El olor de tu ausencia (2013) de Eddy Vásquez: El territorio que nunca abandona
Andrés Laguna Tapia
Seguramente, para todos esos
mórbidos guardianes de la cochabambinidad, para todos esos que creen que la
Llajta es el paraíso en la tierra, que es la ciudad de la eterna primavera, que
en nuestra ciudad se bebe, se come, se celebra y se disfruta de manera
luminosa, que no hay mal bajo la sombra del Tunari, que Kanata es la tierra
prometida que mana leche y miel, El olor
de tu ausencia (2013) de Eddy Vásquez les resultará cuando menos incómoda. Para
los chatos apologetas de la chicha y el chicharrón, para los militantes del ya
infundado mito del “granero de Bolivia”, para los que creen que el corazón de
la urbe es el Prado, esta película es cuando menos un revés. Pues la ciudad en la que está ambientada
El olor de tu ausencia es mucho más
compleja e interesante que cualquier frase hecha, que las leyendas que nos
contamos los unos a los otros. Está llena de sombras, de polvo, de
contaminación, de basura, de chatarra y lejos de parecer un vergel, es una
ciudad que se yergue de manera más o menos improvisada, en la que sus
instituciones le prometen poca cosa a sus habitantes. Pero, tampoco quiero
decir que la Cochabamba que nos muestra Vásquez es apocalíptica y horrenda, no
está deformada por su cámara, simplemente no es la ciudad que nos muestran los
spots turísticos y que describen los ideólogos de lo criollo. Es una ciudad
desconocida para muchos, en especial, para el cine boliviano. La zona sur y los
páramos periurbanos, irrumpen en el paisaje y el imaginario del espectador, se
muestran como lo que son: una parte fundamental de nuestra vida cotidiana. La
ciudad en sus facetas menos conocidas, trilladas y difundidas, en una extensión
mucho mayor a la que estamos acostumbrados, es uno de los grandes personajes de
la película, es el reflejo de lo que tienen dentro los otros tres personajes
principales. Y, a pesar de todo, la ciudad de El olor de tu ausencia tiene una incuestionable e inefable belleza.
Curiosamente, el gran tema
de la cinta es la migración. Cochabamba con su complejidad es el espacio que se
abandona en busca de una vida mejor, que condiciona la autodestrucción total y al
que se retorna para tratar de reencontrar lo perdido. Es el espacio fugaz y
perenne. Es el territorio geográfico que al mismo tiempo es reafirmado y negado
por los territorios internos de los personajes. Simultáneamente, es lo que se
quiere dejar atrás, lo que se quiere eludir y a lo que se quiere volver, porque
no hay otras alternativas a la vista. El migrar no evita que los personajes siempre
carguen con esa Cochabamba, que más que tener un mágico encanto, tiene un
hechizo irrompible que crea lazos de pertenencia indestructibles y, en gran
medida, inexplicables.
Mucho tiene que decir y
mucho dice el primer largometraje de Eddy Vásquez, cuenta la historia de tres
personajes de gran profundidad y originalidad, que terminan importándole al
espectador. Se sabe que el cine
sobre migración en Bolivia, en especial las ficciones, han caído constantemente
en el cliché gratuito, en los lugares comunes y en la banalización de un
fenómeno que nos afecta absolutamente a todos. Aunque es cierto que muchas de
las historias relacionadas con la migración se parecen entre sí, que giran en
torno a anhelos que (no) se cumplen, a sueños que se rompen, a desencantos, a
alienaciones, entre otras cuestiones, no se puede construir la narración de la
migración a partir de obviedades y de chismes. Lo que no han entendido muchos
realizadores es que la originalidad y la relevancia de una narración no sólo
reposa en la novedad de lo que se cuenta, sino en la manera en la que se cuenta, en el tenor y en la ética del
discurso. En películas como Faustino
Mayta visita a su prima, En busca del
paraíso o No veo España, nos han
mostrado situación absurdas y ofensivas, protagonizadas por personajes poco verosímiles
y, lo que es peor, se dejaba ver una burda intención de explotar el tema
migratorio, carecían de un genuino interés por registrar sus huellas, por hacer
preguntas relevantes. El olor de tu
ausencia es el primer alrgometraje de ficción boliviana sobre migración
internacional que reflexiona con seriedad y autenticidad sobre algunos de sus
efectos, sobre las secuelas de la ausencia del territorio, de la familia, de
los amigos, de los seres amados, de la patria.
