces se nutre de rumores, no suele ser responsable y no mide las
consecuencias de sus actos. Lo que es mucho más grave es que repetidas veces el
periodismo ciudadano no es lo que asegura ser. No es independiente, responde a los
intereses de grandes poderes y es manejado por las corporaciones. Es el lobo
con piel de oveja. Hoy sabemos que mucho de eso hubo en la Primavera árabe, tan
celebrada en su momento, tan manchada a esta altura.
Vivimos un momento histórico
en el que los medios de comunicación hacen burdo proselitismo político, en el
que olvidan que nuestra principal función es proporcionar información comprobable,
seria y rigurosa a nuestros lectores. Vivimos en los tiempos de la más espantosa
masificación y estandarización de la información. Los periódicos, los medios en
general, no están interesados en las noticias particulares y verdaderamente
relevantes, sino en las que ha publicado la competencia o en los “trending
topics” que circulan por la red. Puede ser más importante lo que le pasa a la
ventilada relación de Justin Bieber y Selena Gómez, que lo que está sucediendo
dentro de nuestras propias casas. Hace poco Juan Villoro decía en una charla
que los periodistas cada vez estamos más gordos y los periódicos más flacos.
Cada vez salimos menos a buscar noticias y cada vez proporcionamos menos
información (basta ver la nueva versión de uno de los periódicos más
importantes del país). Por meras cuestiones de supervivencia y por mera pobreza
moral, no estamos cumpliendo con nuestra razón de ser, nuestra ilegitimidad le
está abriendo espacios a actores que no deberían hacer nuestro trabajo.
Es tiempo de comprometernos
a romper con el periodismo canónico, con ese que responde más a los intereses
de ciertas élites –tanto privadas, como estatales-, que cada vez están más
alejadas de lo que necesita el pueblo. Debemos reinventar nuestro oficio,
devolverle la importancia y la dignidad que tuvo. Seguimos creyendo que el
mérito de los periódicos reposa en la velocidad con la que dan una noticia.
Olvidando que los periódicos ya no son los que traen la noticia al lector, pero
son los que deben profundizarla, complementarla, enriquecerla. El mérito del
periodista debería reposar en el rigor de la información que difunde, no en la
rapidez con la que lo hace. El mérito de nuestro trabajo está en proporcionarle
herramientas al lector para que se informe, reflexione, opine y actúe.
Hace unos días, a través de
un mail, Sergio de la Zerda me avisó que el reportaje “Anamar, amada por el
pueblo y temida por los políticos”, que realizamos junto a Darynka Sánchez
Arteaga, Gabriela Flores López y Santiago Espinoza Antezana, ganó el Premio
Nacional de Periodismo en la categoría de Prensa. Tengo el honor de haber
trabajado con un equipo de profesionales que cree en la nobleza de nuestro
oficio, en la importancia que tiene hacer nuestro trabajo respondiendo a
criterios éticos, a rigor profesional. Tengo el orgullo de haber trabajado con
un equipo que es conciente de la relevancia que tiene la información
independiente para la construcción de un país más justo.
Curiosamente, el trabajo por
el que nos premiaron estaba dedicado a la vida y obra de Ana María Romero de
Campero, la admirada Anamar. Una
mujer que, entre muchas otras cosas, siempre será recordada como ícono del periodismo
boliviano, del periodismo boliviano al que debemos apuntar. Justamente, en su
libro País Íntimo, que es una selección
de algunos de los textos que publicó entre mayo de 1996 y marzo de 1998 en la
columna “Entreteclas” del diario La Razón, escribió: “Amo al periodismo por
haberme permitido ser testigo privilegiada de la historia y darme la
posibilidad de acompañar el camino de un pueblo que, pese a enfrentar todo tipo
de vicisitudes, va construyéndose un mejor destino. Mas debo confesar que nunca
esperé que esa posibilidad de servir, de conocer y de amar –que considero un
regalo de Dios- pudiera constituir un mérito”. Nosotros también lo amamos y lo
disfrutamos, pero como nuestra maestra, tampoco creemos que sea un mérito practicarlo,
pues ante todo es una responsabilidad con nuestro país y con la humanidad. Hoy
los periodistas serios son tremendamente necesarios. Nunca habíamos tenido
tantos medios de comunicación y nunca habíamos estado tan desinformados. Eso es
algo que debe ser transformado. Son tiempos difíciles para practicar el
periodismo. Pero, siendo sinceros, nunca hubieron tiempos fáciles. Lo que debe
alentarnos, eso es algo que jamás olvidó Anamar, es que nuestro trabajo sigue
siendo tan urgente como siempre.

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