Como ya lo apunté, la cinta
se articula a través de la historia de tres personajes. El primero, Snake
(Roberto Guilhon, que se impone como uno de los grandes actores nacionales), es
un tipo que acaba de volver de los Estados Unidos después de haber pasado una
temporada más o menos larga, el sueño
americano le fue negado, conoció la exclusión y el desencanto, incluso,
perdió en el camino la lengua materna. Snake es incapaz de pronunciar una frase
sin recurrir al inglés, está contaminado por la cultura que se negó a acogerlo.
A su regreso, para sobrevivir, debe cobrar una deuda. Para encontrar un espacio
en su territorio patrio, debe abrirse camino por la fuerza. Para hacerlo
recurre a Troy (Rodrigo Lizarraga), un tipo con una historia parecida y con
proyecciones similares. Para forjarse un porvenir en su país, no encuentran
otro camino que delinquir, que vivir al margen de la ley, escondidos y
marginales. En algún pasaje de la cinta, Snake dice: “Todo el mundo se va”. Lo
que es muy cierto, se van para volver con un capital que les pueda permitir
comprar una ciudadanía genuina. Ellos no lo consiguieron, pero están dispuestos
a quebrar la ley del Estado para ganarse el derecho de vivir dignamente en su propio
país.
El segundo personaje central
es Deko Bazura, un joven punk que vive bajo las premisas radicales de la contracultura
a la que pertenece. Cree en la autodestrucción, predica el nihilismo absoluto,
ningún tipo de redención social, política y humana es posible para él y sus
amigos. La única alternativa para ellos es la destrucción de toda convención
social. Su único horizonte es la ya celebérrima máxima del movimiento punk: No
futuro. Deko pasa casi todo su tiempo con Ángel y Flema, haciendo música, en
conciertos, bebiendo, automutilándose, reproduciendo un discurso de la
desesperanza, en la práctica del desmadre. Pero todo tiene un contexto, Deko está
a cargo de su padre, Don Abad (Abad Camacho), un chofer de micro, evangélico,
que entre las apreturas de económicas y los desmanes de su incontrolable hijo,
está apunto de derrumbarse. La madre ha migrado a España, le manda dinero y
constantemente lo llama para convencerlo de que viaje a verla, Deko se resiste
quiere seguir con el estilo de vida en el que cree. El caos en el que está
sumergido por momentos parece una alternativa totalmente racional ante una
sociedad que es incapaz de resolver las necesidades mínimas de sus habitantes,
ante su familia desestructurada y desesperada por la realidad económica.
Finalmente, la última
historia es la de Chriss (Cristhian Vásquez), que a primera vista es la menos
transgresora y original, pues es un muchacho de escasos recursos económicos,
que está terminando el colegio (se asume que es un muy buen alumno), que ya es
padre pero que no es aceptado por sus suegros, que para progresar entiende que
su única salida es migrar a España en busca de una vida mejor. Lo interesante
es que Chriss no es una mera víctima de una sociedad y de un sistema injustos,
es el gran observador de la cinta, a través de sus ojos entendemos el estado en
el que se encuentra nuestra sociedad. Además de la charlas que tiene con su
amigo Chely (José Rosales Roca), su mirada es la que le permite al espectador observar
a una sociedad tremendamente estratificada y racista, que tiene leyes que no
son más que impedimentos para los menos favorecidos, en la que el tejido social
está descompuesto, en la que la familia no es más que una institución
idealizada y cada vez menos real. En el patio del colegio de Chriss hay un automóvil
hecho pedazos, que connota la imposibilidad de poder ir a algún lado, no hay
posibilidad de movilidad social real. Como en Lo más bonito y mis mejores años de Martín Boulocq, los personajes
de El olor de tu ausencia deambulan
por la ciudad: Snake y Troy no dejan de dar vueltas en su automóvil, Deko y sus
punks recorren las calles bebiendo, Chriss y Chely caminan buscando lugares
para mirar el tiempo. En sus recorridos todos tratan de encontrar alternativas
a sus vidas, caminos de salida, pero la ciudad se las niega.
Esta cinta, escrita,
dirigida, producida y fotografiada por Eddy Vásquez, en la que Rodrigo Bellott
y Martín Boulocq figuran como productores ejecutivos, es la obra que,
personalmente, esperaba del cine boliviano desde hace muchísimos años. Es una
película valiente desenfadada, reflexiva, poderosa y técnicamente estimulante. Que
no quepa duda: verla es imprescindible.

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Saludos.